VALLADOLID / OSCyL y Pablo Ferrández: la parábola de los talentos

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 8-VI-2026. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Thierry Fischer. Obras de Dvorák y Haydn.
Lleno absoluto en el Delibes con Pablo Ferrández como atractivo especial para alumnos y profesores de violonchelo no abonados. En el programa, una rareza como es el poema sinfónico La paloma del bosque, una obra en la que Dvorák se volcó en busca de la orquestación precisa, matemática. Con el buen tino de que todo cuanto está escrito tomase sentido en vertical y en profundidad, es decir, en cuanto a equilibrio orquestal y a coherencia narrativa, Fischer trabajó el interés melódico y dramático de la obra, con una concertino invitada, Alexandra Preucil, especialmente comunicativa y eficiente en su papel de líder. Las cuerdas graves presentaron su inquietante ritmo ostinato para que las cuerdas agudas creasen atmósfera melódica de cuento y aquello ya cobró interés, como el novelista que se gana al lector en la primera página. Con un sonido muy cuidado, y con los músicos de la OSCyL como protagonistas de la historia, al alcanzar el arranque del tema principal y el descriptivo motivo descendente de violines primeros, el oyente puede simplemente confiar en su orquesta y dejarse llevar. Dvorák es un narrador fantástico en sus poemas y en su evocación de la naturaleza, especialmente cuando encuentra una voz bonita como contadora de sus relatos.
Pablo Ferrández, artista en residencia de la OSCyL, respondió al sonido galante propuesto por la orquesta en la introducción del Concierto para violonchelo en Do mayor de Haydn con su propia visión, igual de galante, pero sintiéndose el rey de la cámara, con una presencia absolutamente focal, con su capacidad de fraseo espectacular, siempre diferente y dispuesto a sorprender. Tras su bravísima cadenza y la complicidad en la caída con la orquesta, cosas que siempre arrancan una sonrisa, su Stradivarius compartió con los oyentes más cercanos la nobleza de su registros medio y grave y la claridad del sonido abierto en capotasto. Ágil y vertiginoso en el Allegro molto, más bien, moltissimo, lleno de intención hacia arriba y hacia abajo, Ferrández no defrauda. Es un grandísimo solista, no sabría decir a qué altura, que debe seguir su carrera como hasta ahora, invirtiendo sus talentos y estudiando con los pies en el suelo ante tanto halago. Y, como se dice ahora, una pedrada: intuí una chispa de decepción en el público al recibir como propina el Preludio de la Suite nº 1 de Bach, la misma pieza que tocan de propina dos tercios de los chelistas que en el mundo han sido.
La apuesta arriesgada de la OSCyL vino en la interpretación alternativa de varias danzas eslavas escogidas de Dvorák y los movimientos de la Sinfonía nº 8 de Haydn. En realidad, ambos compositores son personajes nacidos sólo a unos trescientos kilómetros de distancia el uno del otro (y un siglo por medio, claro). Arriesgada apuesta porque queda al criterio de cada cual el considerar si aquello pega o no pega. Con la célebre Op. 46 nº 8 arrancaba un tipo de suite definible como música para ser más feliz. Su final en Sol mayor dio paso al primer allegro de Haydn, que está en la misma tonalidad: aquí no ha pasado nada. Con naturalidad, en tacet los últimos atriles de la cuerda y, por supuesto, sin todo el metal y la cacharrería, un paréntesis de cámara. El ambiente festivo continúa con la Op. 46, nº 3 donde sorprende el toque del triángulo en un La bemol mayor, que, como quien dice, no es otra cosa que un Sol mayor un poco tirante. Y así, con esa alternancia, se completó una nueva suite, preciosa música, según costumbres de combinación de movimientos que eran frecuentes en numerosos conciertos en la Europa del diecinueve. La obra total no es Dvorák ni es Haydn, pero es un combinado afortunado, concebido con sabiduría y buen gusto. Con esta música feliz y festiva, combinación orgánica de dos estéticas distintas, Fischer ofreció al público una orquesta de primera, con unos solistas destacados en todas las secciones y, con ello, una tarde de felicidad.
Enrique García Revilla


