VALENCIA / Flórez y Tebar, erre que erre

VALENCIA / Flórez y Tebar, erre que erre

Valencia. Teatro Principal. 28-V2021. Juan Diego Flórez, tenor. Orquesta de Valencia. Director: Ramón Tebar. Arias de Rossini, Donizetti, Verdi, Gounod y Puccini.

Se metió pronto Juan Diego Flórez al público valenciano en el bolsillo. Antes incluso de hacer correr su voz privilegiada por la acústica del Teatro Principal. Cuando aún no había atacado la primera aria del programa –Deh tu m’assisti amore, del rossiniano Il signore Bruschino– una voz femenina le regaló un inoportuno “¡bravo!”. Sin embargo, tanto fervor no sirvió para subir la temperatura de un escenario frío y distante, compartido con una muy desajustada Orquesta de Valencia que volvió a tener uno de sus peores días con Ramón Tebar. La obertura de Nabucco fue el reflejo de tan deficiente colaboración, en la que faltaron ensayos, disciplina y costumbre en el flexible y nada fácil arte de acompañar cantantes.

Al tenor limeño Juan Diego Flórez (1973), se le pueden reprochar mil cosas, desde la reiteración una y otra vez de las mismas arias y romanzas, a su pereza para los ensayos o su tendencia cada vez más acusada a la exageración, a un amaneramiento que, por fortuna, sí reprime en los fragmentos más puramente belcantistas y dramáticos, como el aria Fra poco a me ricovero, que canta Edgardo en el tercer acto de Lucia de Lammermoor, y que supuso, además de uno de los grandes momentos en un programa en el que apenas hubo más novedad que las juveniles arias rossinianas de Il signor Bruschino y La pietra del paragone.

El Duca di Mantova de Rigoletto estuvo presente en el programa y también en la como siempre generosa tanda de propinas. Primero con un muy gesticulado Questa o quella y luego con una La donna è mobile cuyos excesos y exageraciones solo caben en el marco ancho y libre del regalo. Transparente, limpio y brioso el aria de Alfredo del segundo acto de La traviata. Como también su Gounod, tan cercano al recuerdo siempre vivo de Alfredo Kraus. Cantó dos ‘bombones’ (palabra del tenor canario) como el Ah! Lève-toi, soleil! de Roméo et Juliette, y el Salut! Demeure chaste et pure de Faust.  No faltó en programa tan reiterado Nemorino, el ingenuo protagonista de L’elisir d’amore.  Una furtiva lagrima sigue escuchándose en los labios de Flórez con la frescura y perfección belcantista de siempre.

Alfredo Kraus siempre dijo que su incursión puntual en La Bohème de Puccini y consecuente grabación (con Scotto y Levine; 1979) fue uno de los contados errores de su carrera perfecta. Juan Diego Flórez sabrá mejor que nadie los peligros que puede conllevar a una voz como la suya cualquier aproximación al repertorio de corte verista. Sin embargo, no evitó la tentación de volver a cerrar su recital con una Che gelida manina –ya la cantó en el Palau de la Música, en febrero de 2017, donde incluso se envalentonó con el Nessum dorma! de Turandot, que regaló como propina en mayo de 2019–. Volvió a hacer un Rodolfo belcantista, exagerado hasta el almíbar, pero dicho con esa bellísima y fascinante línea de canto que solo un príncipe del belcanto puede hacer. No sé qué hubiera pensado el rey Alfredo Kraus de su más cercano heredero.

Generoso como siempre en los bises, al final no faltó la guitarrica, el Cucurrucú, los guiños al público y su verbo fácil y cercano. Además de dueño de una de las voces más perfectas y mejor cuidadas del universo belcantista, Juan Diego sabe latín y lo que haga falta. Con el canto y con la palabra. Se trabaja y gana maravillosamente al respetable, que lo piropea y le habla como si fuera un torero o una estrella fugaz de Eurovisión. Y a él le va la marcha. Todo resultaría esperpéntico de no estar envuelto por una pátina de calidad y de un modo de cantar que en la actualidad es único y quizá incomparable. El año que viene, o quizá dos, volveremos a escucharle sus Furtiva lagrima, Dona è mobile y hasta La flor de la canela que esta vez sí faltó. Y nosotros, el público, erre que erre volveremos a aplaudir su canto seductor.

(Foto: Live Music Valencia)