VALLADOLID / OSCyL: el mejor, casi, de los mundos posibles

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 24-II-2022. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Leonard Slatkin. Obras de Bernstein, Barber, Copland y Dvorák.
Varios son los directores que gozan de un estatus de preferencia en Castilla y León, y casi podría decirse que Leonard Slatkin, tras su segunda visita, pudiera ser en breve uno de ellos, si la salud se lo permite. Se trata, posiblemente, de uno de los más claros en su gesto sobe el podio, hecho que se ve facilitado por su dirección de memoria, libre de la sumisión a la partitura, que implica pasar una buena parte de la interpretación con la mirada baja pendiente del atril. No es su simpática y característica corbata roja el elemento con el que se gana a profesores y público, sino el saber que su trabajo a conciencia guía a la OSCyL a un resultado final óptimo. En este sentido, la labor de ensayo es tan fundamental que, desde fuera, uno parece ver enseguida cuáles fueron las partes mejor trabajadas en ropa de calle.
Con la obertura de Candide se alzó el ‘sonido OSCyL’ en el empaste que surge de la cuerda cuando está afinada con precisión. Slatkin potenció la expresión de optimismo subrayando la personalidad de los diferentes temas, las transiciones entre uno y otro y, gracias a su forma de subrayar elementos secundarios de la partitura, como algún dibujo en las trompas, dejó una versión para grabar que esperamos poder volver a ver pronto en los medios.
Después de haberlo dejado en todo lo alto, con el Adagio de Barber la música podía haberse perpetuado en lo excelso, pero recobró su condición mundana. No parece que el motivo por el que, en la escalada al clímax de la obra, cada una de las secciones retomaba la melodía un poco más rápido que la sección precedente (“no corran”, nos decían en el conservatorio en esta misma pieza) fuese la opción expresa del director. Dicho accelerando no contribuyó a aumentar la tensión, sino a lo contrario, y se vio que el efecto expresivo de la pieza habría sido mayor si se aumenta la intensidad manteniendo el tempo. Con todo, la calidez de la cuerda OSCyL merece, en ocasiones, suspender el propio juicio para simplemente dejarse llevar, sin desear otra versión que la que se tiene delante.
En Appalachian Spring de Copland (para muchos fue una novedad ver la traducción de dicho título como Manantial de los Apalaches, y no como la habitual Primavera apalache), un especialista como Slatkin incidió en el trabajo seccional con un lucimiento especial de la sección de maderas, así como en los juegos de balance, destacando el color aterciopelado y siempre bienvenido de la sección de violas en su introducción del célebre himno de los Shakers.
Una Octava de Dvorák, la memoria de Slatkin, su capacidad comunicadora y el arte de cada profesor de la OSCyL pusieron en su sitio aquellas cosas que hubieran planteado duda ya desde el expresivo íncipit en manos de los violonchelos. Admiración por el subrayado de cada frase y de cada matiz; en los conjuntos de chelos y violas sobre los pizzicatos poderosos de contrabajos; en las intervenciones precisas y delicadísimas de Sebastián Gimeno (oboe) e Ignacio de Nicolás (flauta), como dos jefes mundiales; en la buena labor del concertino invitado (Cizmarovic) tanto en homogeneización del sonido seccional como en bonitas salpicaduras de efectos bien ensayados.
El hecho de que Slatkin optase por tempos tranquilos no restó interés al discurso. Podría decirse, incluso, que el extra de energía que suele traer el tempo rápido, implica con frecuencia que se pierdan varios detalles del interior de la orquestación, de sus voces intermedias, a las que el director supo dar conveniente luz, ya que, si el compositor las escribió, fue precisamente con la intención de que se escuchasen.
Enrique García Revilla


