VIENA / Los conciertos para piano de Prokofiev por Iván Fischer e Igor Levit

Viena. Musikverein. 21, 22 y 23-III-2025 Budapest Festival Orchestra. Igor Levit, piano. Director musical: Iván Fischer. Prokofiev: Los cinco conciertos para piano y orquesta. Sinfonías nº 1 y nº 5. Suite de Cenicienta. Suite de El amor de las 3 naranjas. Obertura sobre temas hebreos.
La visita al Musikverein de Iván Fischer e Igor Levit con la Budapest Festival Orchestra estaba marcada en las agendas de los melómanos amantes de Serguéi Prokofiev, ya que no todos los días se puede asistir a una integral de sus conciertos para piano. El pianista alemán de origen ruso y el director húngaro se han puesto manos a la obra, lo han envuelto con algunas de las páginas más conocidas del compositor nacido en la ahora maltratada ciudad de Donetsk, y tras darlos en Budapest a primeros de la semana pasada, los han traído a Viena, y esta semana los darán en el Festival de Primavera de Heidelberg.
La tarea era compleja. Si enfrentarse a alguno de estos conciertos —sobre todo segundo y tercero— ya es un auténtico miura, hacer los cinco casi de un tirón se antoja aún más difícil ya que aunque el lenguaje no difiere en demasía entre ellos, todos tienen sus dificultades y sus particularidades. Y aunque tanto Levit como Fischer son intérpretes solventes, todo terreno, les asociamos más con otros compositores. De las veces que he visto al alemán en vivo –siempre muy particular, de personalidad muy acusada y con ideas propias sobre las obras a las que se enfrenta– ha acertado más en obras de gran enjundia técnica —los Busoni, los Preludios y fugas de Shostakovich o la colosal Passacaglia on DSCH del británico Ronald Stevensen— que en sus aproximaciones a Schumann o Brahms.
El húngaro es capaz de lo mejor —sólido constructor de obras complejas y exquisito orfebre cuando quiere— y de lo no tan bueno —ese afán de protagonismo que le lleva a cometer auténticas locuras como cuando en el David Geffen Hall neoyorquino sentó al coro entre el público en una Novena sinfonía de Beethoven que acabó como un auténtico guirigay—. En esta ocasión, los antecedentes no nos han fallado, y aun valorando como se merece la complejidad de la misión, hemos tenido de todo un poco en estas tres veladas.
Prokofiev compuso sus cinco conciertos en la primera parte de su carrera, en las dos décadas turbulentas que van de 1912, cuando aún era un estudiante en el Conservatorio de San Petersburgo, y 1932, cuando ya consagrado y con una importante carrera internacional, Wilhelm Furtwängler y la Filarmónica de Berlín estrenan el quinto con el propio compositor al piano. Hubo un proyecto para un sexto concierto, pero no lo llegó a terminar. Salvo el cuarto, escrito para la mano izquierda por encargo del pianista Paul Wittgenstein que perdió su brazo derecho tras ser herido en Polonia durante la Gran Guerra, todos fueron de vehículos para llevar a cabo su brillante carrera como concertista de piano. Una carrera que abarcó esas dos décadas —antes de regresar definitivamente a la Unión Soviética— llena de agotadoras giras de conciertos por los EE. UU. y Europa Occidental. En ellos, Prokofiev lleva el piano al límite del enfrentamiento con la orquesta, y requiere unos medios técnicos solo al alcance de fueras de serie.
Como se puede leer en las interesantes notas de Rainer Lepuschitz en el programa de mano , “los cinco conciertos, con sus tocatas implacables, sus ritmos impredecibles, sus armonías a menudo interrumpidas, sus cambios abruptos de humor y de tema, su diversidad tonal, su potencia y su explosividad, representan un reflejo constante del mundo inestable y turbulento en el que fueron creados”.
El primer día tuvimos el alfa y el omega de la serie. El Primero en Re bemol mayor, compuesto para ganar un concurso en el Conservatorio de San Petersburgo, es un claro escaparate para su doble faceta de intérprete-compositor. Ignora las formas tradicionales para sumergirse en multitud de escalas, acordes, y saltos interválicos. Levit y Fischer perfilaron de manera contundente el gran tema romántico inicial, para a continuación embarcarse en desgranar un texto compuesto de infinidad de frases de carácter ciertamente dramático, que poco a poco fue rebajando en la parte central, mucho más melancólica. La parte final, más brillante y despiadada, llevada a velocidad de vértigo, nos mostró a un Levit de articulación ágil y sonido brillante en los pasajes solos, pero que sufrió cuando el fuego casi volcánico que Fischer extrajo de la orquesta, le tapó en varias ocasiones.
Sin ser tan acusado, también atisbamos el mismo problema en el final del Quinto en sol mayor, un concierto aún más innovador, más difícil, escrito en cinco movimientos donde los tres impares son vivos, bulliciosos, de ritmos cambiantes y carácter un tanto sarcástico, mientras segundo y sobre todo cuarto son un remanso de paz entre tanto staccato. Impecables ambos en los movimientos iniciales, sobre todo en un segundo Moderato ben accentuato que desbordó el sarcasmo y la ironía tan característicos de Prokofiev, y en un tercero Toccata de una precisión asombrosa. En el final Levit volvió a sufrir ya que su sonido difícilmente superaba las continuas explosiones orquestales.
El sábado fue el turno del más popular de la serie, el Tercero en Do mayor. Obra brillante, colorida, de impacto casi inmediato, nos muestra a un Prokófiev muy lírico, más equilibrado, no tan rompedor como en sus dos conciertos iniciales, pero de un atractivo irresistible, sin renunciar en ningún momento a una exhibición técnica de alto nivel. Iván Fischer e Igor Levit se mostraron más compenetrados que en la jornada anterior. La orquesta se mantuvo a un nivel excelente, desde el misterioso tema inicial que bordaron los clarinetes y que la cuerda envolvió de manera cálida antes de que Levit empezara su tour de forcé con una entrada portentosa en staccato que solventó sin problemas. Tras el divertido interludio del oboe y las castañuelas, Levit se lanzó a tumba abierta acompañado de manera muy lírica por Fischer. Preciosa la forma en que ambos se condujeron por el tema y las cinco variaciones del segundo movimiento, con sus glissandos, sus síncopas y sus modulaciones, y al que le solo le faltó un punto más de lirismo. Admirable el “Allegro ma non troppo” final con sus diálogos continuos entre piano y orquesta, que nos mostró al mejor Levit hasta el momento y donde Fischer le exigió pero dentro de un orden. En estos dos primeros días hubo propinas. La pieza Der Dichter spricht de las Escenas de niños de Schumann y la Humoresque de Rodion Schedrin.
En la jornada final fue el turno de segundo y cuarto. El Segundo en Sol menor no es el concierto que Prokofiev estrenó en 1913 en Pavlovsk, en las afueras de San Petersburgo, y que levantó pasiones encontradas entre sus –muchos– detractores y sus –pocos– incondicionales. La partitura original fue destruida en un incendio en su apartamento durante la Revolución rusa, y el compositor la reconstruyó a mediados de los años 20 a partir de una reducción para piano solo. Levit y Fischer siguieron la tónica del día anterior, complementándose de maravilla, con un Levit que se enfrascó en su labor de constructor, sumergido a fondo en la labor de virtuoso que desgranaba un pasaje tras otro con sus series de arpegios, escalas, saltos interválicos, diabólicos pasajes de semicorcheas y fusas que surgían a velocidad de vértigo en el movimiento inicial y en el Scherzo posterior, con una fuerza implacable.
Por su parte Fischer le “cuidó” más que en los días previos y extrajo un sonido maravilloso de la orquesta. Excelente el “Intermezzo” posterior, una especie de marcha irónica, grotesca, plena de sarcasmo, culminada por ambos con una coda energética y fulgurante. Imponente el “Allegro tempestuoso” final, virtuoso a mas no poder, casi salvaje, donde orquesta y pianista se vinieron arriba, captaron el carácter un tanto oscuro y melancólico del pasaje intermedio que tanto recuerda a Ravel, para concluir de manera brillante, con unas progresiones dinámicas y unos crescendos espectaculares. Sin duda la versión más lograda del ciclo, y el único concierto que Levit tocó sin partitura.
No entiendo como dejaron para el final el Cuarto, para la mano izquierda, una especie de anticlímax tras el colosal segundo. La obra es encantadora y compleja a partes iguales, con un Prokofiev que es capaz de utilizar toda su sabiduría pianística en esa mano izquierda y que desde fuera no lo notes, suena como si fuera tocado con las dos manos. Sin embargo, Paul Wittgenstein lo rechazó y nunca lo tocó, y la probabilidad de verlo en vivo es muy rara. Menos exigido técnicamente que en conciertos anteriores, Levit “disfrutó” y nos hizo disfrutar, con un Fischer que le arropó con calidez y fue aquí un partenaire ideal.
El ciclo se complementó con algunas de las páginas más célebres de Prokofiev. El primer día, el concierto concluyó con una versión un tanto contundente de más de su Quinta Sinfonía, una obra que necesita transparencia, un control rítmico preciso y una atención al detalle que no encontramos en la versión de Fischer.
El del sábado lo hizo con una suite del ballet La Cenicienta. Hace tiempo que la mayor parte de los directores no siguen las suites tradicionales, conformando y organizando las suyas propias. Iván Fischer no iba a ser menos, y de las tres que Prokofiev extrajo de su ballet –sus op. 107, 108 y 109– eligió siete números de la op.107 y tres de la op. 109. La versión fue cálida y fogosa, pero tuvo un hándicap. Fischer tomó el micrófono y en vez de hacer un comentario general al principio que a todos nos hubiera parecido muy bien, se “tomó la molestia” de presentar todos y cada uno de los números, incluso teatralizando algunos de ellos. Creo que a estas alturas de la vida habrá pocas personas en el mundo que desconozcan la historia de Cenicienta, y además Prokofiev lo explica con música de maravilla, con lo que esta ocurrencia aportó poco y sin embargo nos distrajo en demasía del objetivo.
La versión para orquesta, de 1934, de la Obertura sobre temas hebreos, op. 34b y una breve suite de los tres números más populares de El amor de las tres naranjas abrieron de manera efectiva y alegre los conciertos de sábado y domingo. En la primera, una auténtica joya de melodías klezmer, Fischer situó junta a él al excelente clarinete principal Ákos Ács, que nos hizo bailar mentalmente con cada una de las sugerentes danzas con exquisita elegancia y sin dejarse llevar por un entusiasmo excesivo. En la segunda, el estilo alegre y despreocupado de Fischer casó perfectamente con la obra. El colofón de estas jornadas, un genuino festival Prokofiev, fue una extrovertida versión de la Sinfonía clásica, op. 25, con sonidos y dinámicas más del siglo XX que del XVIII, interpretada “a la manera de Currentzis”, es decir, con toda la orquesta tocando de pie salvo los violonchelos. Con sus pros y sus contras, el poder asistir a las tres jornadas fue toda una gozada.
Pedro J. Lapeña Rey
Fotos: Musikverein © Amar Mehmedinovic


