VALENCIA / ‘Tránsito’, el encuentro de dos genios, Aub y Torres

Valencia. Palau de les Arts (Teatre Martín i Soler). 23-V-2024. Isaac Galán, Carmen Artaza, María Miró, Toni Marsol, Pablo García López. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Jordi Francés. Director de escena: Carles Alfaro. Torres: Tránsito.
Ópera en carne viva. La nueva producción de Tránsito, la ópera compuesta por Jesús Torres (1965) a partir del desgarrado relato del mismo nombre de Max Aub (1903-1972), es un espectáculo redondo y absoluto; una ópera clave de la música española, además de una reflexión, sin paños calientes, del desgarro del exilio. Al encuentro de dos genios tan clarividentes como Max Aub y Jesús Torres se ha sumado el formidable montaje escénico, firmado por Carles Alfaro, y, musicalmente, por Jordi Francés, quien ya dirigió la producción presentada por el Teatro Real en mayo de 2021. Más que en los largos aplausos finales, el éxito del estreno quedó sellado por los íntimos segundos de silencio que los precedieron.
En esta ocasión, el Palau de Les Arts, aliado con el Teatro Colón de Buenos Aires y el Auditorio de Tenerife como coproductores, ha planteado un trabajo escénico que indaga con genio dramático y oportuno sentido plástico en los vericuetos hondos y dolorosos del exilio. Carles Alfaro y el escenógrafo Luis Crespo, en sintonía con Aub, otorgan universalidad al drama del destierro. Más allá de las heridas, sentimientos y reflexiones del protagonista Emilio -un español refugiado en México, que es en realidad alter ego del propio Max Aub-, y de la acción dramática, ambientada en México, en 1947, libreto y partitura expanden sin tiempo el asunto eterno e intolerable del exilio. Judíos, cristianos, españoles, gazatíes… La eterna canción, el eterno desastre.
El aragonés Jesús Torres (Zaragoza, 1965) se sumerge en la vida cruzada de Emilio, dos mujeres, dos continentes, dos vidas…, y crea una música tan descarnada y aguda como la escena, en la que suenan las pinturas negras de Goya y el Gernika de Picasso desde una perspectiva sensorial que abraza y se sumerge en la tragedia. La instrumentación, es verdaderamente fabulosa, con una plantilla reducida, más de ensemble que sinfónica, rica de colores y efectos, en la que la percusión y el acordeón -con el lujo de Iñaki Alberdi en el foso, integrado en los músicos soberanos de la Orquestra de la Comunitat Valenciana- son referencia. También la sonoridad del saxo, como pintoresco registro grave que reemplaza al fagot. La introducción y desenlace instrumentales de la ópera son momentos fascinantes de un pentagrama siempre de intenso sentido teatral. La Orquestra de la Comunitat Valenciana, gobernada con mano certera y experta en estas y otras lides por Jordi Francés, fue modelo de ductilidad y empaque sonoro. Un lujo.

La escritura vocal de Torres se revela desde luego más cercana a Schoenberg que a Puccini, pero, sobre todo, a sí mismo. En su primera ópera, el creador de Tres Pinturas Velazqueñas impone un consustancial sentido dramático. Sale airoso del reto de musicar un texto de naturaleza coloquial, en el que, como explica él mismo, “el trazado melódico de las voces está íntimamente ligado a la fonética de nuestra lengua y esto, en consecuencia, provoca que toda la orquesta esté impregnada de esa calidez melódica y armónica”. El elenco vocal se mostró ideal. El barítono Isaac Galán -maño como Torres- borda un papel plagado exigencias musicales y escénicas. Otorga credibilidad y desgarro a Emilio y a su drama entre dos orillas, dos mujeres, dos familias, una vida que el mañana es nunca…
La mezzo Carmen Artaza (Tránsito, su compañera mexicana) y la soprano María Miró (la esposa que se queda en España, con los hijos y la tenebrosidad de la posguerra; de negro riguroso, a lo Bernarda Alba) fueron también pilares del reparto vocal, en el que brillaron no menos el barítono Toni Marsol (Alfredo) y el tenor Pablo García López, ideal musical y físicamente como Pedro, el hijo de Emilio, convertido en maqui que desde el interior sigue los ideales del padre ausente. La escena final, con su muerte en brazos de Tránsito, fue el alarido último de los ochenta minutos en un acto de esta ópera maestra y ya imprescindible en el repertorio grande de la mejor música de España. El largo y oscuro silencio que siguió al callado final reveló que el sufrimiento de Emilio, Max Aub y tantos millones y millones de exiliados de todas y a toda partes sigue tan vigente como siempre, como desde que Adán y Eva fueran exiliados del “Paraíso Terrenal”.
Justo Romero
(fotos: Miguel Lorenzo / Mikel Ponce)


