VALENCIA / ‘Fin de partie’: amargores y amarguras

VALENCIA / ‘Fin de partie’: amargores y amarguras

Valencia. Palau de les Arts. 29-X-2020. Kurtág, Fin de partie. Frode  Olsen, Leigh Melrose, Hilary Summers, Leonardo Cortellazzi. Orquesta de la Comunidad Valenciana. Dirección musical: Markus Stenz. Dirección de escena: Pierre Audi.

Sobrecogedor en verdad la ópera y el montaje escénico de Fin de partie la única ópera del húngaro György Kurtág (1926), estrenada en España el jueves, en el Palau de les Arts, apenas dos años después de su estreno absoluto en la Scala de Milán el 15 de noviembre de 2018, interpretada entonces por los mismos cantantes y maestro que ahora lo han hecho en Valencia. También el montaje escénico, dirigido por Pierre Audi, es el mismo. A pesar de la desbandada de un significativo sector del público, que quizá esperaba encontrarse con Tosca revivida, el estreno ha supuesto un éxito absoluto e inapelable. Los que se quedaron, suplieron sobradamente a los ausentes. Les Arts de Jesús Iglesias se apunta el tanto del acontecimiento.

A Beckett y Kurtág le bastan cuatro personajes para crear una dramaturgia cargada de fuerza e intensidad. Cuatro seres hartos de sí mismos y de los demás, agotados de todo, esperando un desenlace que no llega, en el terrible final de su particular partida de la vida. Confinados en sus amargores y amarguras. Sombrío, lúgubre, desesperante. Teatro también del absurdo. ¡Beckett! Para el que Pierre Audi, que considera este trabajo como un ‘sueño utópico’, ha reinventado un mundo” en el que ha acentuado los rasgos más expresionistas e incluso surrealistas y tenebrosos. Como una pintura negra de Goya. Ha incrementado el espacio asfixiante y plantado a los cuatro personajes fuera de la casucha, con lo cual el ámbito opresor, abierto y siempre negro, no da pábulo a la posibilidad de escapar, de ‘salir’.

El excepcional texto de Beckett involucra al espectador hasta el punto casi de hacerlo partícipe del drama, que transcurre según una sucesión de “escenas y monólogos” en la que los personajes cantan, gritan, se enrabietan y desesperan. Sufren y viven. Incluso Nell y Nagg intentan un beso (por supuesto) fallido. Apuntes, destellos, punzadas, odio y amor, ternura y asco. Nostalgias y sueños. Ayer, hoy, siempre.

Pierre Audi cuaja un trabajo escénico fascinador, radical, sin paños calientes y ajustado literalmente al guion de la ópera. Subraya y enfatiza también la música de Kurtág, tan personal, tan nueva y también tan clásica, tan arraigada en el siglo XX, pero también en la gran historia de la ópera. ¡Monteverdi y los dramones veristas en el fondo no están tan lejos! Los efectos onomatopéyicos, la orquesta y sus infinitos colores y registros, o el tratamiento vocal –nada ajeno al Sprechstimme del schoenberguiano Pierrot Lunaire– son detalles que Kurtág incorpora a su inconfundible lenguaje. Como colofón, la portentosa escena final, donde el talento orquestador de Kurtág –sus 94 años le han impedido desplazarse a Valencia, como tampoco pudo hacerlo hace dos años a Milán, para el estreno absoluto- parece regodearse y rendir homenaje a la tradición operística.

El montaje escénico se base en una más que eficaz escenografía de Christof Hetzer, autor igualmente del pertinente vestuario. Todo se centra en la casucha, testigo de una acción en la que cada escena presenta nueva perspectiva, nuevo ángulo. La iluminación de Urs Schönebaum aprovecha los espacios abiertos y recurre con calculada precisión al juego de las sombras y siluetas proyectadas de los personajes, casi como sugiriendo una segunda lectura escénica de la acción. A lo Teatro Negro de Praga, como revela la introducción, a telón bajado. Paradójicamente, todo brilla con fuerza estremecedora en este tenebroso mundo en blanco y negro

Es difícil imaginar una interpretación vocal y escénica más convincente y subyugante que la de los cuatro protagonistas. Como también la respuesta de los profesores de la Orquesta de la Comunitat Valenciana, que salieron pletóricamente airosos en una partitura desnuda y plagada de trampas y dificultades, cuyo lenguaje es, además, distante del que se envuelven habitualmente. Markus Stenz, que también dirigió el estreno en la Scala de Milán y luego en Ámsterdam –únicas ciudades, junto ahora con Valencia, en las que ha podido disfrutarse esta obra maestra del siglo XXI y de la historia de la ópera- clarificó y encauzó escena y foso en un trabajo concertador minucioso, eficaz, preciso e involucrado con la escena. Gran noche de ópera. Fuera, en la calle, a punto de imponerse el toque de queda, el paseante casi se sentía protagonista de esta ópera de tan vigente actualidad. ¡Qué tiempos!