VALENCIA / Les Arts: un arrollador y espectacular ‘Faust’ para la apertura de temporada

Valencia. Palau de Les Arts. 3-X-2025. Iván Ayón-Rivas (Faust), Alex Esposito (Méphistophélès), Ruth Iniesta (Marguerite), Florian Sempey (Valentin), Bryan Sala (Wagner), Ekaterine Buachidze (Siebel), Gemma Coma-Alabert (Marthe). Cor de la Generalitat Valenciana. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Lorenzo Viotti, dirección musical. Johannes Erath, dirección de escena. Gounod: Faust.
El Faust de Gounod ha inaugurado la temporada 25-26 de Les Arts de Valencia con un muy buen elenco vocal y una nueva producción espectacular y deslumbrante en colaboración con el Teatro alla Scala, el Teatro Real y el Staatsoper Unter den Linden de Berlín. Una puesta en escena y una escenografía que darán mucho que hablar y en las que uno de los principales resortes dramáticos de esta ópera, que es la importancia de lo fantástico, se pone muy particularmente de relieve en un despliegue visual continuo.
Según confiesa Gounod en sus memorias, la obra de Goethe era su lectura preferida durante su estancia en la Villa Médicis, en torno a 1839 y parece que ya entonces esbozó algunas ideas. Por tanto, hablamos de una larga gestación que no llegó hasta su plasmación sobre las tablas el 19 de marzo de 1859, cuando, tras una serie de vicisitudes ligadas a la competencia escénica con un teatro de bulevar –el de la Porte Saint-Martin, que escenificaba otro Fausto con gran lujo– fue el Théâtre-Lyrique quien por fin estrenó la que se convertiría en la obra más representada por todo el mundo en la segunda mitad del XIX. Hay que señalar que ese primer Faust contaba con cinco actos y diálogos hablados, una forma francamente inusual porque, por la cuestión de las partes habladas se acerca más a la opéra-comique, mientras que por su extensión y también por la nomenclatura de “opéra” que mantuvo siempre Gounod, se corresponde mucho más con la grand-opéra francesa. ¿Por qué esta especie de semi-híbrido? Probablemente porque en un momento dado, el administrador de la Ópera de París estuvo realmente interesado en que el compositor, en pleno auge en aquel momento, estrenara en la escena más importante de la ciudad. No vamos a entrar en el detalle del asunto, que resultaría farragoso e innecesario en este artículo. Resumamos diciendo que finalmente fue el citado Théâtre-Lyrique quien se llevó el gato al agua gracias a la audacia de su director Carvalho, quien había decidido convertir ese teatro, que tenía el marchamo de “popular” en una escena de gran categoría, sobre todo mediante unas puestas en escena de verdadero nivel.
Dicho esto, diez años después, con no pocas intervenciones intermedias en la partitura y en parte también gracias a la ruina del Théâtre-Lyrique, Faust entrará en el repertorio de la Ópera de París el 3 de marzo de 1869 sin los diálogos (por supuesto), con una serie de retoques hechos ex profeso y, naturalmente, con el añadido del ballet del acto V, de cuya composición Gounod intentó zafarse e incluso propuso su escritura a Saint-Saëns, pero que finalmente firmó de su propia mano debido a un inesperado regalo de la inspiración. Ésta es la versión que ha perdurado hasta nuestros días. La historia de cualquier ópera de los siglos XVIII y XIX nos enseña hasta qué punto esa sacralización de la obra que vivimos como normal era algo prácticamente inexistente entonces y hasta qué punto los compositores habían de plegarse a las desideratas de cantantes, empresarios o censuras varias. Nos podemos hacer una idea de los momentos de desesperación y humillación que muchos de ellos vivieron durante buena parta de sus laboriosas existencias, incluso siendo ya famosos y apreciados.
Y vayamos a lo vivido el pasado 3 de octubre en Les Arts. En primer lugar, abordaremos lo relativo a la puesta en escena porque, siendo el elenco muy bueno, como ya hemos apuntado, o mucho me equivoco o lo que más va a llamar la atención de esta producción es lo relativo a este aspecto. Para ello, es necesario hacer un apunte sobre el libreto. Si bien Gounod estaba muy familiarizado con la obra de Goethe, como se ha señalado anteriormente, el libreto se basa de forma mucho más directa en una obra de bulevar de Michel Carré titulada Faust et Marguerite, estrenada en el Théâtre du Gymnase Dramatique en 1850. Aunque nos parezca inverosímil, fueron muchas las obras de este tipo inspiradas en la monumental creación de Goethe. Carré hizo hincapié en el aspecto más “vendible”, como es el robo de la inocencia de una joven pura e inocente por parte de los poderes del mal a través de un hombre. Además, desarrolló considerablemente la presencia de algunos personajes, muy menores en Goethe como Valentin o Siebel y añadió algún otro, como Dame Marthe, con el objeto de crear equilibrios necesarios en un escenario dramático. Jules Barbier siguió de muy cerca la creación de Carré y, además de mantener buena parte del peso de la historia en la desgracia de Margarita, añade algunos cuadros como el de “La Noche de Walpurgis”, o el asesinato de Valentin por Faust.

El director de escena Johannes Erath ha demostrado conocer al dedillo la génesis del libreto, sus aspectos más esenciales y tener una imaginación desbordante para representar escénicamente un dédalo casi imposible de significantes y significados que nunca pierden de vista el original de Goethe. En su caso, podríamos decir que se nota que fue cocinero antes que fraile puesto que, violinista de formación, formó parte de la orquesta de la Volksoper de Viena. Si desde el principio citamos lo fantástico como uno de los principales resortes dramáticos de la ópera, los otros dos son la historia de Margarita y Fausto y la cuestión religiosa, casi omnipresente en esta historia en la que pesa tanto el tema de la condenación y la salvación como lo amoroso, si no más. De hecho, la escena en la catedral también fue objeto de debate en su tiempo: debido al cargo de su trabajo musical en la Misiones extranjeras, Gounod mantenía buena amistad con el nuncio apostólico, que salió en su defensa frente a la posible intervención de la censura.
Erath ha conjugado todo esto con una erudición enorme y también con una profusión de elementos y una superposición tanto física como simbólica que constituye la principal virtud de su proyecto y quizá también, su mayor defecto. ¿Por qué? Pues porque es tanta la atención que nos solicita la escena debido a la cantidad de cosas que pasan al mismo tiempo durante la duración total de la ópera, que no sólo hay aspectos que pasan desapercibidos (recomendable ir acompañado para completar en los descansos la información), sino que también llega un momento en que es difícil estar atentos a la escena y a la música. Por poner un ejemplo: la escena del acto III en que Faust se acerca al hogar de Marguerite ubica la acción en un teatro según la escenografía (un telón parecido al de la Opéra Garnier al fondo en el centro y una proyección de la sala dibujada en blanco sobre negro rodeando la escena), con atrezzo circense porque Marguerite y su hermano son artistas de circo –lo de la rueca de Margarita convertida en rueda para lanzar los puñales me lo tuvieron que explicar, lo confieso–, un reclinatorio, a Dame Marthe vestida de monja, un confesionario que se va moviendo y un hoyo circular en el centro en el que van apareciendo los objetos de tentación de Méphistophélès.
Les aseguro que es una de las escenas “sencillitas” y que he sido capaz de retener. Además, en muchas ocasiones los personajes están doblados y hasta triplicados o cuadruplicados. ¿Por qué? Pues porque cada uno de nosotros no es sólo lo que vemos, sino también lo que los demás quieren ver o lo que no ven, pero en realidad sí constituye parte de nuestro ser. Así, hay muchas Marguerite porque a Faust le da igual –presuntamente– una que otra, lo que quiere es pillar una moza. Hay dos Faust: el que actúa (mudo) y el que se deja utilizar (el que canta). Sin duda, está fantásticamente pensado, pero hay muchas ocasiones en las que escénicamente resulta confuso. Entre las cosas que me resultan de difícil comprensión están la de la conversión de Valentin en un payaso que parece no enterarse de nada (si está en la guerra de qué se va a enterar el pobre hombre) y la escenificación del que quizá sea el único número cómico de la obra: la de Dame Marthe y su intento de echar el lazo a Méphistophèles. Me preguntó por qué nadie para quieto en todo el tiempo y justo ahí están ellos dos y Faust y Marguerite sentaditos en un banco sin moverse. Creo que es una ocasión perdida.

Pero también he de decir que se trata quizá de la puesta en escena más suntuosa, apabullante y atractiva que he visto en mucho tiempo, con aciertos innegables, como esa importancia escénica de la cuestión religiosa: desde la recreación de lo relacionado con el circo, pasando por lo que sucede en segundo y tercer plano en esa impresionante escalera por la que suben y bajan los personajes o lo impactante de las escenas religiosas, en particular la presencia del órgano que toca ese anti-Papa satánico y esa Virgen Dolorosa que termina por acoger a Marguerite, todo ello con la complicidad imprescindible de la escenógrafa Heike Scheele, que ha llevado a cabo un trabajo fuera de serie; la increíble iluminación de Fabio Antoci que merecería capítulo aparte y que además forma parte del propio decorado y nos proporciona muchísima información; o el sublime vestuario del coro y bailarines por Gesine Völlmt. En definitiva, un grandísimo espectáculo visual e intelectual que no sólo arriesga sino que nos hace funcionar -y mucho- las meninges.
Yendo a los aspectos musicales, el director Lorenzo Viotti, que dirigía ópera por primera vez en España, estuvo a la altura de lo esperado y consiguió un muy buen trabajo de equilibrio orquestal y de fraseo. Llevó a cabo una gran labor de concertación entre foso y escenario, difícil con una puesta en escena que muy a menudo desperdiga a los intérpretes dificultando mucho la escucha interna. Sólo hubo un momento de la representación en que el balance entre ambos no fue el deseado: el aria de Faust “Salut! Demeure chaste et pure”, en la que el concertino –fabuloso por otra parte– tapó al tenor que estaba cantando con enorme lirismo y con intenciones muy justas. No sé si se debe a un problema acústico en esa zona central del escenario o bien a una dificultad de este orden en la llegada del sonido, pero es algo que habría que equilibrar. Y aunque no es la parte más interesante de la obra, precisamente por eso me parece de destacar la elegancia y la gracia con que condujo los ballets que no fueron coreografiados sino profusamente escenificados por los cantantes y actores.
Impecable la orquesta en todas sus secciones y solistas, que demostraron la calidad de su sonido y la eficacia de su respuesta a la batuta y en su diálogo con los cantantes y estupendo también el Coro de la Generalitat Valenciana, en el que destacó la sección masculina.
Hablando ya de los solistas, la gran triunfadora de la noche fue Ruth Iniesta, que bordó una Marguerite llena de matices. La zaragozana, poseedora de una estupenda dicción francesa, una proyección fantástica y una homogeneidad sin tacha en la emisión, demostró conocer el estilo francamente bien y supo hacernos ver y oír todas las facetas del personaje. Fantástica en la escena en que canta “Il était un roi de Thulé”, con una voz casi aniñada, evocando los días tan próximos aún de la infancia, mientras que en esas frases que entrecortan la tonada donde recuerda al desconocido que le despierta al amor de mujer, ya utiliza una voz plena con su vibrato natural. Estuvo maravillosa de coquetería y pudor al mismo tiempo en el aria de las joyas que cantó con un control y un poderío totales a pesar de una puesta en escena que no era nada fácil e incluso, arriesgada físicamente. Realmente perfecta en los dúos de amor y en los conjuntos e impresionante de qué manera fue imprimiendo mayor dramatismo al personaje a medida que su devenir se vuelve cada vez más trágico, para dominar por completo la escena final. Una gran Marguerite tanto en lo vocal como en lo escénico que hubo de desempeñarse incluso en una preciosa escena con juego de cartas mefistofélico incluido sobre la música de los ballets.

El peruano Iván Ayón-Rivas fue un buen Faust que, probablemente irá a mejor. Tuve la sensación de que el papel le produce aún cierto respeto y no se encontraba todo lo cómodo que hubiera querido, lo que provocó alguna irregularidad en la emisión de su Do agudo en “Salut, demeure chaste et pure” tanto en un ataque excesivamente abrupto como cuando quiso apianarlo. Una lástima porque en toda la parte anterior de la cavatina hizo algunos preciosos pianissimi y medias voces que, como hemos dicho, quedaron cubiertos por el concertino. No quita para que fuera un Faust convincente y entregado que nos ofreció momentos realmente hermosos y llenos de intención expresiva, como por ejemplo en toda la escena inicial con Méphistophélès y todos los dúos con Marguerite. Con su material canoro, acabará por encontrar su forma de estar cómodo en ese Faust.
Alex Esposito interpretó un Méphistophélès francamente estupendo, en el que combinó perfectamente lo diabólico con lo cómico en las dosis exactas, cosa realmente difícil de conseguir. Su estupenda voz de barítono-bajo dominó todo el registro vocal del personaje con total solvencia aportando una solidez casi satánica sin caer nunca en ningún exceso. Su presencia actoral es impresionante y se come prácticamente tocas las escenas en las que interviene… si Ruth Iniesta le deja. Realmente una gran elección para este papel.
El barítono francés Florian Sempey cantó un muy buen Valentin a pesar de un concepto escénico que no ayudaba precisamente a “entrar” en el personaje. En la famosa “Avant de quitter ces lieux” -que por cierto fue escrita por Gounod en 1864 a petición del barítono que cantaba el papel en la segunda serie de representaciones en Londres y después fue traducida al francés- estuvo fantástico de emisión pero no se habría echado de menos aún más lirismo. Fantástico en toda la escena previa al duelo y la de su agonía, con un dramatismo patente pero elegante a un tiempo.
Fabulosa estuvo la mezzo georgiana Ekaterina Biachidze como Siebel. Una voz realmente bella y plena que esperamos escuchar más veces en otros desempeños. Estuvo fantástica de expresividad, fraseo y emoción representando al jovencito en “Faites-lui mes aveux”. La mezzo gerundense Gemma Coma-Alabert interpretó con excelencia vocal y buena interpretación escénica a Dame Marthe y la pena es que no se le diera más juego escénico a su personaje. Y muy convincente también el barítono Bryan Sala como Wagner.
Si el viernes pasado salí encantada por lo escuchado pero un tanto aturdida por lo visto, dejando reposar el efecto en mi cabeza reconozco que volvería al espectáculo sin dudarlo. Creo que es algo tan especial escénicamente hablando que, quien pueda acudir a Valencia estos días no debería perdérselo. Toda una experiencia de gran calidad que sin duda no olvidarán.
Ana García Urcola
(fotos: Miguel Lorenzo-Mikel Ponce- Les Arts)


