VALENCIA / Orgía escénica

VALENCIA / Orgía escénica

Valencia. Palau de les Arts. 29-II-2020. Rossini, Il viaggio a Reims. Mariangela Sicilia. Albina Shagimuratova. Ruth Iniesta. Ruzil Gatin. Sergey Romanovsky, Misha Kiria. Coro de la Generalitat Valenciana. Orquesta de la Comunidad Valenciana. Director musical: Francesco Lanzillotta. Director de escena: Damiano Michieletto.

Michieletto impone su poderosa impronta creativa sobre Rossini y lo que tenga por delante. Quien es ya uno de los grandes nombres de la dirección de escena contemporánea, nacido en Venecia en 1975, ha sido protagonista y artífice del muy merecido éxito que ha cosechado Il viaggio a Reims en su desembarco en el Palau de les Arts. La que es una de las óperas más complejas y exigentes de Rossini, con un reparto que incluye nada menos que catorce cantantes protagonistas, nacida en 1825, en el marco de las festividades en torno a la coronación del rey Carlos X de Francia, ha llegado a la capital del Turia convertida en una orgía escénica en la que, sobre el delirante libreto de Luigi Balocchi e incluso sobre la música ocurrente de Rossini, se ha impuesto el ‘canto a la pintura’ que Michieletto inventa en su genial juego de realidad y ficción.

El montaje, procedente de la Ópera Nacional de Holanda, y que ya ha sido aplaudido en Copenhague, Roma, Melbourne y, estos mismos días, en el Bolshoi de Moscú, derrocha imaginación, sensibilidad, dominio teatral y exquisito gusto. La acción transforma el original balneario El Lirio de Oro —guiño al símbolo de la monarquía francesa— en la moderna galería de arte Golden Lilium. La dueña del viejo balneario —la marimandona Madame Cortese— es trasformada en estricta comisaria de la moderna galería de arte. Y así, todos y cada uno de los personajes, que quedan enmarcados en un trabajo redondo que es un homenaje, hermoso y brillante, a la pintura y al surrealismo. Seres que entran y salen del lienzo a la vida real y viceversa. Como ocurre con el famoso cuadro de la coronación de Carlos X de Francia, pintado por François Gérard en 1827, con cuya reproducción en vivo, con personajes reales, concluye la ópera, es de un efecto plástico y sensorial excepcional.

El cuadro inspira el particular canto a la pintura de Michieletto. Un homenaje en el que los personajes de Velázquez, Goya (Duquesa de Alba con perrito incluido), Magritte, Picasso Botero y algunos otros reviven en un hábil reflejo en el que ficción y realidad se entrecruzan, abrazan y transfiguran. Los estrafalarios personajes –más michielettianos que rossinianos- deambulan en un mundo onírico talentosamente gestionado, apoyado en una meticulosa escenografía de Paolo Fantin tan deslumbrante como el vestuario de Carla Teti y la certera iluminación de Alessandro Carletti. Las figuras de los cuadros, y sus réplicas carnales componen imágenes de sugerente belleza plástica. Como la marmórea escultura de carne y hueso de las tres musas, que cobran vida y movimiento para salir quedamente de su vitrina museística.

La apoteosis final llega con la lenta conformación del cuadro de la coronación de Gérard, en la que el ralentizado, casi congelado, movimiento escénico, con los personajes desplazándose hasta conformar su posición final en el cuadro, es, además de una exhibición de sofisticado virtuosismo escénico, un alarde de sensibilidad, buen gusto y belleza. También de adecuación a la maravillosa música de Rossini, cantada en este final prodigioso por la valiosa Corinna de Mariangela Sicilia.

En el abultado apartado vocal destacaron, junto con la citada Corinna de Mariangela Sicilia; la bien dispuesta Madame Cortese de Ruth Iniesta; la Marchesa Melibea de Marina Viotti (hermana del director de orquesta de moda Lorenzo Viotti), y el Lord Sidney del bajo rumano Adrian Sâmpetrean. No brillaron en los exigentes agudos ni la soprano Albina Shagimuratova (Contessa di Folleville) ni los tenores Ruzil Gatin (un nada refinado Cavaliere Belfiore) y Sergey Romanovsky (Conte Libenskof). Tampoco el bajo Misha Kiria supo sacar jugo ni vis cómica a las muchas posibilidades que brinda el delirante personaje de Don Profondo, convertido por obra y arte de Michieletto en subastador de obras de arte. Ni una sonrisa arrancó de la platea en la políglota aria Io! Don Profondo.

En el foso, la dirección musical de Francesco Lanzillotta estuvo corta de aliento, brío, fantasía, ironía, magia, alegría y elegancia en ese mundo de crescendos y diminuendos, plagado de tensiones y distensiones, tan característico del Rossini ‘giocoso’ que tan bien entendía el maestro Alberto Zedda. Su correcto y atento trabajo apenas se limitó a concertar —no siempre con acierto preciso— el vivo y desnudo entramado sinfónico vocal de una ópera cargada de concertantes y delicados números de conjunto, en la que, además, el peso sinfónico es esencial. La Orquestra de la Comunitat Valenciana sonó tan notablemente como el Cor de la Generalitat, que una vez más hizo alarde de su condición puntera en el panorama español. La calidad instrumental y vocal de la función se sintetiza en la fabulosa prestación de un arpa coprotagonista —sensacional toda la noche, y especialmente en el gran Improvviso final de Corinna— que parecía más llegada del cielo que del foso. Inolvidable.

(Fotos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce – Palau de les Arts)