VALLADOLID / Cuando Fischer se arremanga, el Delibes se da un festín

Valladolid. Auditorio Miguel Delibes. 13-XI-2025. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Thierry Fischer. Obras de Coll, Wagner y Mahler.
El cuarto programa de temporada de la OSCyL se abrió con plantilla de cámara para interpretar el Idilio de Sigfrido. Catorce músicos, entre el quinteto de cuerda y el viento. Pudo chirriar un poco el hecho de que la mitad de ellos fuesen artistas invitados. Buena música. Fluye sola si simplemente se lee con tino. En manos de solistas excelentes funciona casi como un concertante para violín en esta versión íntima y navideña para Cosima. Es una preciosa partitura que, no obstante, no suele provocar el entusiasmo en el público y, visto el alto nivel de implicación de orquesta y director en la segunda parte del concierto, queda la duda sobre si se podría haber sacado más partido de ella.
La obra Hímnica, de Francisco Coll, compositor en residencia de la OSCyL, provocó un efecto potente de dramatismo y tragedia. A pesar de que el autor confiaba en crear belleza y esperanza, la intensidad al límite de su buena orquestación y de ese arco continuo que constituye la base de la construcción de la pieza, provocan más bien una intensa y angustiosa desazón. Sobre la perdurabilidad de esta obra, quizá podría ayudar un título menos neutro y más llamativo; piensen en lo bien que se recuerda, por ejemplo, Treno por las víctimas de Hiroshima, que también arranca con similar angustia en los arcos agudos.
Desde los primeros compases de la Sinfonía nº 1 de Mahler se evidenció un trabajo realizado a conciencia para construir un inicio cosmogónico lento y lleno de detalles, al que no le faltaron una lluvia de molestos asteroides en forma de rocosas toses. Compuesta a los 28 años, se alza con el premio a la mejor primera sinfonía de la historia ⸺siempre en disputa con Brahms (43 años) y Berlioz (26). Una fantástica labor de ensayo permitió una interpretación soberbia, en especial de los dos movimientos interiores, dos joyas llenas de originalidad y de chispa.
El segundo, en particular (marcado precisamente por el compositor con movimiento enérgico, pero no demasiado rápido), tuvo un arranque maravilloso, juguetón y enérgico en la forma de atacar el compás de tres por cuatro. Los detalles están siempre pulidos: la forma de finalizar las frases en diminuendo sin dejar de prestar atención a cada significado musical; y los fraseos, que siempre superan en interés y acierto a lo que uno espera. La OSCyL que más nos gusta es la que no ofrece música por inercia, sino aquella en la que se ve todo bien ensayado y cada frase, cada compás, tienen su propia intención. En el tercer movimiento, tan fantásticamente cuidado como el segundo, se vio relucir en la sala el carisma y la personalidad del director gracias al valor de lo inesperado y a su buen criterio. Y, sólo por mencionar algo del final con ímpetu tempestuoso, ahí quedaron los unísonos de puro terciopelo expresivo en los arcos, donde todos esbozamos la sonrisa al ver de qué manera disfrutaba el demiurgo Fischer ordenando a capricho los fraseos y los golpes de arco.
Siempre nos quedará Mahler, ese titán. Un Mahler que bien vale un concierto entero. Tanto es así, que me cuesta reconocer que Wagner lleva dos programas en que sale perdiendo (contra Rachmaninov y Mahler). Como cuestión mejorable: en ocasiones, los fortísimos de viento y percusión siguen tendiendo al triple forte y los pianissimi en varias secciones siguen tendiendo al piano, reduciendo de ese modo la claridad de planos e intervenciones temáticas.
Enrique García Revilla


