VALLADOLID / La OSCyL añora el trabajo de Fischer y Elim Chan

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 06-XI-2024. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Trompeta: Hakan Hardenberger. Director: Fabien Gabel. Obras de Fauré, Gruber, Strauss y Schmitt.
Tercer programa de abono de la Sinfónica de Castilla y León con un programa novedoso y sugerente. Se guardó un respetuoso minuto de silencio por víctimas y damnificados en Valencia.
Podría decirse que el parisino Fabien Gabel abrió el concierto bajo el signo de Ravel con Pelléas et Mélisande de Fauré. De un bonito trabajo de equilibrios entre los diferentes solistas y tutti resultó un sonido sugerente, de calidad y delicadeza en los fraseos, al estilo de Ma mére l’oye de Ravel. Que Fauré recuerde a Ravel, en esa pureza y ese hermoso rococó anacrónico tan bien entendido por la OSCyL, puede ser un gran elogio dirigido al compositor. Los numerosos momentos de cámara que hubo en el concierto fueron, como suelen ser habitualmente, fragmentos que brillan por su musicalidad en manos de los solistas seccionales de la OSCyL.

Parece que la obra Aerial (1999) de HK Gruber no se comporta en directo como puede hacerlo en una grabación después de un concienzudo trabajo de edición de sonido. A juzgar por lo visto ayer, entre los muchos problemas que presenta, uno más que reseñable es el de la orquestación, que durante una gran proporción del tiempo resulta masiva y difícil de manejar. Lo que Gabel dejó en el Delibes fue un maremágnum de elementos desordenados, un sinsentido de planos sonoros y de voces protagonistas inhallables. Ni siquiera el destacable solista, Hakan Hardenberger, ofreció sonidos claros en sus instrumentos y en sus difónicos (forzados y sucios). Fabien Gabel no fue capaz de dar sentido a la segunda parte de la partitura, en la que no hubo ningún equilibrio en las cantidades de sonido, siempre desbocado, de las secciones. Aerial es una obra poco habitual y desconocida en directo por casi todos. Si la buena grabación de Hardenberger con Peter Eötvos no está exageradamente manipulada en estudio y el registro es fiel a la música real (léase con ironía), puede decirse que no se parece en nada a lo ofrecido por Gabel, quien entonces no manejó los planos sonoros con justicia al compositor. Pero quizá el director sí leyó la partitura tal como es…
Afortunadamente, con la Danza de los siete velos de Salomé, de Richard Strauss, la OSCyL volvió a ser ella misma. Es lo que tiene una orquestación cabal que no necesita depender de la edición posterior en estudio. Aquí sí se vio, por parte del director, un sabio juego de secciones bien conjuntadas, con buenas intervenciones de todas ellas sin excepción, con unos violines primeros destacados, y la sensación final de que la orquesta y sus solistas estaban dispuestos a ofrecer más en intención, en dramatismo y en sensualidad, a un director que hubiera sabido pedirlo.
Con razón dirigió Stravinsky (que no tenía mal oído y de música también sabía) un gran elogio a La tragedia de Salomé (1907) del francés Florent Schmitt, pues se trata de una obra maestra de inspiración melódica, de intuición tímbrica y de coherencia narrativa. Si bien quedó claro que este director invitado no es el que mejor sabe comunicarse con los profesores de la OSCyL para gestionar las cantidades de sonido en los fortes, la obra fue defendida con brillantez, con preciosos fraseos de corno inglés, de la cuerda, de todas las maderas y con un empaque admirable en metales. Nos quedamos con ganas de volver a escuchar pronto esta obra en Castilla y León y asimismo con ganas de ver en el podio a Thierry Fischer y a Elim Chan en los próximos conciertos.
Enrique García Revilla
(fotos: Photogenic/Miguel Ángel Santos)


