VALLADOLID / La OSCyL promete una temporada espléndida

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 3-X-2025. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Mezzosoprano: Magdalena Kozená. Director: Thierry Fischer. Obras de Albéniz, Berlioz y Beethoven.
Récord histórico de abonados y alegría para comenzar el curso, que no viene mal. La orquestación plenamente acertada de Arbós de Corpus Christi en Sevilla y de Triana, de Albéniz, surge del piano de manera natural, con su esencia española revestida con la sofisticación de colores y técnica franceses, pero puede suponer algún problemilla de equilibrio por exceso de metales en la primera de ellas. Por su parte, en Triana, Thierry Fischer halló felizmente ese sonido castizo de la alegría trianera sin abandonar lo francés; a Arbós le importó poco que los divisis en las cuerdas resultasen endemoniados; y los sobresalientes solistas de madera, plenos de gracia, establecieron su promesa de magia para el concierto y la temporada.

La primera solista invitada del curso, Magdalena Kozená, entendió Las noches de estío, de Berlioz, del mismo modo que el compositor, es decir, una obra de espíritu camerístico y no sinfónico u operístico. Evidentemente, en un auditorio tan vasto como la sala López-Cobos del Delibes, ignoro de qué manera llegó su voz a las butacas más alejadas del foco emisor. Fischer tiene bien claro el papel de la orquesta en el ciclo y, de este modo, ofreció un acompañamiento ejemplar en expresión, discreto en cantidad y perfecto en limpieza. Kozená, que sabe expresar con un gusto exquisito, apenas rozó el límite de lo liederístico y se mostró conocedora de la intención del autor, admirador de la interpretación teatral expresiva sobre el escenario. En este sentido, con timbre claro y fiato natural (una chinita en el zapato se le cuela a cualquiera y no estropea un paseo placentero), mostró variedad de recursos, que podía haber llevado más al extremo sin complejos. En su voz, el Delibes se tiñó de un Romanticismo brumoso, íntimo y misterioso, pero al mismo tiempo cargado de luminosidad y esperanza.

Un aviso en megafonía informó al final del descanso de que un problema técnico en el oboe del solista de la OSCyL, Sebastián Gimeno, retrasaría unos minutos la reanudación, hasta que, como en una escena de película, el cornista Juan M. Urbán lanzado a toda velocidad por Valladolid le trajese de su casa su propio oboe. Precisamente arranca la Séptima de Beethoven con esa alegoría del hombre solo a través de la intervención solística del oboe. Quizá Gimeno notó la diferencia, pero el público, tras recibirlo con una muestra de aprecio sincero que se ha ganado durante muchos años, simplemente lo vio tocar como siempre, como un dios, codo a codo con Clara Andrada, la gran sorpresa del día, en las filas de la OSCyL. Con el Beethoven de Fischer, la OSCyL se gusta en sus golpes de arco, en su sforzato conjunto, y en la intención de cada introducción y de cada frase. Perfecta en balances, es un Beethoven libre de horteradas y ocurrencias, heroico y bárbaro. En el allegretto, deja cantar a todos y lo trágico es más bien grandioso y dramático, un poco shakespeariano. Vivo el tercer movimiento, ágil en reflejos, como un resorte y de buena intención melódica en el trío. Un buscado toque rústico en la energía del allegro con brio, hace un Beethoven, ante todo, heroico. Aquí sí cobró sentido la colocación de los contrabajos a la izquierda del escenario al descender los dos timbales clásicos al extremo de la derecha. La base común de ambos arropa la orquesta y la conduce a no permitir un instante de relajación (en otro repertorio no sé si termina de convencer la colocación de los contrabajos a la izquierda).
Excelente comienzo para una temporada que promete cosas grandes, con una orquesta en extraordinario estado de forma. Los puntos de mejora respecto al curso pasado (expresados con el máximo respeto y desde un punto de vista siempre constructivo) pueden resumirse en cuidar los excesos desde metal y percusión; un mejor resultado sonoro en las obras con solista, quienes el año pasado sacaron, casi todos, poco sonido a la sala; y, en especial, lo que comenta Mark Elder en el número de este octubre de SCHERZO y que se vio ayer: ni un instante de relajación en los músicos, no sólo en concierto, sino (en la medida de lo posible) en el trabajo de ensayo.
Enrique García Revilla


