VALENCIA / El templado Beethoven de Rudolf Buchbinder

Valencia. Palau de la Música. 21-V-2025. Rudolf Buchbinder, piano. Beethoven: Sonatas para piano “Claro de Luna”, “Patética”, “Appassionata” y Op. 10 nº 2.
Los años no perdonan y al pianista austriaco Rudolf Buchbinder (1946) se le notan en los dedos, pero, sobre todo, en una manera de tocar hoy marcada por la inercia de la rutina, de lo mil veces hecho. En su enésima visita al Palau de la Música de Valencia, el antiguo alumno de Bruno Seidlhofer ha recalado con un monográfico Beethoven que reunía sus tres sonatas más populares –Claro de Luna, Patética y Appassionata–, más la mucho menos tocada Sonata en Fa mayor, opus 10 nº 2. Curiosamente, las cuatro en tres movimientos.
Ha sido un Beethoven marcado y mermado por el curso de los años, cargado de tradición y saberes, pero también de rutinas y las insuficiencias propias del peso de los años. Aparte de barullos mal disimulados por el exceso de pedal –ocurrió en el primer movimiento de la Sonata Appassionata–, lo más insatisfactorio de este Beethoven casi octogenario y poco indagador ha sido su sonido monocorde. También la falta de énfasis, registros y expansiones dinámicas, en una visión más reiterada que expresiva.
Matices y fraseos previsibles que suenan ajenos al temperamento y rotundidades del novedoso y renovador genio beethoveniano. Un Beethoven acaso chapado a la antigua, “como se tocaba hace treinta años”, según escribe algún “amigo” en Facebook. Pero hace tres décadas Barenboim. Zimerman, Brendel, de Larrocha o los también discípulos de Seidlhofer Martha Argerich, Nelson Freire y Friedrich Gulda ya tocaban un Beethoven rotundamente distinto, con más músculo, nervio y emoción. Desde ese pulso e impulso interno que hace latir la obra de arte.
Un Beethoven, en definitiva, aplacado por los años y limitado por la inevitable merma de un tiempo que no perdona. Incluso los movimientos centrales de las cuatro sonatas que integraban el programa adolecieron de esa atonía. Ocurrió en el “Adagio cantabile” de la Patética, pero también en el resuelto “Allegretto” de la Claro de luna, cuyo célebre y quieto primer tiempo se mantuvo lejano al pianísimo sugestivo que prescribe la partitura y caracteriza su liviana pero “sostenuta” atmósfera. A ese “lamento” del que hablaba Berlioz.
Curiosamente, lo mejor llegó precisamente en el episodio más exigente y virtuosístico del recital, el embalado “Presto” final de la Appassionata, con el que cerró la tarde y en el que, sin llegar a desmelenarse –Buchbinder nunca lo ha hecho–, pareció bajarse del carro de la mesura para destapar el tarro del nervio y de ese temperamento del que, por ejemplo, tan sobrada aún anda su condiscípula Argerich y tanto faltó en el “Presto agitato” de la Claro de luna.
Como era previsible y estaba cantado, el recital, fue un éxito, aunque no “monumental”, como diría Arturo Reverter. Buchbinder aún lo prolongó con más Beethoven: el “Presto” conclusivo de la sonata La tempestad –exactamente el mismo fragmento que regaló en febrero de 2021, cuando tocó con la Orquesta de Valencia en el Teatre Principal el Concierto Emperador de Beethoven–, y la juguetona quinta de las Siete bagatelas opus 33. Beethoven a espuertas. Bienvenido siempre. Incluso en interpretaciones tan razonables, formales y cortas de fantasía como las de este templado recital.
Justo Romero
(fotos: Live Music Valencia)


