VALLADOLID / La OSCyL se gusta con Petrenko

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 5-III-2026. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Vasily Petrenko. Piano: Behzod Abduraimov. Obras de Chaikovski, Rachmaninov y Prokofiev.
Rara vez decepciona Petrenko en Castilla y León, y la mejor noticia puede ser que su interpretación aún dejó espacio para la mejora. Dicho lo cual, la OSCyL se consagra una vez más como un instrumento gigantesco en calidad artística y técnica.
El orgullo cultural tan natural y espontáneo en los directores rusos respecto a sus glorias artísticas se tradujo en un programa exclusivamente ruso. Francesca de Rímini, de Chaikovski, poema sinfónico cuya saludable popularidad a final del siglo XX ha caído hasta convertirse en una rareza, abrió el concierto de manera un tanto nebulosa, con sonido demasiado masivo desde todas las secciones. Por el contrario, la orquesta funcionó de maravilla en los diálogos, en los momentos de cámara, en los solos de la madera, en el gran unísono de violines primeros y segundos, en el trío de flautas sobre los chelos o en la intervención del corno, que tanto recuerda a los mejores momentos de Onegin. El problema, como en tantas ocasiones, suele estar en los tutti fuertes. Pero en el sentido expresivo y narrativo de la obra, Petrenko jugó la baza del estruendo y finalmente le salió bien al conducirlo por el camino de lo intenso y lo exacerbado.

El uzbeco Abduraimov no resultó en persona la alegría de la huerta, pero tampoco infunde la inquietud que parece buscar con su retrato de portada (su agencia lo presenta con una tétrica fotografía de serísima mirada, de la que recelaría cualquier guardia de seguridad). Lo que sí demostró es ser un enorme pianista que, para empezar, no dejó sin dar ni una sola de las notas de la Rapsodia Paganini de Rachmaninov (diga lo que diga la RAE, prefiero Rachmaninov a Rajmáninov). La apabullante técnica es tan solo una parte de su bravísima condición de artista, con la que sacó lo mejor del sonido Rachmaninov en todas sus versiones en fraseos, rubatos, pedales, acompañamientos. También es cierto que algunas variaciones requieren más atención para que la hiperbólica música conserve su equilibrio y, por ende, su lógica, ya que la generosidad sonora de solista y tutti hace que unas secciones se coman a otras.

La Sinfonía n.º 5 de Prokófiev confirmó a la gran OSCyL, la de las grandes segundas partes en el Delibes, la que nos hace admirar a la formación y sentirnos orgullosos. El que todo sea mejorable no hace más que aumentar el optimismo ante los horizontes de grandeza artística que en ocasiones aparentasen flaquear. Con los fortes bien ponderados desde viento y percusión, siempre hay alguien hablando en la orquesta a quien se entiende. En el segundo movimiento, como en un concierto para orquesta, los profesores disfrutaron de las indicaciones de Petrenko tanto como de la música de Prokófiev, expresada con carácter bárbaro, enérgico, preciso y con el excelente cachondeo propio del autor. Quizá el adagio es el fragmento menos vistoso, pero cuando esa mano izquierda de Petrenko se carga de tensión y adopta su forma de garra característica, la cuerda reacciona y comienza a acumular energía para el allegro giocoso final. Nobleza en el unísono presentado por violas y chelos, precisos violines con mucha carga de trabajo toda la tarde, orquesta minuciosa, afilada, punzante, plena de intención, gracia e inspiración, en este final energético, vital y cargado de humor.
Enrique García Revilla


