VALENCIA / Un Trovatore “de libro”

Valencia. Palau de les Arts. 8-XII-2024. Antonio Poli (Manrico), Olga Maslova (Leonora), Lucas Meachem (conde de Luna), Ekaterina Semenchuk (Azucena), etcétera. Cor de la Generalitat Valenciana. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Maurizio Benini. Director de escena: Alex Ollé. Verdi: Il trovatore
Volvió rejuvenecido y triunfador Il trovatore al Palau de Les Arts. Tras las funciones dirigidas en 2012, con un reparto estelar y la batuta en el foso de Zubin Mehta, y una escena olvidable y de hecho absolutamente olvidada de Gerardo Vera, ahora el guerrero gitano ha regresado al Cauce del Túria arropado en la referencial coproducción que Alex Ollé preparó para las óperas de Ámsterdam, París y Roma. Ha sido precisamente el excepcional trabajo escénico del codirector de La Fura dels Baus lo más remarcable de esta revisita, junto con la dirección musical de Maurizio Benini, que obtuvo colores, brío, luz, empaque, sugestión y el mejor idioma verdiano de una Orquesta de la Comunitat Valenciana que sonó como en sus mejores días de la mano de este maestro de maestros en el repertorio lírico italiano. Similar rango de excelencia alcanzó el Cor de la Generalitat en su fundamental cometido en esta ópera de tan sustantivo peso coral. El éxito, ante un abarrotado Palau de Les Arts en el que no cabía ni un alfiler, fue total. De público, pero también artístico.
Alex Ollé ha limpiado de polvo y paja el farragoso libreto de ll trovatore. Apoyado en una sutil y efectiva escenografía de Alfons Flores, realzada por la genial iluminación de Urs Schönebaum, el director barcelonés narra y clarifica con escueto detalle la enrevesada trama del libreto de Salvatore Cammarano, basado en el drama romántico El trovador, estrenado en Madrid, en 1836, por el dramaturgo chiclanero Antonio García Gutiérrez, quien centró la acción en Zaragoza “y en lugares cercanos a Castellor”. Ollé se mete en la piel en los personajes, se esencializa en ellos, y no se dispersa en confusas elucubraciones.
Ambienta la acción en plena Primera Guerra Mundial, con guerreros, gases letales y los avíos propios del momento, incluidos cascos, rifles y demás. Un espacio limpio, solo poblado por módulos cúbicos desplazados hábilmente en vertical, que, con la ayuda de la iluminación y el talento del director catalán, igual son tumbas, que seto, que almenas y lo que haga falta… Una genialidad escénica tan aguda y minuciosa como la de Robert Lepage en su Ring neoyorquino. Ollé firma, en definitiva, un trabajo escénicamente fascinante, al que no cabe pero, cargado de imágenes y sentidos. Inolvidable la escena congelada de “El duelo”, del “encontronazo” entre el Conde de Luna y Manrico, cada uno con sus respectivas huestes y la pobre Leonora en medio. Una foto fija en la que no se movió ni una mosca. Hace años, cuando el crítico se topaba estas imágenes congeladas en los grandes teatros centroeuropeos, nunca imaginó que en la mediterránea España se pudiera lograr tal perfección colectiva. Hoy, posiblemente, es más factible disfrutar aquí este ideal escénico que allende los Pirineos.

Si en el reparto de 2012 figuraban Maria Agresta, Jorge de León, Juan Jesús Rodríguez y la mezzo Ekaterina Semenchuk (Azucena), en esta ocasión el elenco, diezmado por bajas y cancelaciones de última hora, ha tenido nivel nítidamente inferior. De hecho la cantante triunfadora de esta función, la mezzo rusa Ekaterina Semenchuk, es la única que participó en aquellas representaciones dirigidas por Mehta. Como entonces, la Semenchuk, desde su poderosa personalidad y vocalidad, paisana de las de mezzos tan inolvidables como Arjípova, Obratzova o Borodina, volvió a impulsar de fuerza dramática, temperamento y carácter a la ardiente gitana vizcaína. Su aria del segundo acto, “Condotta ell´era in ceppi al suo destin tremendo…”, marcó el primer gran momento de la velada. A todos nos puso los pelos de punta en la conclusión de la ópera, con su imponente frase “Sei vendicata, o madre!”, dicha por ella con fuerza y desgarró que presagian el verista “Hanno ammazzato compare Turiddu!” de Cavalleria rusticana.
La soprano ucraniana Olga Maslova no recuerda, ni de lejos, la Leonora de Maria Agresta de 2012. Desde el primer momento, reveló no ubicarse en el personaje, con un “Tacea la notte placida” dubitativo, entrecortado y rácano de aliento, que presagiaba lo peor. Al final, se creció, superó el inquietante comienzo y pudo culminar la función sin sobresaltos e incluso con momentos notables, particularmente en el aria “D’amor sull’ ali rosee” y en el trío “Di geloso amor sprezzato”. El tenor viterbeño Antonio Poli, que ya defendió en Les Arts el modesto papel de Arturo en Lucia de Lammermoor (2010), ha retornado con un Manrico perfilado y bien cantado, de voz grata, pero corta de proyección y exenta del brío, empuje y arrojo que requiere el gitano guerrero. El gran momento de la Pira pasó casi inadvertido, sin pena ni gloria. Bonisolli, tan tenorísimo e italianísimo, lo hubiera crucificado
El barítono polaco Artur Ruciński canceló en el ultimísimo momento. Cantó casi recién bajado del avión su colega estadounidense Lucas Meachem, quien salvó con notabilidad situación y compromiso el personaje de conde de Luna. Voz importante y verdianamente gobernada, cuya fuerza y carácter contrastaba con la tibieza del Manrico de Poli. Notables más que correctos, con oficio y maneras Adolfo Corrado (Ferrando), Holly Brown (Ines) y Filipp Modestov (Ruiz).
Pero los genuinos triunfadores de esta noche de éxito y estreno han sido -además del ideal equipo escénico- coro, orquesta y Benini, que otorgo sabor verdiano, tradición y transparencia a una partitura y un género del que él es maestro de maestros. Cargó de pulso y énfasis las cabaletas y números de conjunto; mimó, matizó y realzó los grandes episodios melódicos, y otorgó al coro realce, presencia y brillo. En algunos momentos, el foso pudo eclipsar las voces, más por la brillante sonoridad del foso y la limitada proyección de algunas de las voces del desigual reparto. El estupendo “Coro de gitanos”, o el coro de soldados -“Or co’ dadi”- supusieron momentos álgidos de una función esencializada que, escénicamente, y pese a todos los avatares, hay que establecer entre lo mejor de lo mejor. De libro.
Justo Romero
(fotos: Palau de les Arts | Miguel Lorenzo)


