VALLADOLID / Vuelve Mozart, y vuelve Petrenko a la OSCyL

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 12-II-2026. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Vasily Petrenko. Clarinete: Pablo Barragán. Obras de Mozart y Bruckner.
Pocas cosas más exquisitas puede haber en música que una interpretación bien cuidada del Concierto para clarinete de Mozart, que increíblemente la OSCyL no intepretaba desde hace más de un tercio de siglo. Dejando aparte al solista, se volvió a ver calidad en el trabajo de la orquesta, que supo estar en su lugar, acompañando con gusto, buscando la caída en los tutti, dibujando oleadas de fraseo y escuchando la voz en todo momento. Ignoro cuánto del involucramiento de todas las secciones de la formación se debe a la labor del director asistente, Jorge Yagüe, ganador del concurso de dirección de la OSCyL, y cuánto directamente a Petrenko. Lo importante es que el producto final ha salido bien, con un Mozart de cristal, como corresponde, y un Bruckner de envergadura. Superado un arranque con demasiado peso desde los graves, en adelante la orquesta siempre estuvo donde Mozart quiso, con las melodías bien claritas. Pablo Barragán, un solista que mira a los ojos a su público cuando toca, fue muy aplaudido por su calidad de sonido, por su musicalidad arrolladora, por su delicado fraseo en regiones fronterizas entre el sonido y el silencio y por su capacidad para sorprender con cada tema. Bien dijo tras la ovación que es difícil tocar una propina después de Mozart. Su regalo fue el virtuosismo de una obrita en la que se mezclaban lugares comunes de las «nuevas músicas», de la etno, alguna referencia a Bach… una pieza de talento técnico, pero de discutible valor musical. Sobre todo, después del cristal de Bohemia del Concierto.

Con plantilla grande y orquesta muy seria, la Sexta de Bruckner nos devolvió la OSCyL que deseamos conservar, la que sabe responder ante un director (o directores) que viene a ofrecer el máximo y a prohibir la relajación. En el primer Maestoso se estableció un nivel de intensidad arquitectural, que no decayó en el Adagio, verdaderamente precioso. Cada subsección de cuerda dio lo mejor de sí, con un destacado liderazgo desde abajo en chelos y contrabajos, gracias al interés común de saber quién se halla en la superficie en cada momento. Intensidad íntima, pero monumental en este adagio. Un imponente Scherzo en el que fue una pena que los primeros compases surgieran un poco desgobernados, cosa que se solucionó en el da capo, estableció las molduras necesarias para la culminación de la gran cúpula de toda esta arquitectura: el finale, un espectacular Bach de finales del XIX. Con el metal preciso en cantidad y en emisión, sin pasarse de decibelios, al igual que el timbal, la sección de violas merece mención especial por el siempre bonito intercambio y envío de material melódico dieciochesco a otras secciones.
La OSCyL con Petrenko volvió a sonar con inteligencia. El trabajo individual siempre ha estado, pero con otros directores quizá ha fallado la concienciación sobre el equilibrio. Este Romanticismo severo funciona así de bien en nuestra orquesta, donde todo encaja, casi todo se escucha y casi nada sobra. Sabiduría e inspiración, lo mismo para Mozart que para Bruckner.
Enrique García Revilla


