VALLADOLID / La OSCyL culmina el ciclo y abre el año beethoveniano

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 19-VI-2026. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Coro de la OSCyL y Orfeón Pamplonés. Director: Thierry Fischer. Beethoven: Sinfonía nº 9.
La OSCyL finaliza su recorrido de tres temporadas a lo largo de las nueve sinfonías de Beethoven con una Novena rotunda, apoyada en el trabajo certero del Coro de la OSCyL (Jordi Casas) y del Orfeón Pamplonés (Igor Ijurra).
Cada vez que del silencio surgen los primeros sonidos de la Novena, uno anda expectante para saber qué espíritu va a tener la interpretación. Conocemos ya la combinación de sabiduría e intuición de Fischer y no hubo sorpresas al respecto: con el interés siempre en el cuidado del equilibrio, como no puede ser de otra manera, presentó una «creación» más concreta que cosmogónica, más racional que metafísica, con punzantes baquetas de madera, por descontado, y un subrayado intencional en los ataques que hacen de estos un tema homogeneizador de todo el primer movimiento. Al inicio de esa coda poderosa que imaginó Beethoven y de su crescendo infinito al que Fischer hace esperar para darle su final exponencial, el arte ya estaba en el aire de todo el auditorio.
El timbal, concreto y preciso (ojo en los fortísimos, por si no lo había dicho antes), y esos crescendos que se hacen de rogar, en un tempo nunca desbocado, proporcionaron en el segundo movimiento energía como para hacer rotar a un planeta. Un solo detalle como muestra del carisma del director: el trío, noble y directo en Re mayor adquirió robusta personalidad, detalle que contribuyó a potenciar el efecto de la posterior caída en el da capo. Bravo.
Y es entonces cuando surge esa maravilla de las maravillas de la orquestación que es el tercer movimiento, haciendo honor al compositor en el diálogo exquisito entre los instrumentistas y con una mención especial a un toque de magia en el fraseo que llegó desde la trompa solista. Quizá se podía haber ofrecido mayor flexibilidad en tempi en detrimento de la concreción racionalista del discurso, pero eso, más que nada, es cuestión demasiado subjetiva como para discutirla a un director mil veces más sabio que cualquier crítico.
Tras un recitativo de chelos y contrabajos elocuente y natural, nada forzado ni limitado por condicionantes técnicos de los instrumentos que no se escucharían en voz cantada (arco arriba aquí, abajo allá…), se vio un buen ponderamiento de equilibrio entre coro y orquesta. Coro muy bien trabajado, verdaderamente, en la homogeneidad de su timbre, como un solo cuerpo, con poder y delicadeza. Si yo fuera seleccionador nacional para el mundial, me llevaría en una segunda criba de convocatoria sólo a los coristas que tienen más tiempo la cabeza en el director que en la partitura. El tempo siempre prudente que llevó Fischer permite apreciar cantidad de detalles, sean de orquestación, fraseo o ataques, como en la fuga que a otras velocidades tienden a perderse. Gran cuidado de cada momento para ofrecer un todo francamente espléndido, como el místico adagio, tan delicado y expuesto en violas y chelos de ¿Os postráis, millones?.
Desde SCHERZO manifestamos nuestra felicitación a la OSCyL por la temporada recién clausurada, por su magnífica salud artística e institucional, y en especial, por el siempre creciente éxito de público.
Enrique García Revilla


