VALLADOLID / Rachmaninov y Kirill Gerstein con la OSCyL: una lección bien dada

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 25-X-2025. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Piano: Kirill Gerstein. Director: Thierry Fischer. Obras de Debussy, Wagner y Rachmaninov.
Cuando el vestíbulo del Delibes presenta una afluencia inhabitual de jovencitos antes del concierto, se puede adivinar que se debe a la visita de un solista de renombre global. Un instrumentista podría salir de la duda de reconocerse como un personaje mediático (o si tan solo es un músico extraordinario) en función de su capacidad para movilizar a público de edades inferiores a los veinte años. En este sentido, en tiempos recientes, entre solistas fuera de serie que vienen a la OSCyL recuerdo especialmente los casos de Hilary Hahn y ayer Kirill Gerstein.
El Preludio a la siesta de un fauno abrió el telón de un programa de enorme atractivo. Preciosa interpretación que sonó en una orquesta compacta desde los graves, con intención y musicalidad en esa flauta de Ignacio de Nicolás, sonido aterciopelado en cuerdas, gran trabajo de detalles (sforzandi, acentos, diminuendi…) y, quizá, algunos tirones de arco en aquel unísono fantasioso, très expressif, sobre síncopas en el viento, en el que sería deseable no sentir ningún arco, ni arriba ni abajo, en busca de esa homogeneidad atemporal.

Algunos oyentes, no tan jovencitos como los mencionados, a quienes, tal vez (y por ignorancia) nos atraía un poco más la suite de El oro del Rin de Philippe Jordan que Gerstein, tuvimos que reconocer que Wagner salió perdiendo ayer, por varios motivos que podría tratar de exponer con máxima cautela y respeto por esta OSCyL de máximo nivel y como miembro del club de fans de Thierry Fischer (quien, sin duda, sabe de esto mucho más que cualquier crítico). Y como la explicación más sencilla, quizá, es la más adecuada, como decían los escolásticos, bastaría con indicar que el público pareció frío al finalizar la orquesta esa entrada de los dioses en el Valhala. Quizás más agilidad en los tempi habría favorecido el dinamismo y el sentido narrativo. El arreglo de Philippe Jordan se basa en fragmentos orquestales y, salvo el canto final de las ondinas en los oboes, no precisa del cuidado por equilibrarse con voces cantantes pasadas a instrumentos. Siempre es un privilegio escuchar Wagner con una orquesta de este nivel y, como agradables regalos, en la versión de anoche se descubrieron timbres poco acostumbrados, como los de violas juntamente con chelos en las figuraciones rápidas de Loge y el fuego, o los de las tubas wagnerianas con el resto del metal. En la enorme plantilla, los fortísimos requieren trabajo especial para no convertirse en triple forte, dinámica en la que es fácil perder claridad. Con frecuencia viene mucho sonido desde el metal, que tapa los dibujos de chelos, violas y violines segundos. Estoy convencido de que en la segunda interpretación, la del sábado 25 de octubre, Fischer mejorará sustancialmente muchas cosas al Wagner de anoche.

Tras el descanso, el cambio fue radical. Una orquesta enchufadísima arranca el Tercer concierto de Rachmaninov prestando máxima atención al extremadamente difícil balance que debe hallar con el piano incansable. La orquestación de Rachmaninov es prodigiosa, como un catálogo desplegado de recursos orquestales. Gerstein y Fischer convencieron y de qué manera. Dejando aparte el virtuosismo (como si fuera poco), ambos acordaron un discurso musical basado en la búsqueda de expresividad a través de recursos de exacerbada intensidad melódica, orquestal y sonora. De este modo, cuando los intérpretes se ponen al servicio del compositor, el virtuosismo no sólo impresiona, sino que emociona. Los intérpretes más grandes, como lo es Gerstein, no triunfaron por valerse de una partitura para lucirse, sino por sacar el máximo de la creación del autor. Su uso sabio del pedal en diferentes secciones y texturas, y más sabio aún del rubato en cada momento; su saber presentar cada personaje de la historia (cada tema y motivo) según el narrador (la OSCyL) lo presentaba previamente; su capacidad para limar aristas entre secciones en busca de la continuidad más adecuada; y sobre todo, esa intensidad, que fue creciente hacia el final para explotar en el gran unísono; todo ello creó un espectacular lienzo del que el virtuosismo es tan sólo una parte al servicio de una majestuosa obra de arte.
Enrique García Revilla
Foto: Miguel Ángel Santos


