VALENCIA / Orquesta de Valencia: sin el ‘jeribeque’

Valencia. Palau de la Música. 1-III-2024. Antoine Tamestit (viola). Orquesta de Valencia. Director: Alexander Liebreich. Obras de Gubaidulina y Falla.
Decía Luis Izquierdo, baluarte y dinamizador durante tantos años de la contemporaneidad musical en Sevilla, que para dirigir El sombrero de tres picos como Dios manda hace falta el “jeribeque”. En aquella Sevilla del último tercio del siglo XX nadie sabía qué diablos era aquello. Pero todos lo entendíamos. “¡Cómo se va a dirigir la farruca o la jota sin el jeribeque!”. Pues esto precisamente, el jeribeque, que la RAE define como “guiño, visaje, contorsión”, es precisamente lo que le faltó a la versión completa que del ballet de Manuel de Falla planteó Alexander Liebreich con la Orquestra de Valencia y el concurso solista en las dos cancioncillas de la soprano siempre creciente Carmen Romeu.
Liebreich, maestro de valiosos quilates e intachable oficio, anda fascinado con la música del gaditano. Ya hizo las Noches con Perianes y la próxima temporada dirigirá La vida breve. La levedad de las seguidillas de la Danza de los vecinos, la fastuosa brillantez de la Jota, el ritmo entrecortado de la Danza del Corregidor, el impulso de la Farruca (soberbio solo de corno inglés de la solista invitada) o el canto demasiado presente en la introducción (el “Casadita, casadita, cierra con tranca la puerta” parecía más un aria de concierto que la leve cancioncilla que es) fueron señas de este Sombrero bienintencionado y notable, pero también sobrado de énfasis en unas “palmas” y “olés” que parecían más de Benidorm que del “folclore imaginado”. Un Falla, en definitiva, que se enriquecerá cuando adquiera solera y jeribeque. También cuando se impregne de los Arbós, Argenta, Frühbeck, García Navarro…, o, ya en plan más internacional, de Ansermet, Giulini, Ozawa…
Lo verdaderamente grande de este nuevo concierto de abono de la Orquestra de Valencia ocurrió en la primera parte del programa, en la que Antoine Tamestit (París, 1979) revivió con penetrante emoción y el mejor virtuosismo el magistral Concierto para viola y orquesta de Sofia Gubaidulina, estrenado en abril de 1997 por Yuri Bashmet y la Sinfónica de Chicago. Maravillosamente acompañado por Alexander Liebreich y una Orquestra de Valencia cargada de complicidad, disposición y recursos, el actual artista en residencia de la Orquestra de València otorgó sentido y realce a la “dimensión espiritual” de la que escribe Joan Cerveró en las notas al programa, y que tanto vincula a ambos compositores –a la rusa y al gaditano; a Gubaidulina y Falla–. Desde el largo y expresivo recitativo inicial de la viola, hasta el final en la misma línea, se sucedieron un sinfín de emociones, efectos, sonoridades, estados de ánimo. Falla, tan espiritual y avanzado, que murió cuando la hoy “vieja abuela” –Tamestit dixit– Gubaidulina acababa de cumplir los quince años, hubiera aplaudido con el mismo fervor que lo hizo el público que el viernes casi llenó la espaciosa Sala Iturbi del Palau de la Música.
Justo Romero
(foto: Live Music Valencia)


