VALLADOLID / OSCyL: la música no es un lujo, es una necesidad (mentira: es un lujo)

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 6-VI-2025. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Violín: Alina Ibragimova. Director: Thierry Fischer. Obras de Ravel, Chaikovski y Mussorgski.
Penúltimo concierto de temporada de la OSCyL con un programa diseñado para llenar el Delibes hasta la última butaca y para hacer afición. Con el titular Thierry Fischer sobre el podio, Ravel sabía que en sus Valses nobles y sentimentales no iba a quedar una sola nota de lo escrito sin escucharse en la sala, aunque fuese una flauta en registro grave. El virtuosismo orquestal del compositor y del director cuida que cada compás tenga su intención, su expresión y sus matices y, cuando en la orquesta todo queda claro y expresado, cuando el arte surge en el escenario y la música responde siempre al nivel de la OSCyL, no hay necesidad de escuchar audiciones grabadas, aunque sea de formaciones de reputación centenaria. Ravel se presentó como debe ser, elegante, minucioso, con su punto exacto de melancolía y tersura.
En el Concierto para violín de Chaikovski en manos de Alina Ibragimova, se pudo disfrutar de un solista de cuerda a quien se le entendiese con claridad, cosa que no ha ocurrido siempre esta temporada. Fischer trabaja a la orquesta para que cada músico escuche al protagonista y que este no se convierta en un figurante que pasaba por ahí, cosa que también ha ocurrido este curso. De ahí que Alina Ibragimova pudiese explayarse tocando piano, sin pelearse con su instrumento ni sacarlo de quicio en su virtuosismo y así encaminarse y llegar a los tutti orquestales tan bien ideados por el compositor y de tan elevada inspiración artística con el máximo de efecto emocional. No fue seguramente su día de mayor limpieza, pero destacó la solista en su capacidad para expresar los factores de lo inesperado, de dulzura, de lo soñador, de la sorpresa y de todo tipo de afectos para los que el virtuosismo, felizmente, no es más que un medio bien entendido y no un fin. Así lo demostró en un primer movimiento bárbaro tras el cual los abonados de temporada del Delibes, que no son novatos, rompieron a aplaudir, hecho este espontáneo y sincero que, cuando no es forzado, es recibido con agradecimiento por los intérpretes.

En el segundo movimiento nos vimos sorprendidos por una interpretación íntima, por una música de cámara original y muy personal, discutible, por tanto (alguno juzgaría de excesivos esos pianísimos de flauta y clarinete), pero un lujo de innegable belleza y bravísima hondura artística. Decía que no se peleó la solista con su instrumento, hasta el allegro vivacissimo en que el attaca se volvió furioso. Decía también que se le entendió todo, salvo en un par de ocasiones de este finale. Una, al caer los chelos en ese acompañamiento pedal en negras en sol mayor, donde a la bonita melodía descendente no se le oyó el tresillo que le otorga personalidad: como suele ser habitual con los floreos, se tocan demasiado rápido y se desperdicia su poder expresivo (la mala suerte de una clavija rebelde quiso, además, manifestarse precisamente al tocar el sol blanca de esa melodía en la cuerda al aire bajísima: la solista la afinó con discreción y efectividad en su siguiente silencio y el problema pasó a ser nada más que un accidente nimio que ayuda a que el público conecte mejor con el lado humano de los intérpretes). El movimiento finalizó a lo grande, demasiado, pues Fischer se lanzó al fortísimo y aquí tuvo lugar la segunda vez en que a la solista se le tapó, esta vez por completo. Con todo, si se buscaba el efecto rotundo del carácter explosivo impuesto por la solista, el gran resultado habló por sí solo.

La segunda parte consistió en el regalo por parte de la orquesta de unos Cuadros de una exposición a un público fiel. Narrados con realismo, ímpetu y entrega, como una colección de historias musicales llenas de intensidad, permitieron al director presumir de cada sección. Si bien los más aclamados fueron Roberto Bodí y José Miguel Asensi, jefes de trompeta y trompa respectivamente, todo el metal tuvo una espléndida actuación, en especial en las wagnerianas catacumbas. La madera, preciosa, siempre en su sitio, tanto en intervenciones solistas como en general. Toda la cuerda, soberbia, sirviendo de vehículo a las intenciones del viento. Y por último, una percusión que asume su papel exacto sin abusar de su poder. En Samuel Goldberg, qué pena, volvió a desperdiciarse el poder de esos inapreciables tresillos, siempre demasiado rápidos. Fischer construyó un gran final al arrancar La puerta de Kiev en forte, como está indicado (y no en fortísimo), tras venir del fortissimo del movimiento anterior. El efecto, tan propio de los compositores rusos y de alguno cercano como Sibelius, permite crecer y cerrar la obra en un tutti verdaderamente triunfal.
Enrique García Revilla


