VALENCIA / Un ‘Orfeo’ de Monteverdi en carne y hueso

Valencia. Palau de les Arts. 23-II-2025. Valerio Contaldo (Orfeo), Mariana Flores (Euridice), Giuseppina Bridelli (Mensajera), Anna Reinhold (Proserpina/La Speranza), Andreas Wolf (Plutone), Salvo Vitale (Caronte), Alessandro Giangrande (Pastore/Apollo), Leandro Marziotte (Pastore), etcétera. Coro de Cámara de Namur. Cappella Mediterranea. Dirección musical: Leonardo García Alarcón. Monteverdi: Orfeo.
Orfeo, la “favola in musica” que Monteverdi da a conocer en Mantua en 1607, ha recalado en el Palau de Les Arts cuatro siglos después en una visión de alta inclinación dramática y finas calidades musicales. Semi-escenificada y desposeída de veleidades historicistas. Empeñada en fascinar y convertir sus mitológicos protagonistas, basados en Euridice, de Ottavio Rinuccini, en seres de carne y hueso. Como usted y yo. Responsable último de tan particular pero certera visión ha sido el director y organista argentino Leonardo García Alarcón (1976), quien se ha rodeado de un convincente elenco vocal, los mimbres sobresalientes de la Cappella Mediterranea (conjunto fundado por él mismo, en 2005) y el Coro de Cámara de Namur.
La eterna historia de amor de Orfeo y su difunta Euridice ha encandilado al público que la tarde del domingo abarrotó las 1.412 localidades de la Sala Principal del Palau de Les Arts para certificar la vigencia y actualidad de sentimientos y pasiones que se imponen sobre modas y novelerías. García Alarcón, autoridad irrebatible en estas lides, expandió la acción de la ópera a todo la sala, incluida la platea y hasta los palcos. Ello confirió un sentido espacial y envolvente que implicó al público en el curso escénico. Fue una versión vibrante y a flor de piel, leal a esa escritura “transparente, sencilla y sin adornos” de la que escribe Antonio Gómez Schneekloth en el –solo virtual– programa de mano. Cercana y por momentos –sobre todo en la encarnación de Orfeo, protagonizada por el tenor Valerio Contaldo– de indisimulados matices veristas. No es un despropósito: al fin y a la postre, Monterverdi y su música son tan esencialmente italianos como Leoncavallo, Cilea o Puccini.

García Alarcón, quien lleva toda la vida conviviendo con estos compases que él conoce como la palma de su mano, desde que los dirigiera en 2000 en el Teatro Colón de Buenos Aires, se vuelca con autoridad maestra en su cálida, incandescente, latina y rebosante de carácter en una recreación que acaso enrabiete a puristas ortodoxos, pero que destila vitalidad, frescura y un impulso popular que arraiga con su carácter genuino. El cerrar la triunfal tarde operística con la repetición de un pasaje con el concurso de las palmas del público, como si fuera el Concierto de Año Nuevo con la Marcha Radetzky, fue la rúbrica de esta expresa voluntad. Por no hablar de la formidable salida a bailar del reconocido concertino, el chileno Yves Ytier, quien violín en mano brincó como si fuera un cosaco danzando Kalinka con los Coros del Ejército Ruso en tiempos de Borís Alexandrov. ¡Genial!
En el abultado apartado vocal, destacaron todos. Especialmente el cálido y “verista” Orfeo de Contaldo; la Euridice de la soprano argentina Mariana Flores; la Proserpina (y “La Speranza”) de Anna Reinhold; la Mensajera de Giuseppina Bridelli; el Caronte de Salvo Vitale y el rotundo y potente Plutone del reconocido bajo alemán Andreas Wolf. Excepcional sin peros, la Cappella Mediterranea, cuyos solistas –todos sus miembros lo son– lucieron alta categoría y ese empaste sonoro y anímico tan distintivo de las mejores formaciones. También el Coro de Cámara de Namur, formación radicada en esta localidad belga, y de la que desde 2010 García Alarcón es director titular. Monteverdi se hubiera quedado con esta versión valenciana tan maravillado como el público que aplaudió y braveó hasta lo indecible su perpetua historia de amor.
Justo Romero
(foto: Mikel Ponce)


