VALENCIA / Lisa Batiashvili, cuando la iluminación se impone sobre el deslumbre

Valencia. Palau de la Música. 13-III-2025. Lisa Batiashvili, violín. Orquesta de Valencia. Alexander Liebreich. Obras de Szymanowski, Schnittke y Bartók.
Llegó Lisa Batiashvili (Tiflis, 1979) al Palau de la Música de Valencia con esa manera de tocar y animar la música tan característica de su violinismo sin parangón en el mapa contemporáneo. Artista de otra galaxia. Como Sokolov y algunos otros poquitos. Más que deslumbrar con su perfección sin circo, ella ilumina la música para trasladarla en su más genuina verdad al escuchante. Fascinó así con una versión del Concierto número 1 para violín y orquesta de Schnittke en la que se impuso la sustancia expresiva de la obra de arte sobre la cáscara imprescindible y brillante del virtuosismo que la sirve. Fue una referencia. Un ideal. Verdad, emoción y perfección desde una manera de tocar y sentir que rezuma pureza, tradición y estilos.
Contó la violinista -estúpido sería el término “diva”- georgiana con la complicidad sobresaliente de Alexander Liebreich en una versión en la que prescindió del segundo movimiento: un Presto que el propio Schnittke expresó la opción de suprimirlo. La Orquesta de València, iluminada por el caudal de emociones y sensaciones que desprendía la solista, hizo gala del buen momento que atraviesa desde la llegada del director bávaro a la titularidad. La estupenda intervención del contrabajista Francisco Roche en el comprometido solo que incluye el último movimiento resume el buen papel del conjunto en esta obra rica en detalles, matices y colores instrumentales.

El programa, de evidente envergadura artística e interpretativa, se había inaugurado con la straussiana y joven Obertura de concierto de Szymanowski, dieciséis minutos de brillante y opulenta orquestación nacidos cuando el compositor rozaba los 23 años y que en absoluto refleja la originalidad de su lenguaje. A destacar el estupendamente defendido solo de viola, a cargo de Pilar Marín. Luego, tras la pausa, llegó en este programa tan rotundamente enmarcado en el siglo XX, el Concierto para orquesta de Bartók, obra maestra que la Orquestra de València ha programado con desiguales resultados en numerosas ocasiones. Liebreich, acaso presionado por las exigencias del programa y los pocos ensayos, se mostró toda la noche más agitado y menos templado que de costumbre. Maestro rodado y a prueba de bomba, logró cuajar, en cualquier caso, una lectura nerviosa e incandescente, por momentos crispada. En cualquier caso, se disfrutó una versión en todos los sentidos a años luz de la ofrecida por la misma orquesta en los tiempos del bien olvidado Ramón Tebar. Fuera, al salir, ya oscurecido, olía a pólvora y estrépito. ¡Fallas! Pero el recuerdo de las iluminaciones de Lisa Batiashvili resplandecía en la noche valenciana con más persuasión que los resplandores falleros.
Justo Romero


