VALENCIA / Coloso del piano contemporáneo

VALENCIA / Coloso del piano contemporáneo

Valencia. Museo Nacional de Cerámica. 21-X-2019. Misha Dacic, piano. Obras de D. Scarlatti, Schumann, Liszt, Albéniz y Enescu.

Alumno favorito en Florencia de Lazar Berman y de su esposa Valentina Berman, el serbio Misha Dacic (1978) es un coloso incuestionable del piano contemporáneo. No encontrarán su nombre en los publicitados carteles de los sordos teatros y auditorios contemporáneos en los que hoy triunfan pianistas como James Rhodes y Cía. Pero nadie que escuchara su recital del pasado lunes en Valencia, en el recoqueto salón de baile del céntrico Palacio del Marqués de Dos Aguas, divergirá de tan rotundo juicio. Solo un pianista de sus medios artísticos y técnicos puede salir airoso del reto de asumir un programa de la envergadura técnica y artística como el ofrecido en la capital del Turia.

Desde las primeras notas de la Sonata en fa K. 481 de Scarlatti que abrió el recital se sintió con certeza la presencia de un pianista de máximo rango. Fue un Scarlatti valiente, singular y original, sin remilgos historicistas, melódico, rítmico, popular y sin renunciar al uso generoso de un pedal que posiblemente hubiera fascinado al españolizado compositor. El programa era realmente colosal, apto solo para un hipervirtuoso y para oyentes también bien rodados. Obras tan comprometidas desde todos los puntos de vista como la Humoresca de Schumann, la Fantasía y fuga sobre el nombre de Bach de Liszt, La Vega de Albéniz o la reducción pianística de la orquestal Rapsodia rumana de Enescu eran escalas y cimas de tan peliagudo y exclusivo itinerario pianístico.

Misha Dacic, radicado en España, en Málaga, y fascinado por el flamenco, se mostró en Valencia como un as del teclado contemporáneo. Un artista singular cargado de criterio, ideas y apabullantes capacidades para materializarlas. Incluso ante un instrumento tan inapropiado como el casi colín que tenía ante sí. Parecía que su poderosa pulsación iba a escacharrar en cualquier momento el juguete de tres patas. Era como un Rafa Nadal compitiendo con una raqueta de bádminton. Por fortuna, el instrumento en forma de cacharro aguantó con dignidad la pulsación poderosa del pianista y soportó dignamente hasta el final, aunque completamente desafinado y desajustado tras el brete de haber tenido ante su viejo teclado a uno de los pianistas de más poderosa sonoridad de la escena contemporánea.

Asombra el aplomo, sobriedad y parquedad física de Dacic sobre el escenario. Sin aspavientos ni gestos innecesarios, extrae los máximos contrastes dinámicos del instrumento, sin en absoluto desmelenar un pelo de su larga melena. Asombra, también, ¡y de qué manera!, el absoluto control de las sonoridades y sus infinitos registros tímbricos, recurso que nunca es preciosista ni gratuito, sino parte de un concepto unitario que él gobierna y administra con un sentido expresivo y estético que, aún en la divergencia, son absolutamente contundentes y fascinantes. Rara vez la joya albeniciana de La Vega se sintió tan desnuda de misterio y tan cargada de futuro y de innovación. Dačić asume la tradición —Alicia de Larrocha, Esteban Sánchez…—, sí, pero en lugar de imitarla, la utiliza como referencia y punto de partida para su personal, personalísima, visión. Nunca La Vega se mostró tan precursora del Falla de la Fantasía Baetica o de las no tan inminentes Iberias.

En la endiablada hasta casi lo intocable Fantasía sobre el nombre de Bach de Liszt Dacic fascinó a todos, más incluso por su rotunda personalidad artística que por unos medios técnicos que rozan la infalibilidad, como también en la más que difícil y esquizofrénica Humoresca de Schumann, inspirada por el escritor Jean Paul y dedicada al compositor Julie von Webenau. Las diferentes secciones y episodios de la monumental composición fueron recorridos y contados por Dacic a través de un universo extravertido y luminoso plagado de colores, sensaciones y contrastes. Imaginar esta versión en un instrumento adecuado sería entrar en el mundo de los sueños.

El colofón llegó con la sinfónica Rapsodia rumana opus 11 de Enescu, pieza que conjuga gracia, ironía y humor con un virtuosismo desbordante y casi inabordable. Apoyado en sus medios portentosos, utilizados siempre con una discreción distante de cualquier tentación exhibicionista, Misha Dačić recorrió sus enrevesados y sinfónicos compases con la fluidez y naturalidad de quien toca una mazurquita de Chopin. Fue el final portentoso de un recital tan inesperado como inolvidable, y que aún se prolongó fuera de programa con un simpático y relajante valsecito en forma de tango que quiso dedicar a su ‘admirado’ amigo, el también enorme pianista Josu de Solaun.