VALENCIA / Mark Elder llena de color la ‘Turandot’ de Puccini

Valencia. Palau de les Arts. 03-VI-2026. Ekaterina Semenchuk, Liang Li, Gregory Kunde, Carolina López Moreno, Jan Antem, Pablo García-López, Mikeldi Atxalandabaso, Josep Fadó, Agshin khudaverdiyev. Cor Veus Juntes. Escolanía Virgen Desamparados. Cor de la Generalitat. Orquesta de la Comunitat Valenciana. Dirección de escena: Àlex Ollé. Dirección musical: Mark Elder. Puccini: Turandot.
El Palau de les Arts cerraba su temporada con Turandot, un título que en el joven teatro valenciano tiene ya una cierta historia de peso. Zubin Mehta, un auténtico referente en esa ópera, la dirigió dos veces; la segunda supuso su despedida del teatro en 2014. Pero también Lorin Maazel condujo la obra en 2009, firmando una interpretación para el recuerdo. Ahora llega el turno de Mark Elder, actual titular del teatro. El maestro británico ya dirigió una celebrada versión en el Covent Garden en 2005, y ahora presenta su personal y, en ciertos sentidos, heterodoxa visión en Valencia. Asimismo, la puesta en escena clásica de Chen Kaige (repuesta hasta cuatro veces) ha sido sustituida por la más moderna de Àlex Ollé, marcando una diferencia significativa con las ocasiones precedentes.
El maestro Elder impuso unos tempi más bien dilatados, aunque sin exceso. Eso sí, lejos de dejarse llevar por el hedonismo melódico, se preocupó por destacar cada detalle de la partitura con precisión quirúrgica. Con ello, consigue mostrar que la obra, lejos del conservadurismo que a veces se le achaca, está llena de hallazgos tímbricos y sonoridades genuinas del siglo XX. Ahí queda, por ejemplo, esas intervenciones de la celesta, tan a menudo imperceptibles y que aquí aportan un evocador efecto; incluso en momentos tan célebres como “Nessun dorma” el maestro consiguió que, con ese tratamiento del timbre, el aria sonase novedosa. Tras ciertas imprecisiones iniciales, la Orquesta de la Comunitat volvió a lucir la calidad que la caracteriza y que supone la marca del Palau de les Arts. En esta ocasión, además, cumpliendo los requisitos de la banda interna logrando así una impresionante sonoridad. A ello hay que unir la calidad de los coros, tanto los coros infantiles Veus Juntes y la Escolanía de la Virgen de los Desamparados, como el Cor de la Generalitat.

La producción de Àlex Ollé sitúa la acción en lo que parece un baori indio; sinceramente, no sé si este tipo de espacios existen en China, yo no me lo he encontrado cuando he estado en el país. El caso es que Ollé juega con la geometría de las escaleras para distribuir a cantantes y figurantes por un espacio vertical. El resultado es escénicamente impactante, al menos al inicio. Conceptualmente, la puesta en escena presenta a todos los personajes como en un submundo al que descienden, como dioses, el emperador Altoum y la princesa Turandot. Al final de la ópera la princesa se suicida, como ya ocurría en la célebre puesta de escena de Núria Espert para el Liceu. Se entiende aquí que la muerte es la única salida a un “dios” que no puede dejar de serlo y, a la vez, se sugiere que su muerte puede ser un principio de emancipación para los habitantes de ese submundo. Por lo demás, los movimientos escénicos a menudo caen en estereotipos e, incluso, se recurre los manidos confetis en el coro final. Ollé no dirigió esta reposición que corrió a cargo de Anna Ponces.
El reparto estaba encabezado por Ekaterina Semenchuk en el rol principal. La mezzo es una habitual en el teatro desde los tiempos de Mehta. Aquí afrontaba un papel de soprano dramática que la aleja de su repertorio natural. La cantante convenció por la calidad del timbre en el centro, de emisión redonda, timbrada y cálida, de forma que pudo ofrecer toda una serie de matices expresivos. Ahora bien, no posee la facilidad para el agudo de una soprano de naturaleza y en esa parte del registro la voz no corría con la misma facilidad. Con todo, mejor su canto, rico en matices, que el de tantas sopranos que llenan este rol de estridencias. Gregory Kunde volvía a Les Arts tras ocho años de ausencia. El tenor fue habitual en el teatro tanto en la época de Mehta como bajo la dirección artística de Livermore. A sus 72 años impresiona que pueda ofrecer un Calaf de esa calidad. La voz sigue corriendo con facilidad y no tiene problemas al afrontar los agudos, incluyendo el do opcional del acto segundo. A ello hay que unir esa elegancia en el fraseo que le ha acompañado toda la carrera.
Carolina López Moreno debutaba en el teatro y lo hizo con un éxito clamoroso. Su voz carnosa, aterciopelada y generosa hace de ella una de las mejores voces puccinianas en décadas. Su Liú fue de una arrolladora intensidad canora afrontando todas las dificultades, incluyendo los exigente pianissimi (particularmente en el acto tercero), con una emisión cubierta y bien articulada. Liang Li como Timur convenció gracias a su sólida voz de bajo y su fácil emisión. Como viene siendo habitual en Les Arts, tampoco hubo fisuras en los comprimarios. El trío de ministros compuesto por Pablo García-López, Mikeldi Atxalandabaso y Jan Antem demostraron comicidad sin histrionismo. Josep Fadó ofreció una adecuada interpretación de Altoum y Agshin Khudaverdiyev tuvo sobrada autoridad en sus dos intervenciones del Mandarín.
César Rus
(fotos: Miguel Lorenzo-Mikel Ponce)

