VALLADOLID / OSCyL excelsa y bostezador asesinado

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 21-III-2025. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Krzysztof Urbanski. Obras de Smetana, Kilar y Dvorák.
Después de la exhibición con el ballet completo de Daphnis y Chloé de la semana pasada, la OSCyL parece aumentar en forma física, y establecer un nuevo techo técnico con mención especial a violines segundos y primeros. En este sentido, merece destacarse el trabajo que está realizando en la presente temporada el concertino habitual Luis Suárez (balón de oro).
Urbanski, en su segunda visita a Castilla y León, acometió la segunda interpretación de El Moldava de los últimos quince años, y dejó una obra de arte exquisita. El tema principal, que fluye en tempo no rápido, natural, como sin barras de compás, de acuerdo con el estatismo del gesto del director, pero bien marcados los acentos indicados por Smetana en el cauce del río, crea una oportuna peripecia aristotélica, un giro en la narración, en el capítulo tormentoso de los llamados «rápidos de san Juan»; los violines crean una atmósfera dorada en el remanso de las wagnerianas ninfas; los metales surgen con autoridad; las violas no fallan en sus cien mil semicorcheas; y el arpa, generoso, lo mejora todo ello. La de ayer fue la versión que me gustaría encontrar en primer lugar al buscar El Moldava en Internet.
Dos de las obras del polaco Wojciech Kilar (1932-2013) que mejor acogida tienen en las programaciones de las orquestas se han oído en Castilla y León en el último mes: la efectiva Orawa (Sinfónica de Burgos) y la igualmente espectacular Krzesany ayer en la OSCyL. Se trata esta de una obra que, mientras se interprete en estas condiciones, perdurará en las salas de concierto porque permite admirar el sonido conjunto de orquestas en las que los clusters o racimos de notas disonantes constituyen música interesante, un caos perfectamente ponderado. Urbanski, el actual gran campeón del compositor, posee total conocimiento de su poética musical y se permite la inclusión final de un montón de niños que con sus camisetas vivas llenaron de colores nuevos el auditorio. Lo que tenían que hacer estos niños, del programa MIRADAS, del área socioeducativa de la OSCyL, era unirse al caos final con instrumentos de pequeña percusión y cacharrería variada, para desdibujar una sección final en tiempo de marcha y perfectamente tonal-consonante, un poco a la manera en que Schnittke creaba la confusión a partir de temas dieciochescos. Lo que aportan los niños es, precisamente, el descontrol de ese caos, que si hubiera sido interpretado por percusionistas profesionales, estaría mucho más dentro de los parámetros académicos.
El altísimo nivel técnico de todas las secciones en todo el concierto se confirmó con la Sinfonía del Nuevo Mundo, obra cuya presencia en el historial de la OSCyL es menos habitual de lo que suele ser en otras orquestas. Ya hace dos o tres años apunté aquí que la personalidad que Tiago Rocha ha conferido a su sección de contrabajos lleva camino de ser recordada. Tras un comienzo lejano y evocador, profundamente artístico, Urbanski optó por un tempo más ligero de lo esperado que provocó en las melodías populares un carácter más europeo y menos «del nuevo mundo», es decir, que aquello sonaba más académico que a indio, lo cual no es positivo ni negativo, sino una de tantas opciones. Con un tipo tan original como Urbanski uno nunca sabe qué cosas inesperadas pueden ocurrir y reconozco que desconfié al no ver a Juan M. Urbán sentado en su puesto de corno inglés ni otearlo preparado en las tribunas del auditorio. No obstante, su esperada aparición en un anfiteatro superior para realizar el solo del segundo movimiento, más allá de la novedad y la sorpresa, tuvo el efecto sonoro de una inteligente buena idea.
También el Allegro con fuoco final adoptó un tempo algo más rápido de lo deseable por el oyente medio. Que el tema principal pierda algo de empaque y poderío puede ser una percepción subjetiva, pero lo evidentemente negativo de esa ligereza es que en alguna ocasión se resiente la expresión en movimientos melódicos y contracantos de las voces internas. Con todo, Urbanski sacó de la OSCyL un Dvorák distinguido y perfecto, tremendamente expresivo y de amplia gama dinámica, en otra espléndida tarde para esta temporada.
Afortunadamente, el posterior asesinato del individuo al que se le ocurrió obsequiar a toda la sala con un sonoro bostezo en los dos compases finales en pianísimo de los contrabajos en el segundo movimiento de la sinfonía, su asesinato, decía, pareció un accidente y el mundo nunca volverá a saber de él.
Enrique García Revilla


