VALLADOLID / Sonido Mozart en la OSCyL con Floristán y Petrenko

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 17-X-2024. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Vasily Petrenko. Piano: Juan Floristán. Obras de Mozart y Bruckner.
Siempre es bienvenido Vasily Petrenko a esta segunda casa que tiene en Castilla y León, donde cuenta tanto con la admiración como con el afecto personal del público, pues, aparte de los aplausos con que se le recibe y despide, tal como se indica en el programa de mano, ha dirigido más de noventa conciertos a la OSCyL en los últimos veinte años. En este tercer curso como director asociado, se ha presentado en un Delibes de espléndido aspecto, a rebosar de público, con un delicado y bien cantado Concierto para piano nº 20 de Mozart, en manos de Juan Floristán.
Produce una sensación extraordinaria el arrancar un concierto con una plantilla clásica tan bien ensamblada. El sonido, convenientemente ponderado en cantidad respecto a sus timbres, es decir, como un solo instrumento, se amolda a los resonadores de la sala en un todo admirable desde los puntos de vista artístico y físico: se trata, en manos de la OSCyL, del “sonido Mozart” en condiciones óptimas de interpretación, transmisión y recepción. Un primer movimiento de oleadas equilibradas, perfectamente justificadas en el discurso y exentas de los contrastes extremos y tempestuosos de versiones historicistas que tienden a aplicar criterios similares al Barroco y al Clasicismo, transmitió el drama dentro de la mesura clásica, con exactitud y con destacable sentido de direccionalidad en todos los fraseos. Si hubo algún desajuste accidental al comienzo, no me importó lo más mínimo. Floristán se unió al homenaje a Mozart con personalidad propia, sin intención de copiar ni imitar a nadie, en perfecta sintonía con las ideas de Petrenko. Un segundo movimiento suntuoso y colorido en cuerda y viento contó con un piano-cantante delicado y sincero. No obstante, destacó la intensidad dramática de la sección central, en la que el movimiento agitado del solista fue acompañado por unos vientos que se hallaban por encima de la indicación original de piano, con lo que quedó acentuado un ambiente de tempestad y empuje. Aunque se trata de una opción discutible que pudiera incomodar a los oídos más clasicistas (el acompañar en mf lo que está indicado como p), sin duda el efecto es sobresaliente, en especial por el contraste que se produce al retomar el galante tema inicial. En el tercer movimiento, esa orquesta ágil que responde como un resorte funcionó con un Floristán, que es un ejemplo de buen gusto al servicio del compositor y no de sí mismo. Un sorprendente giro a la oscuridad vino a sorprender en la cadencia final (la de András Schiff, según las notas al programa), pertinente, pero chocante: ya que estamos en los remanentes de un drama en re menor, la cadencia se basa en temas de Don Giovanni con su tragedia en re menor. Pertinente e interesante para ser interpretada de vez en cuando, pero chocante y, quizás, no la cadencia que debería imponerse sobre las demás.

Respecto a la Cuarta de Bruckner, el trabajo espléndido de la orquesta al completo, del primero al último, no debe hacernos caer en la autocomplacencia, pues hay margen de mejora en muchos aspectos. Vaya por delante, pues, que el nivel de la OSCyL sigue notable y que Petrenko construyó un Bruckner sonoro y de narrativa coherente. No obstante, quizá vio el director la posibilidad de ofrecer una visión de esta sinfonía (tan alpina y wagneriana a la vez) más discursiva, dramática y, por tanto, casi programática, que analítica en cuanto a disección y equilibrio sonoro, tal como puede ser más habitual (en otras palabras: salvo en el movimiento final, lo wagneriano superó a lo bruckneriano). Todo en la Cuarta es tan bonito e inspirado que, en busca de una narración, lo expansivo, las expresiones de gran efecto, pudieron resultar un tanto excesivas en los metales en toda la obra. Ya en el primer movimiento dejaron inaudible la heroica intervención de la brillante sección de violas de la OSCyL sobre el trémolo de violines. Con todo, insisto, el señalar con toda modestia aspectos de mejora desde fuera (y hay más de los aquí señalados en varias secciones), no resta mérito a la difícil y gran obra de arte creada en el Delibes por los actores musicales. Al contrario, se reconoce la excelencia y al mismo tiempo, la posibilidad de perseverar en el trabajo bien hecho para no descender ni un peldaño de ese primer nivel nacional en que nos hallamos.
Enrique García Revilla


