VALENCIA / Excepcional Holandés. Excepcional Nicholas Brownlee

Valencia. Palau de les Arts. 2-III-2025. Nicholas Brownlee (Holandés), Elisabet Strid (Senta), Franz-Josef Selig (Daland), Stanislas de Barbeyrac (Erik), Eva Kroon (Mary), Moisés Marín (Timonel). Cor de la Generalitat Valenciana (director: Jordi Blanch Tordera). Coro de la Comunidad de Madrid (director: Javier Carmena). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: James Gaffigan. Director de escena: Willy Decker. Wagner: El Holandés errante.
Excepcional representación de El Holandés errante en el Palau de Les Arts. Y no por la bien conocida y reconocida participación de la brillante Orquestra de la Comunitat Valenciana, titular del templo operístico del Cauce del Túria; ni por el Daland sobresaliente y bien conocido de bajo Franz-Josef Selig o el lírico Erik del tenor francés Stanislas de Barbeyrac. Ni siquiera por la clásica y bien contada producción de Willy Decker. Lo supremo llegó en el canto y la expresión del bajo-barítono estadounidense Nicholas Brownlee (1989), el mejor Holandés que quien firma ha escuchado en los cuarenta años que lleva como peregrinador a Bayreuth y a cualquier escenario que programe un Wagner prometedor.
Nacido como cantante en la Ópera de Santa Fe y cuajado en Fráncfort, donde precisamente debutó en 2023 el papel de El Holandés ‒“el rol wagneriano que definitivamente mejor se adapta a mi voz”, declaró entonces Brownlee a la revista OperaWire‒, la fuerza de su canto, la solidez del fraseo, los colores de su voz, la carismática expresión wagneriana y el cuidado emocionante de las reminiscencias belcantistas del personaje le convierten en el Holandés ideal y en una de las figuras totales del canto wagneriano contemporáneo.
A estas cualidades de su canto, el cantante estadounidense añade un talento y saber dramáticos que se perciben en cada detalle y frase. Contagioso y fascinante, algo que justifica la excepcionalidad de que al concluir su famoso monólogo del primer acto, un sector del público que abarrotaba la Sala principal del Palau de Les Arts se lanzara a algo tan incorrectamente wagneriano como el aplauso en medio de la ópera, como si acabara de cantar el No puede ser. Algo así como ocurrió en Viena un 16 de mayo de 1965, cuando el público de la Staatsoper se lanzó repentinamente a vitorear a Christa Ludwig tras la invocación de Wotan en Lohengrin.

Desde el monólogo inicial hasta el espectacular final ‒cuando pronuncia la desesperada exclamación “¡el Holandés errante me llaman! ‒, y en medio con el italianizado dúo con Daland y luego con Senta, su interpretación fue un dechado de virtudes dramáticas y musicales. Naturalmente, el teatro se vino abajo al salir a saludar en solitario al final de una función exprés de apenas dos horas y cuarto en la que los tres actos se sucedieron ‒como manda Wagner y marca la tradición‒ sin interrupción. Inolvidable este debut escénico en España (ya cantó en el Liceu un Castillo de Barbazul de Bartók en versión de concierto; además de una gala lírica en el Auditorio Nacional, consecuencia de haber ganado el Concurso Operalia en su sección de Zarzuela), de quien sin duda será ‒es‒ la gran voz wagneriana de su registro,
Este esperado desembarco del Holandés en el Cauce del Túria ha llegado de la mano de una puesta en escena tan clásica, pertinente y bien acabada como la diseñada hace ya un cuarto de siglo por Willy Decker (1950) para la Ópera de París y luego recuperada por el Regio de Turín. El director de escena alemán cuenta la historia del Holandés con lenguaje claro, conciso y realista. Se deja de vericuetos y elucubraciones para clarificar la acción, y se apoya para ello en la precisa escenografía de Wolfgang Gussmann, autor igualmente del convencional vestuario. Destaca el estupendo movimiento escénico y el detallado trabajo actoral, fruto de la meticulosa labor Stefan Heinrichs, director de la reposición. Sobresaliente iluminación y sus sugerentes sombras, firmada por Hans Tölstede. En estos días de tanto invento y capricho escénico sin cabeza, da gusto ver a las hilanderas hilando, el cofre de Daland, la inmensa marina de fondo, la tripulación soltando y amarrando el barco y a Senta aferrada a su cuadro. ¡Solo faltó la escopeta de Erik!
Vocalmente, aparte del Holandés fuera de serie de Brownlee y el Daland rodado y referencial de Selig, brilló el Erik lírico, timbrado y de muy hermoso registro de Stanislas de Barbeyrac, cuyo único punto vulnerable es la estrechez en el registro agudo, donde la voz pierde cuerpo y lenguaje wagneriano. La Senta de Elisabet Strid (Isolde en Sevilla, en septiembre de 2023) fue más “Sentita” que Senta. Voz pequeña y apurada, que no tuvo precisamente su mejor día y cuya famosa Balada pasó casi inadvertida. La mezzo holandesa Eva Kroon (quien hace apenas unas semanas cantó con Dudamel y las dos grandes orquestas valencianas la Segunda de Mahler en el vecino Palau de la Música) fue una Mary sin pena ni gloria. Inadvertida vocalmente a pesar de la marcada presencia teatral que le confiere la visión atemporal de Decker.

James Gaffigan, en su último título operístico como director musical del Palau de Les Arts, no alcanzó los niveles wagnerianos que marcó su pasado Tristan e Isolde (mayo 2023). Tiempos vivos y rígidos, cortos de vuelo y sobrados de encorsetamientos. La obertura, a piñón fijo, por momentos incluso estridente. El buen concertador que es el director estadounidense se olvidó en esta ocasión de la fuerte presencia del foso en la acústica de la sala, y las dinámicas se desbocaron más de una vez. Por fortuna, la consistencia del elenco vocal aguantó tanto decibelio sinfónico. La exagerada percusión y timbales, el exceso en la máquina de viento y la omnipresencia de los metales ‒con unas trompas menos certeras que de costumbre‒ no lograron encubrir las manifiestas cualidades del maestro y de una orquesta que, en cualquier caso, sigue siendo puntera en el repertorio wagneriano.
Otro gran coprotagonista de El holandés errante es el coro, que la noche de estreno tuvo sus más y menos. A veces, incluso más menos que más. El de hilanderas del segundo acto distó de la perfección (en afinación y empaste), mientras que en el tercero se produjeron evidentes descompensaciones, especialmente cuando el coro interno de la tripulación del buque fantasma ‒asumido por el Coro de la Comunidad de Madrid‒ cantó la gran escena final ubicado en la parte trasera de la platea, a decenas de metros de foso, escenario y maestro. Lo que se ganó así en teatralidad y efecto acústico se perdió en un equilibrio acaso imposible. Detalles aparte, tanto el Cor de la Generalitat como el de la Comunidad de Madrid salieron airosos ante el exigente reto operístico. Al final, en el regreso a casa por el cauce por donde antaño corrieron la aguas del Túria y antes habitaron Mehta con el Ring y Tristan, y Maazel con Parsifal, la imagen del eterno navegante y su actual personificador se entrecruzaban por la devota memoria wagneriana.
Justo Romero
(fotos: Miguel Lorenzo-Mikel Ponce)


