VALLADOLID / Estreno de ‘La bella selvaggia’, de Salieri

Valladolid. Teatro Calderón. 3-V-2026. Cantantes de la cátedra de canto “Antonio Salieri”, de Viena. Coro de la Escuela de Arte de Valladolid. Dirección de escena: Alberto Trijueque. Dirección artístico-musical y de la edición crítica: Ernesto Monsalve. Joven Orquesta Sinfónica de Valladolid. Salieri: La bella selvaggia (estreno absoluto).
Ernesto Monsalve, director vallisoletano y autor de Salieri: el hombre que no mató a Mozart (Rialp, 2024) fue el artífice del estreno en dos representaciones de esta ópera bufa de Salieri compuesta en 1802 (el año del Testamento de Heiligenstadt, el año en que Beethoven comenzó a trabajar en su Eroica). Tras su estudio sobre el compositor, persiguió su afán por llevar a la escena la única de las óperas del autor que quedaba por estrenar. Quién hubiera dicho a Salieri que dicho acontecimiento tendría lugar más de dos siglos adelante en una ciudad del norte de España.
Como consecuencia directa de las guerras napoleónicas, en 1802 el ambiente no era propicio para la creación y producción de ópera en Viena y el autor vio posponerse el estreno en su día. Las cosas no mejoraron en años posteriores, tras las dos invasiones de la ciudad por parte de Napoleón (1805 y 1809). Cuando parecía que, con el Gran Corso en Santa Elena, la producción operística volvía a florecer en Austria, en París (1805), Spontini había puesto el listón muy alto; y desde Venecia y Bolonia comenzaron a llegar ecos rossinianos; Salieri consideró entonces que esta ópera bufa suya, basada en un libreto ligero de Giovanni Bertati, podía sonar anticuada. Aunque el autor aún vivió hasta 1825, no volvió a componer ópera. La bella Selvaggia quedó en un cajón y, posteriormente en un archivo de la Biblioteca Nacional de Austria, de donde Monsalve la ha desempolvado.
Desde el foso del precioso Teatro Calderón vallisoletano, la Joven Orquesta Sinfónica de Valladolid tuvo el privilegio de hacer sonar la obertura de esta ópera, que parece guardar un cierto parentesco rítmico con la de Cosa Rara (1786), de Martín y Soler, que, sin duda, Salieri debía recordar bien. En ella suenan destacables solos en el viento madera que, con la influencia de Cimarosa, parecen actuar de punto intermedio entre Mozart y Rossini. El esquema de la ópera es completamente clásico, con sus sucesiones de arias, recitativos, dúos y números de coro. Una soprano coloratura principal se encarga del papel de Zeda, la bella salvaje y, junto a ella, otros seis personajes de relevancia escalonada dan vida a un libreto de comedia, propio de los años dorados de Salieri en la corte vienesa. En una isla del Atlántico, desembarcan los descubridores españoles, que toman contacto amistoso con los indígenas. El amor surge instantáneamente entre una de las indias, Zeda, y don Alfonso. El problema viene cuando de ello se entera una de las damas españolas, doña Leonor, que se embarcó con la esperanza de desposarse con don Alfonso. Al tiempo, hay un nativo, Azaib, que también reclama a Zeda como su prometida. El acto primero finaliza con un llamativo y sonoro número de conjunto, en plena confusión, a la manera de la mayoría de las óperas bufas italianas.
Sirvan estas líneas no para realizar una crítica de la interpretación, sino, como es de justicia, enviar una felicitación a Ernesto Monsalve por poner en atriles esta ópera. Con la grabación realizada y la edición de la partitura, facilitará enormemente la labor de quien quiera venir después a interpretarla con mayor presupuesto y bajo el paraguas de una buena infraestructura operística general.
Enrique García Revilla
(fotos: facebook de Joven Orquesta Sinfónica de Valladolid)


