VALLADOLID / La OSCyL en Britten y Shostakovich: Una orquesta comprometida

VALLADOLID / Auditorio Miguel Delibes. 6/7-I-2025. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Soprano: Olivia Boen. Director: Mark Wigglesworth. Obras de Britten y Shostakovich.
El británico Mark Wigglesworth se presentó en Castilla y León con un programa bien traído y equilibrado de dos obras casi contemporáneas. Les Illuminations (1939) de Benjamin Britten, para soprano y orquesta, obra infrecuente en los auditorios españoles, se interpretó por primera vez en los atriles de la OSCyL, mientras que la Sinfonía nº 10 (1953) de Shostakovich llegó con la difícil papeleta de evitar la comparación con la que firmó Elim Chan en junio de 2021.
Les Illuminations, obra en nueve números sobre textos del siempre joven Arthur Rimbaud, es una partitura de orquestación perfecta en todos los sentidos, tanto en el plano de su concordancia con el sentido del texto al que acompaña como en el concierto de la voz con las diferentes secciones; uno de los más hermosos ciclos vocales del siglo pasado. La voz de la soprano Olivia Boen ganó felizmente la evitable lid con su vestido por el protagonismo. Su timbre redondo y rico en armónicos y tesitura le permite lucir una versión bella de una partitura bella, como si fuese un recuerdo del siglo XIX, pero en música del siglo XX, alegre y desenfadada cuando fue preciso, dionisíaca y sensual en la danza del hijo del dios Pan.
Wigglesworth es sin duda un intelectual de la dirección que, como tal, no es que pusiera a su bien plantada orquesta al servicio del texto, sino que se sirvió de este para el propio lucimiento de la OSCyL. Así de bien, así de sabia y coherente, defendió la orquesta la intención original de Britten en sus referencias surrealistas a la shakespeariana reina Mab o al brillo de los torbellinos de luz, por citar solo dos momentos. Ante la cuestión de por qué no es esta obra más frecuente en las salas españolas, quizá hay que mirar al movimiento final, Départ (Partida), y su carácter lento y piano, que no azuza el entusiasmo aplaudidor del oyente como sí había hecho el Desfile inmediatamente anterior. Evidentemente, un tipo tan especial como Britten no sería Britten sin estos detalles. De hecho, en el concierto del día 6, se arrancaron algunos aplausos como si este hubiera sido el final. Es preciso señalar que, el día 7, Olivia Boen anunció encontrarse enferma en su actuación. Cantó igual de bonito todo, calando, eso sí, las notas largas de cierta frecuencia. Disculpada.

Si Wigglesworth es conocedor de cuanto se mueve en las partituras de Britten, es un especialista en Shostakovich, con cuya Décima dejó un nuevo hito en esta temporada que está resultando prodigiosa en la OSCyL. De memoria y con la sabiduría de un demiurgo, ordenó todo su material y convirtió a su orquesta en un narrador elocuente, prudente y poderoso. Con la incondicional referencia básica de violonchelos y contrabajos, el primer movimiento fue narrado con la paciencia y la minuciosidad de la gran novela rusa, con sus personajes caracterizados por los solistas de viento, destacados todos ellos, y con los conflictos que se ciernen sobre dichos personajes reflejados en las excepcionales secciones de cuerda. Puro Shostakovich en el segundo movimiento: afilado, violento, militar, enérgico, con gran empuje de madera y metal. Quizá al sobrepasar un máximo de energía también comienza a perderse la claridad, incluido un punto de más del flautín, que se sale del plano general en los tutti fortísimos. Destacable el imponente solo de trompa que, como en las sinfonías de Brahms, promete un punto de inflexión en el desarrollo posterior.
Wigglesworth, sobrio, filosófico y conocedor, se gana el respeto de una orquesta involucrada y comprometida.
Enrique García Revilla


