VALENCIA / Trío de ases para ‘Roberto Devereux’

Valencia. Palau de les Arts. 4-VI-2025. Eleonora Buratto (Elisabetta), Silvia Tro Santafé (Sara), Ismael Jordi (Roberto Devereux), Lodovico Filippo Ravizza (Lord duca di Nottingham), Filipp Modestov (Lord Guglielmo Cecil), Irakli Pkhaladze (Sir Gualtiero Raleigh). Cor de la Generalitat Valenciana (director: Jordi Blanch). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Francesco Lanzillotta. Directora de escena: Jetske Mijnssen. Donizetti: Roberto Devereux.
Tres años después del estreno de Anna Bolena, el Palau de Les Arts ha culminado la ‘Trilogía Tudor’ de Donizetti con una función de Roberto Devereux en la que claramente se ha impuesto la música, la música belcantista del compositor bergamasco, sobre una escena inocua que a lo que más se parece es a la nada. Como en Anna Bolena (2022) y Maria Stuarda (2023), los pilares de la función han vuelto a ser la soprano mantuana Eleonora Buratto, la mezzo valenciana Silvia Tro y el tenor jerezano Ismael Jordi, tres universales ases de oro que han revalidado su categoría vocal y expresiva en estos ámbitos de tantas exigencias estilísticas y canoras.
Frente a los dos títulos anteriores, la directora de escena holandesa Jetske Mijnssen (1970) ambienta la acción en un espacio contemporáneo y neutro, exento de cualquier alarde o gesto, ajeno a lo que se cuenta y dice; muy pobremente iluminado y con un vestuario coetáneo que –como la escenografía– igual sirve para La Revoltosa que para Tosca o lo que se quiera. Idéntica insignificancia marca la párvula dirección actoral, un ir y venir sin ton ni son en un primer acto en el que el dormitorio de la Reina Elisabetta más parece el camarote de los hermanos Marx o el camarín de La Mariscala que la alcoba de toda una Tudor.
En el segundo acto, la cosa se pone solemne, grandilocuente y hasta con aires parsifalianos: el supuesto Parlamento inglés y sus Lores quedan ambientados en una escenografía tan pobre como gris en las que ellos, los Lores y cía, más parecen Caballeros del Grial congregados en una elíptica escenografía de Wieland Wagner. La confusa y anodina narración escénica en absoluto contribuye a explicar o encauzar lo que realmente ocurre. Un trabajo dramático, en definitiva, claramente inferior a los precedentes de Anna Bolena (2022) y Maria Stuarda (2023), firmados igualmente por Mijnssen, que cierra así a la baja el magno proyecto.
Como contraste, musicalmente la representación transcurrió en parámetros de considerable mayor envergadura. En la tónica de los dos anteriores títulos. Ganaron las féminas por goleada. Una vez más, Eleonora Buratto y Silvia Tro destilaron el tarro de las esencias belcantistas para brindar interpretaciones excepcionales vocal y estilísticamente. La Buratto –ataviada con un absurdo traje negro más propio de Bernarda Alba que de la hija de Enrique VIII– volvió a ser una Elisabetta de referencia, plena de expresión y armada en unos medios vocales que ella gobierna con evidente intuición y sabiduría.

Eleonora Buratto acaso sea hoy la Elisabetta ideal. Enamorada, atormentada, vengativa, humillada –aunque la boba dirección de escena la devalúa a enamorada histérica que, cabreada, arroja cojines contra la pared, se pone de pie sobre la cama como si quisiera bailar a lo Salome o ser Scarlett O’Hara en el final de Lo que el viento se llevó, o revolcándose por los suelos como en La parada de los monstruos–, arrogante y siempre con esa alcurnia vocal que rebasa la de cualquier corona o título. De hecho, aún más que Reina Elisabetta, en la escena de Les Arts ella –¡por sus propios méritos y por lo que antes hizo en Anna Bolena y Maria Stuarda!– se ha coronado ella misma como genuina reina del belcanto.
No anduvo a la zaga Silvia Tro, profeta en su tierra, estupenda de principio a fin en sus dúos con la Buratto, con Roberto Devereux (Ismael Jordi) y una potencia vocal y estilizada manera de decir desde la que habló de tú a tú a la Buratto, en una escena en la que ambas –Elisabetta y Sara; Sara y Elisabetta– han conreinado a sus anchas. Una y otra exuberante de talento, estilo, potencia, personalidad y tablas. Ismael Jordi, el “conde” en discordia, el Roberto Devereux que ama a Sara pero la Reina le ama a él, fue el tenor Ismael Jordi, con su sempiterna perfecta presencia escénica y una manera belcantista madurada y hoy en plenitud. Encontró su gran momento en el reto de la exigente y gran escena final, cuando ya anda con el cuello cerca del patíbulo. El pobre Duque de Nottingham fue defendido con convicción, clase y tablas por el barítono Lodovico Filippo Ravizza, quien a punto estuvo de convertir en póquer al trío vocal protagonista.
Tanta excelencia fue realzada por el otro estribo musical de la función, una Orquestra de la Comunitat Valenciana tan brillante, virtuosa y matizada como siempre. Volvió a lucir ese sonido, fulgor y empaste que tanto distingue a las óperas en Les Arts. En el podio, el maestro romano Francesco Lanzillotta (1977), que vuelve a la ópera valenciana tras su refinado trabajo en Il viaggio a Reims de Rossini que dirigió en marzo de 2020. En esta ocasión, insufló ritmo, pulso y aires donizzetianos en una concertación que calibró con pericia foso y escena, en un trabajo allanado por las vocalidades torrenciales de las dos grandes artistas que reinaban el escenario, capaces de no amedrentarse ni siquiera ante un foso tan resonante y esplendoroso como el que tenían a sus pies.
Quizá no en su mejor día el Cor de la Generalitat, preparado por su nuevo titular, Jordi Blanch, salió airoso y con corrección del brete. Como siempre que se asiste a una gran función belcantista, los forofos del género cerraron la noche a base de bravos y una sonora y larga ovación que debió sonar a gloria a sus protagonistas. No era para menos. Todo se templó hasta la indiferencia cuando irrumpió en los saludos Jetske Mijnssen. ¡Normal!
Justo Romero
(fotos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce)


