VALLADOLID / Ramón Ortega Quero, Pierre Bleuse y la OSCyL en un programa con Martinu y Chaikovski en atriles

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 9-V-2025. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Pierre Bleuse. Obras de Chaikovski y Martinu.
Fue hace ya quince años cuando Ramón Ortega Quero, proveniente de la potencia oboística que es Andalucía, visitó la OSCyL por primera y única vez. Desde entonces, quien era una promesa en firme, ha pasado a ser uno de los grandes en calidad de sonido, expresividad y virtuosismo. En otros instrumentos, los solistas pueden dedicarse profesionalmente a ser concertistas. En el caso del oboe, lo habitual es que los grandes intérpretes liguen su carrera profesional a la orquesta en la que poseen plaza. El solista principal de la histórica Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera vino a presentar el precioso Concierto para oboe de Martinu, obra de un eclecticismo equilibrado y labrado a maravilla, como decía el romance de la Granada de Ramón Ortega Quero. La conversación del solista con todos es siempre interesante en manos de orquesta, director y solista. En el destacado segundo movimiento, el granadino se impone como un actor protagonista imaginativo y fantasioso. En él, la integración del piano en la paleta orquestal, en una estética prima hermana de la de Manuel de Falla, favorece la fluctuación natural y no forzada en una misma obra entre ambiente sinfónico y de cámara, gracias al bello dúo de piano y oboe.

El concierto de Martinu estuvo flanqueado en el programa por Romeo y Julieta de Chaikovski y por su Sinfonía nº 6. El director del Ensemble Intercontemporain, Pierre Bleuse, preparó una lectura académica de esta obertura a la que en no pocas ocasiones parece que le cuesta arrancar. Bien equilibrado y leído, resultó un bonito Chaikovski, quizá un punto matemático, en el que en alguna ocasión deseamos que ocurrieran algunas cosas más. Hacia el final se tuvo la impresión de que los fortísimos del timbal nos hacían perder algo.
Respecto a la Patética, Bleuse, al frente de una OSCyL que siempre responde, buscó al autor en lo estrictamente escrito, pues, siendo este uno de los grandes virtuosos del arte de la orquestación, la mejor garantía es la lectura matemática en el sentido de exactitud. En el movimiento inicial, los acentos y diminuendos de violas presentaron una declaración de intenciones de un sino violento. El pianísimo en clarinete asimismo vino a indicar la expresión artística al límite entre la vida y la muerte, con un diminuendo final que, aguantando bien el tempo en los pizzicatos, quería sonar esperanzador. No obstante, ahora sí y con claridad, se evidenció, y no es el primer día, que alguien tiene que comunicar al timbal, muy bien tocado, que sus fortísimos en esta sala suenan triple forte, tapan lo que la orquesta tiene que decir y, como un nubarrón que se echa encima, echan a perder la música, el trabajo de ensayo y el efecto deseado por el compositor.
El Allegro en cinco por cuatro, que sonó precioso y claro en maderas y violines, en su tempo ligero (Allegro con grazia no significa más rápido que allegro), hizo que se perdiera, que no se entendiese, el dibujo del tresillo en la bravísima sección de chelos, lo cual no deja de ser un desperdicio, puesto que dicho motivo no es un simple adorno, sino una parte característica y estructural de esa inspiradísima melodía.
En el tercer tiempo, el director francés dejó un gran detalle de lo que es un scherzo de comienzo chispeante. Me sorprendió que hubiera público en Castilla y León que, a estas alturas, aplaudiese al final. Pero me pareció bien. La música es fantástica y la interpretación lo pedía. Chaikovski y los músicos de la época contaban con que se aplaudiese entre movimientos.
El Finale lamentoso marca el discurso de la desolación con ese virtuosismo de escritura orquestal mencionado y con el que arranca en la cuerda, homogénea de grave a agudo. La orquesta, como digo, está dispuesta a ser gran vasallo de quien se erija en gran señor. A pesar de la estupenda música y la penetrante interpretación, después de haber oído esta temporada una inconmensurable Sinfonía Manfred, queda la sensación de que nos gustaría una nueva Patética pronto en Castilla y León en manos del director titular, con el que en cada compás pasan cosas que no se ven de ordinario.
Enrique García Revilla


