VALENCIA / El reto de Elektra

VALENCIA / El reto de Elektra

Valencia.Palau de les ARts. 18.I.2020. Strauss, Elektra. Iréne Theorin, Sara Jakubiak, Doris Soffel, Derek Welton, Štefan Margita. Coro de la Generalitat Valenciana. Orquesta de la Comunidad Valenciana. Dirección musical: Marc Albrecht. Director de escena: Robert Carsen.

 

Programar Elektra es siempre un reto extremo para cualquier teatro lírico. Era una asignatura pendiente del Palau de les Arts, que de la mano de su director artístico, Jesús Iglesias, la ha superado con un rotundo sobresaliente. La más expresionista ópera de Richard Strauss ha devuelto al teatro valenciano el esplendor de sus mejores tiempos. Daba gusto y emocionaba escuchar a la Orquestra de la Comunitat Valenciana sonar como en sus días de gloria con Maazel, Mehta, Prêtre, Chailly y otros colosos que también frecuentaron su podio. También fascinaban el escueto, minimalista y agudo trabajo escénico de Robert Carsen y la abrasadora concertación musical de Marc Albrecht.

Jesús Iglesias, heredero de Helga Schmidt que ha logrado superar el bache que supuso el periodo David Livermore, ha tenido el coraje de programar este título de tanto riesgo y compromiso, y para ello ha recurrido a la figura controvertida pero inapelable del canadiense Robert Carsen (1955), quien ha repuesto su reconocido montaje de la Ópera de París, basado a su vez en una coproducción entre Florencia y Tokio. La esencializada escena, de corte minimalista y diseño escenográfico de Michael Levine, concentra la acción en un único espacio cerrado, negro y opresivo, sutilmente iluminado y movido con mano certera.

Apenas un colchón rabiosamente blanco que es el “reino” de Klytämnestra, unas cuantas hachas, una socorrida trampilla rectangular en el suelo –tumba de Agamenon- por la que entra y sale casi todo –incluido el cuerpo inerte y desnudo de Agamenon, que es abrazado y manoseado por Elektra- y poco más basta para condensar el desbordante peso dramático de la partitura. Nada sobra ni nada falta en este montaje escueto y redondo, de tensa y contenida acción. El vestuario, lorquianamente negro –la sombra de Bernarda Alba late en esta Elektra tanto como la de sus cinco hijas en el personaje sensual de Chrysothemis-, contribuye a intensificar el opresivo ambiente tanto como la cuidada coreografía de Philippe Giraudeau.

Vocalmente hubo de todo. La soprano sueca Iréne Theorin (56 años, nació en 1963) era, pese a la edad, una garantía, y parecía por ello una apuesta segura para encarnar el inmenso papel de Elektra, que ha interpretado con éxito cien y una veces. Sin embargo, su voz, que igualmente ha servido y sirve con éxito roles como Isolda, Brunilda o Turandot, careció de la necesaria proyección. Fue una Elektra más lírica que dramática, corta de volumen y aliento –en ocasiones apenas se la escuchaba desde la platea-, que no pudo traspasar la colosal barrera orquestal, algo a lo que tampoco contribuyó el hecho de que su (casi susurrado) gran monólogo inicial fuese cantado tumbada en el suelo, bocarriba, proyectando así la voz hacia la parte superior del escenario y no al lejano público. El recuerdo inolvidable del cañón Éva Marton, que fue Elektra en el vecino Palau de la Música, junto a la Orquesta de València, en aquella legendaria versión de concierto que el 16 de diciembre de 1995 dirigió Manuel Galduf -el sábado espectador en Les Arts– con un reparto irrepetible en el que también figuraron Leonie Rysanek, Ana María Sánchez y James King, era ineludible y hermoso.

Si vocalmente Theorin no tuvo su mejor día, sí lo tuvo la también soprano estadounidense Sara Jakubiak, figura ascendente que bordó una Chrysothemis anhelante y agitada de poderío asombrosamente superior al de su hermana Elektra. La más que veterana mezzosoprano alemana Doris Soffel (1948) fue una contenida e insuficiente Klytämnestra que no estremeció a nadie. El  capítulo vocal quedó ennoblecido por el bajo-barítono australiano Derek Welton, que compuso un Orest de elocuente empaque vocal y escénico, cualidades que ya dejó patentes en su aplaudido Klingsor (Parsifal) del pasado Festival de Bayreuth, y ahora ha revalidado con poderosa firmeza en València. El próximo verano volverá a ser Orest en el Festival de Salzburgo.

Puntos y aparte merece el trabajo concertador de Marc Albrecht, capaz de devolver a la OCV su mejor esplendor y opulencia sonora, y de crear una atmósfera straussiana de primer orden, propia de los mejores teatros y conjuntos sinfónicos. Hijo del director de orquesta George Alexander Albrecht (y no del también director de orquesta Gerd Albrecht, con el que no guarda ningún parentesco), se ha convertido en uno de los directores más efectivos e idóneos de cuantos han pasado por el podio de Les Arts en los últimos años. Una opción de futuro para su vacante titularidad.

Albrecht ha desarrollado en Valencia un trabajo  meticuloso y al detalle, artesanal, en el que ha preparado seccionalmente y en conjunto las diversas familias instrumentales, para alcanzar una sonoridad opulenta en todo el espectro dinámico, de múltiples registros y colores. El equilibrio entre las diferentes secciones -cuerda, maderas, metales y percusión- resultó tan medido como el balance con los cantantes –adecuar la sonoridad a la vocalidad de la Theorin hubiera resultado letal para el conjunto- y un Cor de la Generalitat que revalidó la brillante participación que ya tuvo en la Elektra de 1995 con la Orquesta de València y Galduf. Excepcional función y reto superado cum laude. Así lo pensó también el público que llenó el Palau de les Arts, que regaló a todos una ovación tan entusiasta como las que escuchaban en su día no tan lejano Maazel y Mehta.