VALENCIA / La gloria de la música

VALENCIA / La gloria de la música

Valencia. Palau de les Arts. 19-XII-2020. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Javier Perianes, piano. Director: Gustavo Gimeno. Obras de Beethoven y Bruckner.

La confluencia de tres glorias musicales como Javier Perianes, Gustavo Gimeno y la Orquesta de la Comunitat Valenciana sustentó una velada musical ciertamente inolvidable, en la que se escucharon versiones del Cuarto concierto para piano de Beethoven y de la Séptima de Bruckner inimaganibles hasta hace nada en España. “De otra galaxia”, como certeramente dijo un conocido director de orquesta estadounidense que asistió primero sorprendido y luego entusiasmado al acontecimiento. El triunvirato Perianes, Gimeno y la orquesta titular del Palau de les Arts marca un punto y aparte en el universo musical español.

Basta recordar momentos tan sublimes como el inicio en solitario del Cuarto de Beethoven o la memorable entrada de los violonchelos que portica la Séptima de Bruckner, surgida desde la nada, sin espacio entre el silencio y el sonido, y que hubiera dejado ‘ojiplático’ al mismísimo Celibidache, para tener la certeza de que lo vivido el sábado en el Auditori del Palau de les Arts recuperó los días en los que Mehta y Maazel andaban por la ópera valenciana como Mateo por su casa. Así lo entendió el crítico y, sobre todo, el público que agotó y abarrotó las cerca de mil localidades puestas a la venta, coprotagonista silencioso pero activo en el ambiente de un concierto como los ‘de antes’ —intermedio incluido—, en el que más allá de la parafernalia del éxito, de la belleza o de la admiración sin reservas por la sobresaliente calidad con que se cuidó la música, queda el impacto sensitivo que la obra de arte genera en el ser sensible que habita en todos.

Desde los primeros y tenues acordes del piano en solitario del Cuarto concierto para piano de Beethoven, Perianes dejó clara la convicción de lo mucho que iba a ocurrir. Instantes después, la entrada en pianísimo de la cuerda corroboró la certeza. Solista, orquesta y director se fundieron en una versión de referencia. Por la calidad instrumental y por la excelencia de una interpretación dramática cargada de intensidad, lirismo y hondura. También risueña y luminosa. En el Andante como moto se alcanzaron niveles de emoción y belleza indescriptibles. Momentos de otra galaxia, cuya elevación se retroalimentó de la imagen congelada y muda de un público impregnado y contagiado del prodigio. La transición del segundo al tercer movimiento supuso otro momento inolvidable de una interpretación toda ella excepcional, en la que Perianes, artista en plenitud fiel a sí mismo, pero más aún a la partitura, desveló registros, sonidos y colores a través de esa capacidad de hacer cantar al piano gracias a un fraseo y legato que en él son inconfundibles. El tercer movimiento, afirmación romántica y futurista, fue colofón ideal de una versión ya asentada en los anales de la memoria sonora.

Un Beethoven surgido más del alma de artista que del cerebro de intérprete. Casi sin elucubración ni indagación. Natural, transparente, feliz, anclado en la radicalidad siempre novedosa del genio. De hoy, de hace 250 años y de siempre. Arraigado en el clasicismo tanto como afirmador del nuevo movimiento romántico. Es fácil imaginar al viejo y joven Beethoven, al eterno rompedor y luminoso hijo del Siglo de las Luces, entusiasmado con lo que sus herederos hicieron el sábado con su música sin tiempo; sobre modernos instrumentos –excepcional y excepcionalmente preparado el piano Steinway de Clemente Hermanos-, y en un contaminado entorno acústico y cultural tan rotundamente distinto al suyo. El público premió a todos con una ovación que más que “escandalosa”, fue delatora de la emoción compartida y fraternizada sobre el escenario y la platea. El genio vibrante del piano español y universal aún tuvo tiempo, valor y energía para restablecer el silencio de la emoción y regalar, ya sin el acompañamiento meticuloso, cómplice y magistral de Gimeno y los profesores valencianos, su quieta, susurrada, confidencializada casi, visión del Nocturno póstumo en do sostenido menor de Chopin. Sin palabras.

Luego, tras el recuperado paréntesis de la pausa, arrancó la Séptima sinfonía de Bruckner sin que existiera escalón entre el silencio absoluto y un pianismo casi también absoluto. La calidad sin precedentes de la cuerda de la Orquesta de la Comunitat Valenciana brilló con ese sonido único, empastado, fruto de una única afinación, de un único fraseo, de un solo palpitar. A partir de esta base y mimbres, Gimeno arquitectonizó con mano verdaderamente magistral las largas progresiones y desarrollos. Sin lentitudes celibidachianas, pero sí con la atención al detalle y al todo tan característica del legendario bruckneriano, propuso una lectura en la que dinámicas, fraseos y sonoridades adquirieron rango protagonista.

Ninguno de los cuatro movimientos del colosal monumento sinfónico se sintió rápido o lento. Fueron. El segundo alcanzó momentos de particular belleza y emoción. El modo contenido en que Gimeno y sus paisanos sinfónicos encauzaron y materializaron la grandiosa progresión que culmina en el famoso platillazo rubricó una versión con firma solo parangonable a los más grandes testimonios fonográficos. Gimeno, desde su propio y poderoso yo, abrazó muchas memorias. Desde Furtwängler y Celibidache, a Jochum, Wand, Barenboim, Thielemann o su querido maestro Abbado. El movimiento final, con un metal que parecía más el órgano de San Florian que el de una orquesta española, fue colofón del mejor Bruckner que hoy se puede escuchar. En Valencia y en la Conchinchina. Inolvidable.

(Foto: Miguel Lorenzo)