VALLADOLID / Música lógica, música natural

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 24-I-2025. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Violonchelo: Daniel Müller-Schott. Director: Thierry Fischer. Obras de Frank Martin, Schumann y Beethoven.
El estreno en España de la pequeña partitura Pavana «Color del tiempo» (1920) del suizo Frank Martin, muy probablemente estaría aún esperando muchos años si no hubiera sido otro suizo quien hubiese determinado la iniciativa, en este caso el titular de la OSCyL en su compromiso con la recuperación del compositor. En manos de Fischer, se trata de una obra interesante que, en su carácter ingenuo y en la suspensión de la coordenada tiempo mediante el color, trata de evocar al Ravel de Ma mère l’Oye o de su Pavana para una infanta difunta, obra de la que puede ser prima hermana.
La cancelación por motivos de salud de la violonchelista Alisa Weilerstein a última hora, trajo al Delibes el concierto de Schumann en lugar de aquel de la compositora Gabriela Ortiz, encargado conjuntamente por la OSCyL y varias orquestas americanas, que hubiera supuesto su estreno en Europa. Aguardaremos, pues, la ocasión, si bien, con todo el respeto hacia la creación contemporánea, más de uno sintió una pizca de satisfacción al ver que una obra compuesta con lápiz, papel y talento sustituye a otra creada en la época de los medios informáticos e internet.

Con el tiempo escaso de ensayo disponible, tanto colectivo como individual, a la OSCyL le vale para exhibir un buen tutti, compacto y rotundo. Müller-Schott, que dos días antes estaba cenando en su casa cuando recibió la llamada de Castilla y León, de memoria, por supuesto, vino con un Schumann intenso en la expresión y pleno en el sonido, por momentos juvenil e incluso juguetón. Se esforzó por dotar de sentido a la dificultosa y peleona parte solista en los graves, a la que un día mas de ensayo habría venido bien de cara a conseguir óptimo equilibrio de volúmenes. Destacado fue el segundo movimiento, con carácter religioso, en el que el desdoblamiento de su personalidad con el hermoso violonchelo de Marius Díaz daría para un estudio profundo de la psique del compositor. Como propina, regaló dos cosas: el sonido a solo de su precioso instrumento y la Plegaria de Ernest Bloch, como una oración judía, pero universal, con la pizca justa, sin abusar, de los portamentos étnicos u orientalizantes que tanto gustan a algunos solistas y tanto desagradan cuando vienen forzados o fuera de estilo.
Antes de arrancar la Sinfonía en do menor de Beethoven, ya es inevitable que uno se pregunte sobre la manera en que el director habrá decidido tocar el íncipit y, por ende, el primer movimiento. ¿Convencerá o decepcionará? Raro es el día en que Thierry Fischer no convence. Su respuesta a esta cuestión parece ser que no es tan importante el tempo, pues su versión no muestra la lentitud de antaño ni el desquiciamiento de los últimos años. No sabría decir si su comienzo fue rápido o lento porque allí la energía eclipsó al tempo. Un gran acento, enérgico y rotundo, es el inicio de la Quinta, impulsado por la tensión que se recarga en los silencios, a los que no se roba una centésima de segundo, en especial a los del final del movimiento.

En el andante, con toda lógica, pues está escrito, la excelente sección de violas de la OSCyL se erige en protagonista ⸺hasta la irrupción del metal, naturalmente⸺, con su fraseo, su timbre y una sorprendente manera de alcanzar el punto culminante de su línea. En este Beethoven académico, pero personal y despojado de aspavientos, no se pasa por alto un matiz ni un crescendo ni un diminuendo. Afiladas y violentas trompas atacan el misterio del scherzo, donde los contrabajos de Tiago Rocha ordenan a todos que aquí nadie baja la intensidad. Así, la transición al do mayor permanece plena de interés y expectación hasta la explosión de energía, vida y luz. La Quinta de Fischer no es ni «del destino», ni programática ni pura: es lógica, puesto que obedece a un discurso musical natural en el que sus timbres son los que deben ser, incluidos flautín, contrafagot y los tres trombones, y, se fundamente en que la energía es la sustancia que lo vertebra.
Enrique García Revilla


