VALLADOLID / ¡Obligo a Beethoven a que se calle!

VALLADOLID / ¡Obligo a Beethoven a que se calle!

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 29-XI-2019. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Roberto González-Monjas. Beethoven: Las criaturas de Prometeo.

Fantástica partitura la que escribió Beethoven en 1800, el ballet en dos actos Las criaturas de Prometeo, y enorme acierto su programación en la temporada de la OSCyL, que a buen seguro supuso una primera audición para la mayor parte de sus afortunados abonados. Beethoven, liberado de los dictados de la forma sinfonía, desarrolla su fantasía en dieciséis movimientos de suite de ballet con los que, a sus treinta años, apunta a lo más alto en el triunvirato del Clasicismo. El vallisoletano Roberto González-Monjas redujo la plantilla de la OSCyL a un formato clásico con el que la orquesta exhibió su mejor sonido revolucionario a través del cuidado de los equilibrios y balances, la profusión de efectos en el timbal, un perfecto trabajo de afinación y empaste en los metales y la mayor delicadeza en los fraseos en todas y cada una de las secciones.

Como novedad introducida en el ballet, no hubo danza, sino que se intercalaron monólogos entre los movimientos por parte de un actor sobre el proscenio. No elaboraré aquí crítica sobre la pertinencia o no de este proceder ni sobre la pretensión de intelectualidad del texto empleado. La megafonía con que el actor iba pertrechado provocó una curiosa dualidad de focos sonoros: por un lado la orquesta ágil, contundente y delicada de González-Monjas, y por otro el soniquete contrastante de salón de actos de colegio que provoca la megafonía siempre que aparece en un auditorio. Un sonido artificial como el de la maldita megafonía no casa con la orquesta sinfónica, donde todo es real, y hace que el oído del oyente acuse el precipicio que separa ambos planos acústicos cada vez que la orquesta toma la palabra. El problema no va mucho más allá: cada cual fue libre de realizar o no un esfuerzo extra de concentración para comprender y valorar el texto cuando no sonaba la música. Lo que resultó verdaderamente de un gusto horrendo fue que el actor, con toda su impía megafonía, se superpusiera a la música, en especial a los diálogos camerísticos entre el violonchelo de Marius Díaz y los sobresalientes solistas de madera, tapándolos con sus decibelios y haciendo inútiles tantos minutos de ensayo de la OSCyL en una música nueva para casi todos. Lo que el actor hizo fue poco menos que obligar a Beethoven a ocupar un segundo plano debajo de sus propias palabras, algo similar a rasgar, como performance, el lienzo de La maja vestida para colocarle, por ejemplo, el chándal de mal estudiante de la ESO que lució el actor (antes de quedarse en paños menores, hecho que sin duda considera como algo rompedor ¡hoy día!). En este sentido, llama la atención la falta de criterio de un público educado como el del Delibes, que aceptó el insulto a Beethoven en función de transigir con cualquier cosa que suponga una novedad. ¿Tal vez sea mi criterio el erróneo? Cierto: quizá vale mucho más el monólogo de ese actor que la música de Beethoven a la que tapó. Alguno podía haber dicho aquello de: “esos condenados músicos me están dificultando escuchar lo que dice el actor”.

Foto: [Marco Borggreve / IMG artists]