VALLADOLID / Último concierto de temporada de la OSCyL: Esos malditos micrófonos

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 13-VI-2024. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Alina Ibragimova, violín; María Toledo, cantaora; Thierry Fischer, director. Obras de Beethoven, Granados y Falla.
Fin de temporada en Castilla y León con un balance muy positivo y un establecimiento del optimismo en el abonado de a pie. Se ha disfrutado de interpretaciones y direcciones espectaculares; público y orquesta tienen un director titular en el que saben que pueden confiar; y los abonos van siempre a más. La marcha del gerente, Jesús Herrera, persona grata y gestor competente, ha dejado un punto de incertidumbre en el horizonte a medio plazo, que esperemos sea solventado con naturalidad en la potente inercia de este tren.
La cancelación de Hilary Hahn, que nos dejó un poco planchados en un primer momento, cambió en expectación por escuchar a su sustituta, Alina Ibragimova, que no venía a la OSCyL desde hacía nueve años. Thierry Fischer atacó el Concierto para violín de Beethoven con su personal cuidado por la precisión y un derroche de delicadeza en los acompañamientos. Enseguida se vio una versión sosegada, no revolucionaria en cuanto a volumen general y violencia en los acentos y ataques, con un Juan A. Martín destacado en los timbales precisamente por su comedimiento en su empaste con la orquesta, en especial en su acompañamiento de la cadencia solista sobre el timbal de dominante. Quizás fue esta una versión perfecta para una sala de cámara, clarita y cuidadísima, pero habría preferido que el sonido llenase el vasto auditorio con un poco más de generosidad para así transportar mejor el componente de la emoción musical, que, como decía Berlioz, tiende a diluirse con el aumento de la distancia entre emisor y receptor. Un segundo movimiento al límite del pianísimo sonó muy diferente a lo que podíamos haber esperado, casi en ambiente de nocturno en el que Alina Ibragimova se movió con sutileza y distinción. La dinámica al borde del triple piano fue posiblemente la opción del director para acompañar el sonido, más en falta que en sobra, de la solista. Fue muy especial la atmósfera delicadísima de la cuerda en pizzicatos casi inaudibles dentro de este segundo movimiento. El problema viene cuando, al entrar el viento, aun en ese límite de dinámica suave, su intensidad pareció mucho más fuerte que la de la cuerda. El concierto finalizó con brillantez dentro de la moderación interpretativa.
El momento artístico mejor completado tuvo lugar con el Intermezzo de Goyescas, de Granados que, como partitura independiente, es mucho más modesta (por supuesto) que el concierto, pero que tuvo todo al máximo nivel. Cada sección fue perfectamente escuchable dentro de un todo cristalino. Y esa claridad otorgada por el equilibrio perfecto, cuando se combina con hermosos fraseos de melodías y ritmos inspirados, provoca una oleada de arte fresco en la sala.
Manuel de Falla trabajó todas sus obras muy a fondo, tanto como para que nadie realice variaciones sustanciales en sus partituras. Aunque cuando finalizó la versión de 1925 de El amor brujo ya existía la amplificación eléctrica del sonido, Falla diseñó su obra para que una cantaora y la orquesta concertasen su equilibrio de forma natural, sin el concurso de electricidad. Sin embargo, y para desgracia del compositor, no es posible escuchar ya su obra sin que los cantantes hagan uso de la megafonía. Un poco viene bien, dicen. El problema es que nunca es sólo un poco. El arranque de El amor en manos de la OSCyL nos sitúa ante el precioso lienzo de una obra maestra sobre el que se derrama un cubo de pintura en el momento en que surge sobre ella el sonido artificial y perturbador de una amplificación desmesurada. El micrófono no amplifica, sino que modifica el timbre y lo hace fluctuar a picos espantosamente antinaturales si el cantante se acerca a él un centímetro de más. Durante los momentos de orquesta sola, como el mágico nocturno gaditano en 7/8, casi pude abstraerme de esta agresión y apreciar un buen momento musical, pero no creo que el bueno de don Manuel lo hubiera logrado, de tan horrorizado que estaría. Quizá habría recuperado aquella expresión de la versión de 1915: ¡Por Satanás, por Barrabás!
Enrique García Revilla


