VALENCIA / Entre Toledo y Florencia, Ambrogio Maestri es Gianni Schicchi

Valencia. Palau de les Arts. 25-IV-2025. Eve-Maud Hubeaux (Concepción), Iván Ayón Rivas (Gonzalve y Rinuccio), Mikeldi Atxalandabaso (Torquemada y Gherardo), Armando Noguera (Ramiro), Manuel Fuentes (Don Íñigo de Gómez, Betto di Signa). Ambrogio Maestri (Gianni Schicchi), Marina Monzó (Lauretta), Elena Zilio (Zita), Holly Brown (Nella), Damián Augusto Fernández (Gherardino), Giacomo Prestia (Simone). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Director musical: Michele Spotti. Directores de escena: Moshe Leiser, Patrice Caurier. Ravel: La hora española. Puccini: Gianni Schicchi.
La hora española. Gianni Schicchi. Ravel y Puccini. Dos operitas -dos operazas- en las que pasa todo y de todo en apenas una hora. Páginas breves, felices, agudas, concisas y plenas de chispa, emoción y, sobre todo, mucha guasa trufada de sátira y reflexión. El humor y maestría imperan en estas dos tronchantes obras maestras. También la opulencia de colores, registros y efectos que sus creadores destilan de la gran orquesta son quizá punto común entre estos dos compositores tan distintos y contrapuestos. El francés con refinamientos elucubrados y armonías más atrevidas, el italiano con esa escritura verista, directa y tan a flor de piel, que te pilla por el nudo de la garganta. Ahora, ambas operas en un acto han recalado en el Palau de Les Arts hermanadas en una nueva producción pletórica de excelencias y refrendada por el aplauso total y entusiasta de un público que el viernes colmó la sala principal del Palau de Les Arts de València.
Trabajo hilvanado y sin fisuras en el cual la escena -firmada conjuntamente por Moshe Leiser y Patrice Caurier- y la música -gobernada con mano maestra por el joven director francés Michele Spotti- se han fusionado en un espectáculo total y maravilloso, emocionante y divertido hasta el desternillamiento. Si Ravel elucubra con el deseo de una esposa ninfómana empeñada en cepillarse al primero que llega -¡y no son pocos!- a la relojería de su esposo Torquemada, Puccini en Gianni Schicchi parte de un episodio de la Divina comedia de Dante para contar la astucia y artimaña sin escrúpulos del pueblerino Gianni Schicchi para hacerse con la fortuna testada por el difunto Buoso. Dos espacios escénicos ambientados en Florencia y su “cielo azul” , en el cao de Gianni Schicchi, y en Toledo en La hora española, cuyos libreto y partitura están plagados de referencias a ritmos y aires españoles y alusiones específicas a Barcelona, Santiago de Compostela o incluso a la “cercana” Extremadura. Resuena la “Feria” de la Rapsodia española. Pero no solo.

Moshe Leiser y Patrice Caurier han escuchado y se han dejado llevar por las sugestiones de los geniales libretos y narran la acción con medida literalidad, sin meterse en camisa de once varas. Todo es claro y directo. El simbolismo del enorme toro que centra la escena de La hora española podría parecer tópico y kitsch, sobre todo al final de la ópera, cuando los cuernos comienzan a echar chispas y fuego cual toro embolao, y los cuernos de mentirijilla quisieran sugerir los que lleva el vejete relojero Torquemada (bien defendido por el bilbaíno Mikeldi Atxalandabaso) merced al furor uterino de su exuberante y joven esposa Concepción, encarnada con desparpajo escénico y nervio vocal por la mezzo ginebrina Eve-Maud Hubeaux. Por fortuna, el refinamiento, la cuidada dirección de actores, el ágil movimiento escénico y, en fin, la lucidez que domina el montaje hacen virtud del defecto y la cosa tauromáquica queda finalmente redonda. Como el continuo trasiego de relojes de pared cargados de amantes entre el salón y la alcoba de la insaciable Concepción. Siempre a lomos del forzudo arriero Ramiro -muy bien encarnado por el barítono Armando Noguera-, y del que ella también acabará beneficiándose; bueno, de él y de sus “bíceps que superan mis expectativas”, como exclama fascinada por lo que ve e intuye. El canto puro del tenor lírico-ligero peruano Iván Ayón Rivas-Gonzalve abandera el redondo nivel vocal de esta ideal Hora española.
Tras el intermedio, no menos estupendamente fueron las cosas con Gianni Schicchi, ambientada en un espacio-batiburrillo a mitad de camino entre despacho modernillo de formica, habitación con vistas de un hospital y sala de algún tanatorio. La estupenda y cambiante iluminación de Christophe Forey contribuye a la ambigua pluralidad escenográfica. En el abultado reparto, poblado por figuras tan veteranas y admirables como la legendaria mezzo italiana Elena Zilio, quien a sus 84 años aún es capaz de dar vida a una Zia cargada de carácter y tablas, o el bajo florentino Giacomo Prestia, convertido en esta ocasión en Simone de poderosa voz y expresión. La soprano valenciana Marina Monzó -Lauretta- salió airosa en el bombón que planta Puccini en mitad de tanto cachondeíto: el milagro de O mio babbino caro, que entonó con gusto, efusión y afinación. Su novio, el macarrilla Rinuccio, fue defendido con la mismas virtudes por Iván Ayón Rivas, quien sigue la estela vocal de sus paisanos y mentores Luigi Alva y Juan Diego Flórez.

Pero la estrella total, el soberano triunfador de esta gran noche de ópera en la que todos triunfaron, fue el barítono Ambrogio Maestri, quien, por voz, interpretación y fuste dramático marca referencia como Gianni Schicchi. Imposible imaginar encarnación más convincente y redonda. Quien es el mejor Falstaff de nuestro tiempo, se ha confirmado ahora, además, como el más ideal Gianni Schicchi. Así lo refrenda su canto pucciniano, la proyección de su voz genuinamente baritonal, sus falsetes, gracietas, vis cómica y clase escénica. En escena, no existe el barítono Ambrogio Maestri: sólo el gran embaucador Gianni Schicchi.
Como casi siempre, estupendo trabajo de la Orquestra de la Comunitat Valenciana en el foso. Dúctil, fresca, brillante, rápida de respuesta y de sonido opulento y pulido. Fenomenales intervenciones solistas. El maestro milanés Michele Spotti, con apenas 32 años, actual director musical de la Ópera de Marsella, volvió a exponer la clase y categoría que ya lució en Les Arts en junio de 2023, cuando dirigió Ernani. Rara vez se disfruta sobre un escenario operístico de un trabajo tan equilibrado y cercano al ideal de perfección. Como si los halos de cielo y del infierno se hubieran conjurado con la toledana Concepción y el florentino Gianni Schicchi. Ver y escuchar para creer. Bien merece la pena el viaje a València. Aún quedan funciones los días 27 y 30 abril, y 2 y 4 mayo. No se arrepentirá.
Justo Romero
Foto: Miguel Lorenzo-Mikel Ponce


