VALENCIA / Visiones de la emocionalidad

Valencia. Palau de Les Arts. 15-XII-2023. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Director: Gustavo Gimeno. Sibelius: Séptima sinfonía. Mahler: Primera sinfonía.
Nuevo triunfo, unánime y bien labrado, de Gustavo Gimeno en su tierra, que no es solo Valencia ni España. Maestro universal a ambos lados del Atlántico, el director valenciano ha vuelto al podio amigo de la Orquestra de la Comunitat con un programa que reflejaba y ponía ante el espejo las “emocionalidades” de dos sinfonías extremas: la última de Sibelius y la primera de Mahler. Poco más de tres décadas separan ambos monumentos, que el propio Gimeno, mahleriano de pro, curtido en el Concertgebouw y en la memoria de Mengelberg, considera “muy emocionales, aunque muy diferentes: Mahler es mucho más directo, o al menos nos habla de un modo mucho más directo que te engancha del estómago, mientras que Sibelius pertenece a una cultura, a un país y una naturaleza muy diferentes. Es otra manera de expresarse, otro lenguaje, otro temperamento”.
Este vínculo emocional, y las fuertes diferencias estéticas entre el bohemio y el finlandés, fueron claves de las visiones de la “emocionalidad” que, fiel a la partitura y a sus sentimientos más recónditos, expresó e hizo sentir Gimeno con el instrumento dúctil y formidable que es la Orquestra de la Comunitat Valenciana. En el Mahler de la Primera sinfonía, Gimeno recurrió a la inagotable fuente de colores, registros y sonoridades que brinda la centuria valenciana. Desde el impresionante pianísimo inicial, hasta la apoteosis final, con unos metales orgullos de sus opulentas sonoridades, se sucedieron y enfatizaron sin impostación los momentos más turbulentos, los episodios irónicos, los toques de humor o esos episodios tan maravillosamente líricos y verdaderamente bellos, emocionantes y misteriosos, en los que Mahler se torna tan intensamente lírico como Brahms o Schubert. En interpretación tan redonda y calibrada, es aventurado destacar tal o cuál intervención solista, tal o cual pasaje. Todo y todos fueron oro puro. Sirva como bandera de tan emocional y pulida interpretación, la clase y estilo con que el solista de contrabajos, Mihai Ichim, entonó el famoso solo del comienzo del tercer movimiento.
Antes, la Séptima de Sibelius, de 1924, encontró una versión inapelable. Clara, perfecta, avanzada y, al mismo tiempo, de palpable naturalidad. Ese mundo anclado en el pasado, pero que aquí, en esta sinfonía postrera y sin pausas, muestra destellos y claves inequívocamente novedosas, encontró certeras aristas y rasgos en una visión sin paños calientes. Valiente y sin remilgos. Emocional, abrasadora y extrema. En el fondo, no tan distante del Mahler temprano de su primera sinfonía. Aquí, todo es más escueto, sintético y resoluto. A flor de piel. De una tacada, sin movimientos ni concesiones. Retroalimentada en sus “emocionalidades” en carne viva. Arriesgada de tocar y quizá aún más compleja de escuchar. Pero no lo fue en Valencia, en la visión candente y taxativa de Gimeno y sus músicos sin fronteras de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Éxito total. Ya presagiado por un público que había agotado el espacioso aforo del Auditori del Palau de Les Arts. “Sold out”, como dicen los cursis. Vamos, que no cabía ni un alfiler.
Justo Romero
(fotos: Mikel Ponce)


