VALLADOLID / OSCyL: Cuando Brahms aventajó a Beethoven

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 27-III-2025. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Piano: Piotr Anderszewski. Director: Jaime Martín. Obras de Martínez Burgos, Beethoven y Brahms.
La obra Liminalis, de Manuel Martínez Burgos, tal como indica el programa de mano, es una orquestación en gran formato de dos versiones anteriores, la primera para septeto y la segunda para orquesta de cámara. El término Liminalis, según el autor, hace referencia a un estado de frontera, de existencia en el umbral, de ambigüedad y desorientación. La música se mantiene dentro de una atmósfera flotante y cristalina. La idea, sin duda, es atrayente. El autor maneja el timbre como catalizador de la evocación de esos ambientes desdibujados, y lo hace con fantasía, intuición y sabiduría. La partitura fue recibida con discreto entusiasmo.
De entre las cosas buenas que tienen los interesantes programas de mano que proporciona la OSCyL, una de ellas es la relación de intérpretes y ocasiones en que se ha tocado cada obra desde la fundación de la orquesta en 1991. En este sentido, en el historial del Concierto nº 1 para piano de Beethoven, figuran Alicia de Larrocha, Iván Martín y Javier Perianes. El pianista Piotr Anderszewski puede sentirse satisfecho de quedar en cuarto lugar al competir con tales maestros. Tras un primer movimiento mejorable en claridad de melodías y temas, con más volumen del poquísimo que sería perfecto desde atrás en los vientos, el Largo, mucho más transparente, a pesar del exceso que impidió destacar las intervenciones del clarinete, y el rondó arreglaron un buen trabajo de motivos y planos tímbricos, con sus ingeniosos juegos de fraseos y acentos beethovenianos, y un solista un poco más fallón de lo indulgentemente permisible. Queda la sensación de cuán difícil es el Clasicismo.

Felizmente, Jaime Martín firmó en la segunda parte una de sus mejores interpretaciones con la OSCyL, con la Sinfonía nº 2 de Brahms. La orquesta recobró su personalidad. Se acabó la sensación anterior de que la sala era el enemigo que emborronaba el sonido. El director sabe mandar con autoridad y sacar una expresividad densa y romántica, como corresponde, destacando, ahora sí, a cada solista, con unos intuitivos enlaces entre sección y sección, con el empuje de unos contrapuntos de académica tempestad. La orquesta se mostró receptiva y a gusto con él, como muestras, el poderoso cuarteto de trompas brahmsianas (pues es toda una especialidad) y la sección de chelos de Marius Díaz, a la que sirvió en bandeja su memorable intervención del segundo movimiento, verdaderamente conmovedora, que marcó el poderío melódico de dicho adagio. En el allegreto grazioso, Jaime Martín fue un virtuoso admirable en su capacidad de moldear a capricho, instrumento a instrumento, sección a sección, el sonido de la OSCyL. Con una expresión imperial, cuidando detalles como los acentos evidentes y los escondidos, de memoria, por descontado, así de maestro, así de brahmsiano, de romántico y de auténtico fue el santanderino en el podio de la OSCyL.
Enrique García Revilla


