VALENCIA / Mussorgski y Ravel golean al pobre Beethoven

València. Palau de la Música. 23-V-2025. Rudolf Buchbinder, piano. Orquesta de València. Pinchas Steinberg, director. Obras de Beethoven y Mussorgski-Ravel.
Recrear la genialidad de Ravel al orquestar los pianísticos Cuadros de una exposición de Mussorgski exige altas dosis de virtuosismo instrumental y un maestro que ponga en pie el suntuoso retablo sinfónico, tan pleno de colores, matices, novedades y registros. El israelí Pinchas Steinberg (1945), batuta avezada en mil repertorios y batallas, administró con pericia las fuerzas, tensiones y ambientes que se suceden en la “exposición” pictórica que inspiró a Mussorgski y tan maravillosamente repintó el francés, al mando de una Orquestra de València que no ha desaprovechado la ocasión para volver a hacer gala de su buen momento técnico, humano y artístico. El concierto tenía que haber sido dirigido por Miguel Ángel Gómez Martínez, titular de la Orquestra de València entre 1997 y 2004, quien falleció inesperadamente el pasado 4 de agosto. El Palau de la Música ha tenido el buen gusto de dedicárselo como homenaje de afecto y reconocimiento.
Steinberg dejó respirar y transpirar el caudal sinfónico desde unos tempi naturales y nada presurosos, que permitían regodear y poner al descubierto detalles y matices. Así, cada “paseo” entre los diferentes números se percibió bocanada fresca y siempre nueva, alentadora de cada nuevo episodio sin por ello fracturar la unitaria globalidad de la arquitectura narrativa. El trabajo concienzudo y riguroso del maestro israelí resultó decisivo en la hechura de esta versión que rozó lo sobresaliente, con plausibles prestaciones solistas y de conjunto.
Estupendo solo de saxofón, como el trompeta toda la noche, o la flauta solista y unos trombones que sonaron unitarios y con afinada corporeidad. Espléndidos los timbales y la percusión, las trompas y una cuerda rejuvenecida y cargada de nervio y de ganas, con su estupendo concertino, Enrique Palomares, al frente. Lástima que el gran y grave solo de “Bydlo” no encontrara precisamente su mejor día. Pelillos a la mar en una interpretación en su conjunto de finos quilates, brillante y valientemente planteada, en la que todos -maestro e instrumentistas- pusieron la carne en el asador, como se evidenció en una “Gran Puerta de Kíev” plena de suntuosidad raveliana y empaque sinfónico.

La otra cara de la moneda se soportó antes, en la primera parte del programa, en una pesante y pesada versión del Segundo concierto para piano -el primero cronológicamente- de Beethoven desechable desde todas las perspectivas. Rudolf Buchbinder, reconocido beethoveniano desde sus tiempos de formación en Viena, con Bruno Seidlhofer, acusa el paso del tiempo, y a punto de cumplir 79 años (los cumplirá el próximo 1 de diciembre) sus interpretaciones han perdido calidad pianística y cariz expresivo, como si hubiera caído en la rutina de la inercia del tiempo y de lo mil veces hecho. No es que fuera un Beethoven antiguo -que lo fue, y mucho-, sino desprovisto de detalles, matices, estilo y relieve. El segundo movimiento no tuvo nada de “Adagio” y mucho de un imaginario “Andantino graciosillo” que no entonaba ni con cola con la naturaleza de este movimiento que en otras ocasiones acaricia el paraíso. Para colmo, Steinberg -cabe imaginar que con el acuerdo de Buchbinder- recurrió para este temprano concierto aún cargado de reminiscencias mozartianas, a un a todas luces excesivo dispositivo de cuerdas (14-12-10-8-6) absolutamente brahmserizado, más propio de una sinfonía de Bruckner que de un concierto más cerca del clasicismo que del inminente romanticismo.
Con todo, Buchbinder recogió aplausos y algún que otro bravo desde una Sala Iturbi -1790 localidades- repleta hasta la bandera. Se animó con tan calurosa respuesta y tuvo aún el cuajo de regalar una propina, precisamente la misma que tocó hace dos años: la paráfrasis Soirée de Vienne, de Johann Strauss, que se escuchó distante de su conocida y lejana grabación en Deutsche Grammophon, dicha ahora con la misma sosería que su desaborido Beethoven. Al final de la tarde primaveral, con el sol del atardecer aún en el horizonte, en el Parc del Túria solo quedaba el recuerdo fastuoso de los Cuadros y el entrañable de Miguel Ángel Gómez Martínez y sus cosas. De la mano, Mussorgski y Ravel acababan de golear al pobre Beethoven.
Justo Romero


