VALLADOLID / Mahler tiene sentido

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 24-II-2023. Mahler: Sinfonía nº 3. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Anna Larsson, soprano. Coro de la OSCyL. Escolanía de Segovia. Director: Thierry Fischer.
El Mahler de esta temporada se esperaba con ilusión, tanto por las ganas naturales que cualquiera puede sentir de escuchar cada año un buen Mahler en casa, como por tenerlo en manos del nuevo titular, Thierry Fischer, en quien se confiaba para dar buena forma a esta tercera sinfonía.
Fischer, cuyas apariciones tendían a considerarse, hasta ahora, como hitos del período de pruebas de quien tiene aún que ganarse a su público, demuestra en cada concierto una sabiduría indiscutible en los equilibrios con la paleta sinfónica y de los discursos sonoros. Dejando aparte unos pocos detalles puntuales que quizá impedirían el éxito de una grabación de su versión de anoche, el director, de gesto sobrio, trabajó con la orquesta los niveles de fraseo en cada sección de los movimientos; de equilibrio entre familias tímbricas, aspecto en el que mostró un muy deseable cuidado por no dejar notas de la partitura sin escuchar; y de sentido discursivo de la obra, desde la burla inicial a Brahms de las trompas (en la que se vio que respirar en música es a veces tan arriesgado como tocar) hasta el bien ponderado finale.
En ese discurso tan personal del compositor, en el que cada sección orquestal no se permite un instante de descuido, incluso cuando permanece en silencio, la aparición de la mezzosoprano Anna Larsson en el momento correspondiente a la sección áurea de la sinfonía, ofreció un cambio de orientación narrativa. Su voz, no necesariamente excesiva, sino reflexiva, además de muy hermosa y dotada de enorme personalidad wagneriana, y más que suficiente gracias a un respeto inteligente de Fischer y de los miembros de la orquesta, abrió la puerta hacia la resolución de la sinfonía.
La Escolanía de Segovia, bien enseñada por María Luisa Martín a mostrarse con impecables comportamiento y apariencia en la tribuna, contribuyó con admirable homogeneidad tímbrica, y cierta timidez, no sólo a enriquecer la gama de timbres del auditorio, sino a atraer y centrar la atención del público. Ocurre esto, curiosamente, también en los momentos en que Mahler hace sonar instrumentos desde fuera del escenario. Parece entonces que nadie en su butaca mueve un músculo hasta que finaliza dicho fragmento. Entonces, eso sí, ya puede uno relajarse y toser a gusto. Muy correcta asimismo y bien trabajada en la dicción la sección femenina del Coro de la OSCyL, a la que se puede pedir un punto menos de dependencia de la partitura.
La mejor conclusión es la evidencia de que los músicos de la OSCyL no sólo interpretan, sino que se involucran para conmover y conmoverse cuando una obra alcanza su sentido en su movimiento final: ahí quedó el finale con su sección de cuerda, sus unísonos, sus diminuendos (más efectivos incluso que los crescendos), para dar crédito a cada uno de los movimientos anteriores.
Enrique García Revilla


