VERSALLES / Lully por Rousset en Versalles: la alquimia perfecta

Versalles. Opéra Royal. 22-I-2024. Reinoud Van Mechelen (Atys), Judith Van Wanroij (Cybèle), Celine Scheen (Flore, Sangaride), Apolline Raï-Westphal, Gwendoline Blondeel, Kieran White, Nick Pritchard, Antonin Rondepierre, Olivier Cesarini, Philippe Estèphe, Romain Blocker, Vlad Crosman. Choeur de Chambre de Namur. Les Talens Lyriques. Christophe Rousset, dirección. Lully: Atys.
El excepcional marco del teatro de la Opéra Royal de Versalles fue sede el pasado 22 de enero de una velada muy especial con la presentación en concierto de la grabación que Cristophe Rousset ha hecho del Atys de Lully. El público parecía completamente consciente de que el “oficiante” de la noche es el mayor especialista en el compositor y el ambiente era entre festivo y recogido, entre expectante y confiado.
Rousset ha abordado esta obra casi al final de su recorrido por el corpus lullysta como director tras haber participado como continuista en la famosa grabación del año 1987 bajo la dirección de William Christie. Una vuelta a este título tras decenios de trabajo, experiencia y afianzamiento de su criterio y visión personales que sin duda le ha permitido imprimirle un sello auténticamente propio.
La llamada “ópera del Rey” fue encargada por el mismo Luis XIV a Quinault y Lully tras el triunfo de Thésée en 1675 y fue estrenada el 10 de enero del año siguiente en la sala de baile del palacio viejo de Saint-Germain-en-Laye. Aunque Lully contó con los mejores músicos de la Académie Royale y grandes cantantes-actores, el éxito no fue tan grande como el de su ópera anterior. Sin embargo, se sabe de la inclinación especial del Rey Sol por Atys, tanto a causa de ese prólogo halagador referente a la contemporánea Guerra de Holanda y la gloria del rey francés, superior a la de los mitos griegos, como por la constancia de varias reposiciones que él mismo ordenó llevar a cabo en años siguientes. La trama es una historia de amores imposibles que terminan trágicamente entre Atys, favorito de la diosa Cybèle, con Sangaride, prometida al rey Célénus. Tras una serie de ocultaciones, equívocos y celos justificados o no, el héroe –que será muy héroe pero tiene menos vista que un gato de escayola– pide a la propia Cybèle que libere a su amada de la obligación de casarse con alguien a quien no quiere. La diosa, que se ha olido la tostada y empieza a arrepentirse de haber abandonado el Olimpo por el joven Atys, comienza a tramar su venganza y en un precipitado final, confunde al muchacho para que él mismo asesine a su amada Sangaride, tras lo cual y, una vez recuperada la razón, el pobre Atys se suicida, provocando los remordimientos de Cybèle, que desde entonces purga su pena subida a una fuente de Madrid y aguantando las acometidas de los hinchas de algún ignoto equipo de fútbol (licencia de esta reportera que, de modo humorístico, une música barroca y fútbol, las dos pasiones de nuestro querido Eduardo Torrico, que fue evocado no pocas veces en esta soirée versallesca).

Resulta realmente asombroso que Lully, siendo italiano, lograra una comprensión tan perfecta de la prosodia del francés en general y de los versos de Quinault en particular para imbricarlos de esa forma que casi se fusiona con la música, en una manera de componer que ha perdurado hasta nuestros días, con las modificaciones lógicas según las diferentes estéticas. Y desde luego, la aprehensión del estilo, la forma de trabajarlo y traducírnoslo de Rousset es excepcional. Hay que destacar una construcción extraordinariamente sólida y que nos conduce de la primera nota a la última con una lógica musical muy evidente, atravesando incluso ese prólogo que, aunque introduce la trama, no deja de ser un tanto ajeno por las lógicas convenciones del momento. Buena parte de esa estructura profunda se pone de relieve en la forma en que Rousset concibe la labor del continuo. Atys es una obra en la que no sólo los recitativos son realmente largos, sino que también arias, dúos, etc. cuentan con un acompañamiento reducido precisamente a los instrumentos del continuo, lo que provoca una sensación de gran unidad pero al mismo tiempo resulta muy difícil de ejecutar. Rousset consigue no sólo acompañar de forma casi dérmica a sus cantantes, sino que despliega una enorme inventiva en sus recursos musicales para apoyar los diferentes ethos sin robar protagonismo. Digamos que el trabajo del clave se divide o se multiplica –según– entre Korneel Bernolet y el propio Rousset, en una simbiosis total.
En segundo lugar, la calidad del trabajo vocal que pudimos disfrutar y que está básicamente centrado en dos aspectos: un dominio total del estilo y una dicción y prosodia irreprochables. Y he de decir que no hubo altibajo ninguno en la distribución en lo que a estas cuestiones se refiere, incluso en aquellos cantantes cuya lengua nativa no es el francés. Y sintiéndolo mucho, es que o se hace así, o no se hace: Lully no admite medias tintas idiomáticas porque carecería de sentido musical.
Y por último, está el maravilloso y delicadísimo trabajo de los conjuntos. Quizá el punto culminante de todos ellos se encuentra en la deliciosa e inusualmente larga escena del sueño de Atys en el III acto, donde cuatro personajes enviados por Cybèle (el Sueño, Morphée, Phantase y Phobétor) encarnados en tres tenores y un barítono, acunan al joven insuflándole los mensajes de la diosa. El empaste de las voces de los cuatro jóvenes intérpretes Kieran White, Nick Pritchard, Antonin Rondepierre y Olivier Cesarini fue absolutamente perfecto y el trabajo de conjunto con la orquesta de una exactitud, equilibrio y aparente naturalidad prodigiosos. Un momento de enorme emoción musical. Si el carácter ensoñador y melancólico dominó esta escena, destaquemos el ambiente festivo de las danzas del IV acto (gavotte-menuet-menuet-gavotte) donde las dos jóvenes sopranos Apollinne Raï-Wesphal y Gwendoline Blondeel comparten trío con el barítono Olivier Cesarini y el tenor Kieran White alternativamente. Consiguieron que estos conjuntos no perdieran ni un ápice de su carácter popular pero aportando toda la sofisticación del arte de Lully, con una gracia y una precisión admirables.

En cuanto a los solistas, destacó especialmente el tenor belga Reinoud van Mechelen, bien conocido de todos los aficionados a la música barroca por sus numerosas colaboraciones con los mejores grupos instrumentales. Su interpretación fue realmente soberbia, tanto lo puramente musical, como en la encarnación de este héroe no se sabe si sólo torpe o conscientemente coquetuelo. Compartió con el resto de la distribución vocal la limpieza intachable en agilidades y ornamentaciones así como una afinación irreprochable y por supuesto, una dicción perfecta. Posee además una voz de gran presencia, no sólo en cuanto a caudal, sino también en lo que a proyección se refiere. Un color muy equilibrado, que aúna claridad y profundidad y que dota de gran versatilidad a su instrumento. Además tiene una vis cómica muy apreciable que le facilita el cambio de registro cuando es necesario. La Sangaride de Céline Scheen estuvo magnífica de estilo y adecuación dramática, mostrando la evolución de una jovencita un tanto caprichosa a una mujer conscientemente enamorada que muere como víctima de un sacrificio. Sin embargo su voz es en exceso pequeña, sobre todo junto a la de su Atys y por momentos quedaba anegada por sus compañeros, a pesar del cuidado exquisito desde la batuta.

Fantástica Judith Van Wanroij como esa Cybèle entre apasionada y maternal. La experiencia es un grado y la suya la hace acreedora de una autoridad innegable: dominio musical y escénico y una gran facilidad para pasar de una expresión vocal casi agria en los momentos de diosa vengadora, a un registro dulce y recogido en sus lamentos por el amor perdido y la necesaria vuelta a su posición olímpica. Muy bien el barítono Philippe Estèphe, que nos trasladó la desesperación ese rey Célénus, que padece la doble traición de su amigo y su prometida y Vlad Crosman como Un sueño funesto, así como Romain Blocker como Idas. En cuanto a Olivier Cesarini, que asumió varios papeles, posee una bonita voz, pero un tanto corta en los graves, aunque estuvo muy bien en los conjuntos.
El Coro de Cámara de Namur ofreció una lección de empaste y de claridad. El francés es un idioma endiablado para cantar en grupo y conseguir que se entienda, y ellos no sólo logran la inteligibilidad, sino todo tipo de inflexiones prosódicas, al mismo nivel que cada solista. Y respecto a la orquesta de Les Talens Lyriques, pues no puedo sino decir que es difícil mejorar esta versión. Años de trabajo y complicidad con su director conllevan un resultado extraordinario. Una vez más, quiero destacar la labor de los instrumentos que participan del bajo continuo y que van cambiando, porque en esta obra es parte esencial que conduce y estructura la acción con una ovación al ya citado Korneel Bernolet por su excelente desempeño. Magníficas las maderas, por ejemplo en la Entrada de los Céfiros y en todas las danzas del IV acto. Y una mención especial a las sabias, sabrosas, coloridas y siempre justas intervenciones de las variadas percusiones de la imprescindible y veterana Marie-Ange Petit.
En general, considero que las palabras que presidiría la interpretación son “equilibrio” y “bon goût”, así, en francés, con todo lo que eso conlleva, que no sólo es buen gusto, sino justa medida, cuidado, atención, elegancia, saber estar y actuar. Una nueva lección magistral de Rousset y los suyos que otorgaron pleno sentido a ese bellísimo marco de la Opéra Royal de Versalles.
Ana García Urcola


