VALENCIA / Samuel Mariño, artista de pies a cabeza

Valencia. Palau de Les Arts. 15-V-2025. Samuel Mariño (sopranista). Concerto de’ Cavalieri (Enrico Casazza, violín; Aldo Mata, violonchelo; Marco Silvi, clave). Obras de Vivaldi, Veracini, Haendel y Alessandro Scarlatti.
Samuel Mariño, el “sopranista” venezolano (Caracas, 1993) que se ha encaramado con rapidez entre los fenómenos vocales más mediáticos de los últimos años, es, además, artista de pies a cabeza. Desde su agudísima voz, afinada con inusitada perfección y emitida con agilidad y naturalidad, se instala en la entraña expresiva de un repertorio -en esta ocasión Vivaldi y Haendel- que adora y que hace adorar al espectador, por la pasión, el fervor y la sinceridad que transmite El jueves, en su debut en el Palau de Les Arts, se reivindicó a sí mismo y no dudó en agradecer al público, entre aplausos, bravos y algún que otro piropo, “el dejarme ser como soy, quererme tal como soy”. Lo dijo embutido primero en un largo y elegante vestido que le estilizaba hasta los tobillos, y luego, tras la pausa, con taconazos de vedete y un pantalón casi a lo Salomé en Vivo cantando; siempre desde su voz más que atiplada y esa sinceridad y manera de ser que transmite, contagia y seduce. Es un fenómeno. Quizá un fenómene…
Pero todo esto no sería nada, o simplemente puro chascarrillo o “casquería” frivolona, si sobre esta manera de ser y sentir no se agazapase un artista total: estilizado vocalmente, cargado de talento y de una calidez que seduce en cada nota y palabra. Mariño canta y siente con criterio y conocimiento, y hace teatro en cada una de las arias de un programa pergeñado con sentido fino y aguda inteligencia, articulado en torno a la idea del delirio amoroso. Un recorrido en primera persona por la felicidad y la infelicidad del amor y el desamor. “¿Quién no se ha sentido alguna vez abandonada?, ¿ustedes no? yo, desde luego, ¡sí!”. Y entonó la cantata Armida abbandonata, de Haendel, con veracidad y dolores salidos del alma herida. Y todos lo vivieron y sintieron. Genio y figura.

Luego llegó el aria “Mi stringerai sí, sí, non partirai”, de la cantata Lungi dal vago volto, de Vivaldi, donde hizo lucir voz y música con los ágiles gorgoritos imitativos junto con el violín, y, para concluir el recital, la célebre aria “Myself I shall adore”, de la ópera Semele, de Haendel, preludiada por palabras en las que el artista resaltó la importancia de “quererse a sí mismo”. “¿Cómo vamos a querer a los demás si no nos quisiéramos a nosotros mismos?”. Y cantó un Haendel impecable, sobrio y efusivo a un tiempo, con una vocalidad ligera y cálida cuyo único pero acaso sea la uniformidad del registro y la cortedad de colores y resonancias armónicas.
Durante todo el recital -a sala llena hasta la bandera- contó con la complicidad de los tres integrantes del conjunto Concerto de’ Cavalieri: el violinista Enrico Casazza (quien tocó con maestría la Sonata para violín de Francesco Maria Veracini); el violonchelista Aldo Mata (estupendo en la Sonata para violonchelo en Re menor de Alessando Scarlatti), y el clavecinista Marco Silvi, base y apoyo fundamental tanto del solista como de sus dos colegas instrumentistas. Samuel Mariño cosechó un éxito inapelable, rotundo y bien labrado. Le dijeron guapo y guapa. Un espectador hasta le regaló un ramo de flores, alla rusa. Uno le imagina como pizpireta Despina. ¡A ver!
Justo Romero
Foto: Mikel Ponce


