VALLADOLID / OSCyL y Sáinz-Villegas: el instrumento más hermoso del mundo

VALLADOLID / OSCyL y Sáinz-Villegas: el instrumento más hermoso del mundo

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 4-VI-2021. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Guitarra: Pablo Sáinz-Villegas. Director: Óliver Díaz. Obras de Carnicer, Rodrigo, Turina.

Espléndido programa de música española, muy esperado por el público del Delibes, y que nunca será redundante en la programación de una temporada de orquesta. La obertura para El barbero de Sevilla de Carnicer, dicho sea con pesar, pasó sin mayor trascendencia artística por los atriles de la OSCyL, como un aperitivo bien elaborado, pero un tanto insulso. El Concierto de Aranjuez contó con la presencia como solista de Sáinz-Villegas, que se presentó como un mago del sonido y del silencio. Solventó con mesura la dificultad de empleo de ese invento infernal, aunque necesario en este caso, que es la amplificación eléctrica en sala de conciertos. Tuvo cuidado en no amplificarse en exceso para presentar su instrumento en igualdad de condiciones respecto a la numerosa orquesta que lo acompañaba y ofreció un Concierto de Aranjuez como debe ser: para disfrutarlo. Ahí queda dicho todo.

Quizá, en la época del historicismo interpretativo en que nos encontramos, convendría reflexionar de la siguiente manera. Si la música de toda época tiende a interpretarse tal como sus compositores la concibieron, tal vez también habría que contemplar este concierto con los ‘ojos’ de Joaquín Rodrigo, es decir, como una obra de cámara compuesta en 1939 en la que la electricidad no es un factor invitado en la partitura (es una obra de cámara y aquí había, por el protocolo Covid, ¡más de veinte metros de distancia entre Sáinz-Villegas y la trompa solista!). Esto llevaría a reducir las plantillas, cuidar en extremo los matices desde la dirección y prescindir de la amplificación. Si bien la interpretación ideal vendría en una sala más reducida, nadie duda de que Rodrigo conoció auditorios casi tan vastos como los actuales y sabía muy bien cuál era el nivel medio de decibelios de su concierto.

Tres sinfonías hay en el siglo XX español que relucen más que el sol: Gerhard (elijan número), la Sinfonía sevillana de Turina y la Sinfonía castellana de Antonio José. Entre los momentos más destacados de Óliver Díaz podría contar algunos del segundo movimiento, como los fragmentos camerísticos de la delicadísima sección de chelos sobre pedal de timbal, arpa y contrabajos, donde se vio un excelente trabajo de timbres. Por el contrario, los fragmentos en forte supusieron una lucha no siempre vencida contra la complicada orquestación de Turina. Los problemas de balance que presenta la sinfonía requieren ser manejados con mucho recato desde el podio, de lo contrario el sonido será masivo o excesivo, como ocurrió en no pocas ocasiones. Ahora bien, cuando en Sevilla surge el arte, aquello es incomparable.

De la altísima inspiración de Turina en manos de los solistas de la OSCyL, pueden resultar bordados de oro. El más destacado ejemplo estuvo en Juan M. Urbán, solista de corno inglés, hombre discreto dentro de la plantilla y siempre sobresaliente cuando se le requiere. Sus solos en Aranjuez y en la Sevillana, al menos a mí, nos transportaron a la felicidad musical más absoluta para hacer buena la intención de ambos compositores de convencernos de que el corno inglés puede llegar a ser, de lejos, el instrumento individual más hermoso del mundo.