VIENA / Un ‘Murciélago’ para el olvido

Viena. Theater an der Wien. 15.X.2025. Thomas Blondelle, Hulkar Sabirova, Alina Wunderlin, Leon Košavić, Krešimir Stražanac. Orquesta Sinfónica de Viena. Coro Arnold Schoenberg. Director musical: Petr Popelka. Director de escena y decorados: Stefan Herheim. Vestuario: Esther Bialas. Iluminación: Franz Tscheck. Coreografía: Beate Vollack. Johann Strauss (Hijo): Die Fledermaus.
El director de escena Stefan Herheim, actual director artístico del Theater an der Wien, no ha tenido mejor idea para celebrar el bicentenario de Johann Strauss II que despedazar el valseante tesoro nacional de los austriacos, la magistral opereta Die Fledermaus (El murciélago) con una puesta en escena sobrecargada de trucos de dirección sin gracia ni encanto, grotescamente exagerados, que invoca en confusa mezcla el imperio austrohúngaro, el culto a Sisi, los estrenos de Fidelio de Beethoven (1805) y del musical Elisabeth (1992), e incluso los comienzos del régimen nazi en Austria.
El germen de Die Fledermaus lo hallamos en el vodevil Le Réveillon, de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, autores cuyas parodias operísticas, farsas y sátiras -desde La Belle Hélène hasta La Périchole-, todas ellas con música de Offenbach, hacían las delicias del público parisino durante el Segundo Imperio. Meilhac y Halévy escribieron también el libreto de Carmen de Bizet, estrenada pocos meses después de El murciélago. Sin embargo, mientras que Carmen no se convertiría en un éxito mundial hasta mucho después de su desastroso estreno, la opereta de Strauss, la tercera de las quince que escribió, se convirtió de inmediato en un éxito tras su estreno en abril de 1874 en el Theater an der Wien y alcanzó un éxito mundial tras su triunfo en Berlín en 1875.

Al alzarse el telón, nos encontramos en una prisión. Resuena la obertura de Fidelio de Beethoven, a la que sigue la de Die Fledermaus. El emperador Francisco José (Alexander Strobele) avanza arrastrando los pies y sonríe al público. Su personaje, un «virtuoso de la desesperación», permanece en escena como invitado permanente en todos los actos de esta nueva producción, eternamente anclado en el pasado y encarnando todos los clichés de la Monarquía del Danubio. Herheim ubica la sociedad sedienta de placeres de Die Fledermaus en vísperas de la anexión de Austria a la Alemania de Hitler en 1938.
El príncipe Orlofsky -interpretado algo pálidamente por Jana Kurucová- cuelga, aburrido, del borde de un palco y cavila con el Dr. Falke (me recordaban a Statler y Waldorf, del legendario show de los Teleñecos, solo que éstos eran realmente divertidos). Ratas chillonas con aspecto straussiano tocan el violín, con cuero brillante y bigotes de Hitler bailando por el suelo… Dudo mucho que a ‘Schani’ (el apodo del rey del vals) le hubiera hecho la mínima gracia.

La animada prisión de Fidelio se transforma en el primer acto en el lujoso apartamento de los Eisenstein, a los que se señala como de ascendencia judía: un candelabro de siete brazos reclama la atención. En el acto del salón de baile de Orlofsky, Herheim replica los palcos del antiguo Theater an der Wien. La opulencia roja y dorada se funde con la euforia alimentada por el champán y la frivolidad social. Al final de todos los enredos de Die Fledermaus, como de costumbre, el champán -o el slivovitz que el Emperador se vierte en el gaznate- es el verdadero culpable. El problema es que el champán de Herheim tiene un sabor insípido, deja un regusto amargo y se hunde en clichés. La suya es una adaptación del Murciélago sin corazón ni cabeza.

Desde el foso, Petr Popelka extrajo de la Sinfónica de Viena un sonido áspero y a veces brusco, brioso y efectivo en muchos momentos, aunque con un encanto contenido, en plena consonancia con la producción.
Como Eisenstein, el tenor Thomas Blondelle derrochó finura y vivacidad en un papel que parece hecho a su medida. La soprano Hulkar Sabirova (Rosalinde), de dicción no siempre clara, se enzarzó en un popurrí operístico con el tenor David Fischer (Alfred), salpicado de sutiles citas de Madama Butterfly, Andrea Chénier, Aida, La Traviata y Tristan und Isolde.
La soprano Alina Wunderlin como Adele destacó con su chispeante y redonda coloratura con aroma a champán. El barítono Leon Košavić, de voz robusta y potente, convenció como Falke, imitando a Hitler en una macabra y sombría obra de teatro dentro de una obra de teatro que, en 1938, era cualquier cosa menos una obra de teatro. El resto del conjunto vocal, así como el Coro Arnols Schoenberg, desempeñaron sus cometidos con ímpetu y estupenda coordinación.
Barbara Röder


