VALLADOLID / La OSCyL se despide de Jesús Herrera

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 11-IV-2024. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Thierry Fischer. Soprano: Hera Hyesang Park. Obras de Mozart y Mahler.
Recibimos con estupefacción la noticia de la inminente mudanza de este barco por parte de su gerente, Jesús Herrera, que buscará una nueva perspectiva profesional en Londres. Le felicitamos por esto último y le agradecemos su labor espléndida al frente de la OSCyL (de su apertura nacional e internacional, de la OSCyL joven) los tres últimos años con la seguridad de que echaremos de menos su talante en la comunicación, su firmeza en el trabajo y, en especial, su sonrisa en el trato.
Thierry Fischer, en modo maestro, como es habitual, abrió el telón con una obertura de La flauta mágica más concreta que misteriosa en su introducción y concretísima en el allegro, plena de picante en sus juegos de acentos y de intención en sus crescendos.
La joven soprano surcoreana Hera Hyesang Park vino a entonar el Exultate, jubilate de Mozart, precedida por su capacidad para la coloratura, de acuerdo con la primera frase que reza en su currículum. Uno, que se ha hecho a la idea, entonces, de una voz ligera y fina, se topa de repente con un timbre lírico de cuerpo generoso y rico en personalidad. El Mozart de la OSCyL reducida a plantilla clásica busca de forma afortunada la transparencia a través de la naturalidad, sin estridencias llamativas, con la idea en este caso de alejarse del carácter operístico de la pieza en busca del sentido sacro de su texto. En este sentido, la soprano evitó con fortuna las gracias y chispas mozartianas propias del aria de ópera.
Con la Sinfonía nº 4 de Mahler, Fischer volvió a convencer a sus propios músicos en primer lugar, y después al público de la OSCyL (al que hay que recordar que no es obligatorio ponerse de acuerdo para toser todos a la vez, en un unísono preciso, entre movimientos). Fischer es un experto en construir claridad y transparencia; en sacar lo mejor de los fraseos a través de la discreción en los acompañamientos; en diferenciar las intervenciones de la cuerda como efectos o como protagonista. Mahler sonó a maravilla de principio a fin porque se logró mantener la concentración en cada atril, sin dejar lugar a esa ligera relajación que, en ocasiones, aparece como enemigo del arte. En más de una ocasión, el gesto del director se dirige a los atriles del fondo, de donde debe provenir el grueso de la energía sonora. Esa energía se acumula en los silencios para crear maravillosos fraseos, como fue el arranque de la coda en los violines primeros. Cosas de Mahler: esos cascabeles suyos tan en primer plano, que en ocasiones pueden resultar un tanto reiterativos (martilleantes, machacones, etc.) sonaron en su justa medida, aportando riqueza tímbrica.
Una vez más, Fischer convence por su intuición artística y su capacidad matemática de concreción de los diferentes planos de sonido. La cantidad y calidad de trabajo Fischer con la OSCyL se tradujo en un segundo tiempo que pareció una preciosa cajita de música llena de colores y personajes de cuento en movimiento, cada uno con su propia música característica. Tras él, el Adagio, fijó un sustrato no expresivo, sino estático y quizá extático, para permitir una mayor expresividad en las secciones posteriores, desde los violines primeros, en momentos de orquestación de cámara aprendida por el autor del adagio de la Novena de Beethoven. La bella voz de la soprano Hera Hyesang Park necesitó un par de puntos más de volumen para adquirir su relevancia real, pues la plantilla ya no era la reducida en Mozart. Muy pertinentes en toda la obra los puntos de apoyo aportados con tino por el arpa de Marianne ten Voorde en el papel tan peculiar que le asigna Mahler en esta partitura.
Nuestra máxima consideración para Jesús Herrera.
Enrique García Revilla
(fotos: OSCyL)


