VALLADOLID / Pinchas Zukerman no decepciona

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 9-III-2023. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Pinchas Zukerman, violín y viola. Amanda Forsyth, violonchelo. Director: Alexander Liebreich. Obras de Mozart y R. Strauss.
Cosa buena es comenzar un concierto con la obertura de Don Giovanni. Un primer acorde con el sonido bien moldeado de la OSCyL ya predispuso al público a escuchar un buen concierto. Pero, en seguida, hay algo que no funciona. Ese primer acorde del viento, en la cuerda, contiene más de un ataque que no se escucha. En el segundo acorde ocurre lo mismo. El director, Alexander Liebreich, ha optado por un tempo muy ligero con el que la obertura no sólo pierde gravedad, sino que, en el camino, se desaprovechan articulaciones, matices y procesos tímbricos y armónicos. Una lástima ver un caballo de clase mal montado. Se pierde, entonces, la predisposición positiva del primer acorde y todo se convierte en pegas. Sin tiempo suficiente para respirar, los vientos tienen que recurrir a acortar las últimas notas de frase. Lo mismo ocurre en la cuerda, donde las recuperaciones de arco requieren velocidades extremas. Una triple conclusión: el resultado es el de una obra no a tempo rápido, sino precipitado; gran orquesta, mal conducida; la sala en sí, por sus características acústicas, requiere de otro tempo. La corriente actual de tempi sorprendentemente rápidos, que ofrece resultados espectaculares en muchos casos, se descubre en ocasiones como un refugio de la impostura, en el que los directores piensan que más velocidad va a proporcionar mayor energía y, por tanto, mejor va a despertar la respuesta de entusiasmo del público. Tampoco fue así. No hubo grandes aplausos para la obertura.
El director desaparece de escena y Pinchas Zukerman se encarga de dirigir como violín solista el Concierto nº 5 de Mozart. La orquesta se expresa ahora con la elegancia que no tuvo en la obertura. Todo en el discurso tiene ahora sentido. La diferencia es abismal. Un par de trompas, un par de oboes y la cuerda acompañan con respeto e intención (más al límite del pianísimo aún deberían haber estado en el allegro). Un Adagio precioso, para conservar, y un Rondó fresco, hilvanado en articulaciones de hermosa perfección tuvieron esa chispa, arriesgada, de las improvisaciones y libertades con las que jugó Zukerman, a quien la OSCyL siempre quiso y supo seguir casando en perfecta complicidad.
En Don Quijote de Strauss, Liebreich se dejó de experimentos y trabajó con la orquesta con todas las de la ley. Amanda Forsyth marcó una altura artística extraordinaria en sus portamentos expresivos, en los pasajes virtuosísticos y en sus diálogos con unos, con otros y con todos. Zukerman, mientras tanto, tomó asiento como solista en la sección de violas. Olvidado ya ese Mozart desaprovechado del comienzo, la OSCyL dejó un Strauss serio, sin peros, exento de fisuras, para disfrutar y admirar de ese sonido orquestal rotundo, que es uno de los motivos principales por los que acudimos a los conciertos en el Auditorio Miguel Delibes.
Enrique García Revilla


