VALENCIA / ‘El Murciélago’ mariposea de la mano de Minkowski

Valencia. Palau de la Música. 22-XII-2024. Huw Montague Rendall (Conde von Eisenstein), Iulia Maria Dan (Rosalinde), Leon Košavic (Dr. Falke), Alina Wunderlin (Adele), Michael Kraus (Frank), Sandrine Buendia (Ida), Magnus Dietrich (Alfred), Krešimir Špicer, Ekaterina Chayka-Rubinstein (Príncipe Orlofsky), Manfred Schwaiger (Frosch), etcétera. Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana. Les Musiciens du Louvre. Dirección musical: Marc Minkowski. Johann Strauss II: El Murciélago
Marc Minkowski y sus instrumentistas de Les Musiciens du Louvre han concluido en València su gira española. Tras recorrer Barcelona y Sevilla, han recalado en el Palau de la Música con su viajado Murciélago bajo el brazo. La opereta maestra de Johann Strauss hijo ha revoloteado ciegamente en una versión sin subtítulos ni sinopsis argumental en el programa de mano, en la que, consecuentemente, nadie se enteró de nada. Nos quedamos todos al pario de la rica trama y texto, de la genialidad dramática de esta “opereta de operetas” estrenada en 1874, en el Teatro an der Wien de la capital austriaca, sobre un acabadísimo libreto de Karl Haffner y Richard Genée. El disparate de presentar una obra como El Murciélago en estas condiciones es tanto como el de ofrecer en un país de habla alemana una versión de La Revoltosa sin subtítulos ni referencias.
La ópera, como la opereta o la zarzuela, es teatro. Puro teatro. Tanto como La vida es sueño o El sueño de una noche de verano. De ahí que esta versión de concierto con apuntes escénicos haya sido un fracaso sin paliativos. Y no por los méritos o deméritos de la interpretación, singular, con orquesta reducida más allá del límite, y buenas voces, dirigida con más guasa que fondo por Marc Minkowski, Tres horas y tres actos en alemán a palo seco, sin entenderse ni papa, no lo soportaría ni la mismísima versión de Carlos Kleiber. El pobre Minkowski hizo lo imposible para subsanar el asunto, apuntando al público desde el podio, en un esperpéntico idioma mezcla de francés, inglés, italiano, español, gesto y hasta alemán, los avatares de la acción. La cosa resultó así simpática y simpaticona, pero realmente de lo que pasaba en escena, de los líos y relíos de los invitados a la fiesta del travestido Príncipe Orlofsky, no se enteró ni el vecino del quinto. Se perdió así la oportunidad de saborear y gozar con la hilvanada trama escénica de esta “opereta de operetas” tan imprescindible en las navidades de los teatros de habla alemana.

Musicalmente, llama la atención el atrevimiento del director francés de plantear una obra de tanta suntuosidad sinfónica como El Murciélago apoyado en una reducidísima sección de cuerdas propia del universo barroco y primer clasicismo, pero no más. Esta realidad descompensó el balance sonoro en favor de los vientos y, sobre todo, de unas voces que pudieron explayarse a sus anchas ante tan limita sonoridad. Minkowski, músico irrebatible, carece de la magia, elegancia, chispa, prosodia y del secreto de una música marcada por su impronta vienesa, esa que los Kleiber y compañía rezuman a borbotones. Fue un buen Murciélago. Previsible y escrupuloso con la letra y la solfa, Pero no más. Si Strauss vuelca una genial parodia de Rossini y sus viejas cabaletas, uno sale de esta interpretación sin palabras con la sensación de que el director francés, más que sumergirse en la esencia vienesa de la opereta maestra, la parodia y caricaturiza, en una visión que enfatiza hasta la bufonería lo que es ironía y sutileza. Teatral y musical.
Estupendo nivel de los contados instrumentistas de Les Musiciens de Louvre y del empastado y bien conjuntado Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana. También del extenso y joven reparto vocal, homogéneo y casi sin fisuras, en el que destacaron la descarada y bien delineada Adele de la soprano ligera-ligerísima Alina Wunderlin; el barítono Huw Montague Rendall (de casta le viene al galgo: es hijo de la mezzo Diana Montague y el tenor David Rendall), quien configuró un joven pero convincente y creíble Conde von Eisenstein, y la soprano rumana Iulia Maria Dan, una Rosalinde de brillantes agudos, pero a la que faltó materia y peso en la famosa zarda del segundo acto. La mezzo Ekaterina Chayka-Rubinstein supuso un correcto Príncipe Orlofsky y punto, con agudos apurados que en ocasiones rozaron -seamos elegantes por una vez- el famoso cuadro de Munch. Estupendo Frosch de Manfred Schwaiger.
Asombrosamente, las butacas del Palau de la Música presentaban más claros de lo razonable. En este país tan remoto a la Viena de Sissi, de emperadores, valses, palacetes y danubios, el 22 de diciembre el personal andaba con la cabeza más en la lotería que en este alemanísimo Muciélago que tan mudamente ha mariposeado por la ciudad de las flores, la luz y el amor. ¡Feliz Navidad!
Justo Romero
(fotos: Live Music Valencia)


