VALENCIA / Liebreich, “profundamente tocado” por la Quinta de Mahler

Valencia. Palau de la Música. 12-I-2024. Orquesta de Valencia. Director: Alexander Liebreich. Mahler: Quinta sinfonía.
“Profundamente tocado en el corazón”, publicó Alexander Liebreich en sus redes sociales minutos después de concluir, el viernes, en su particular versión de la Quinta sinfonía de Mahler al frente de la Orquestra de Valencia, de la que es titular desde 2022. Se nota y se siente que el director bávaro (Ratisbona, 1968) adora estos compases, nacidos próximos a su “espacio vital anímico”. Acaso haya sido esta cercanía, esta ascendencia natural, precisamente el punto determinante de una interpretación notable a todas luces, la mejor y más “profundamente tocada” de las escuchadas a la Orquesta de Valencia, que ha frecuentado estos compases con maestros como Moshe Atzmon, Yaron Traub o Hartmut Haenchen. También desigual, con momentos de alta intensidad que contrastan con otros en los que se nota en demasía los puntos vulnerables de una orquesta que, en cualquier caso, cuajó una versión brillante y, desde luego, digna de la gran ovación que le brindó el público que abarrotó –no cabía ni un alfiler más– la espaciosa Sala Iturbi del Palau de la Música.
Liebreich no se anda con elucubraciones ni filosofías en su natural entendimiento mahleriano. Se sumerge en él, y lo materializa como le sale del alma. Tiene criterio y cercanía. También los medios para trasladar a sus músicos y al público su idea, cargada de propiedad y autoridad. En ocasiones, los momentos culminantes aparecen desposeídos de la previsible y acostumbrada grandiosidad –ya se notó desde el solo inicial de la trompeta–, mientras que en otras, surgen enfatizados detalles normalmente inadvertidos. Versión calma y bien narrada, que rompe clichés y tiene la jerarquía de su propiedad personalizada. Liebreich, maestro de cualidades inapelables y medios de indudable solera, ha tenido así el arrojo de, sin salirse jamás de la órbita mahleriana, hacer su singular versión y no repetir –como tantas veces ocurre– tal o cual referencia.
Una versión que dejó fluir la música, sin precipitación y con los justos aspavientos. Calibrada con criterio y pasiones que sí estallaron en el apoteósico final, cuya fuga y coral Liebreich administró con templada maestría. Fue el colofón de una interpretación en la que, pese a concretos pasajes poco pulidos en las cuerdas, o ciertas intervenciones solistas no muy afortunadas en determinado instrumento de viento-madera, la Orquesta de Valencia hizo gala de su buen momento. Se sucedieron intervenciones solistas de altura, como las del trompeta Raúl Junquera, estupendo toda la noche; la trompa certera y formidable de María Rubio (que tocó de pie todo el Scherzo; quizá el movimiento mejor perfilado y entonado de los cinco); el arpa nítidamente expresiva de Luisa Domingo en el viscontiano Adagietto; el fagot de Ignacio Soler, o, en fin, los timbales esenciales y precisos de Javier Eguillor. A todos ellos los levantó y felicitó Liebreich calurosamente al final del concierto. También al tuba, David Llácer, al trombón solista Rubén Toribio y al resto de solistas, particularmente al concertino Enrique Palomares, bien empeñado en su labor de brazo derecho y puente entre maestro y orquesta. Definitivamente, una Quinta de Mahler tocada directamente desde el corazón y dirigida desde la autoridad que desprende el verdadero maestro. ¡Chapó!
Justo Romero
(fotos: Live Music Valencia)


