VALENCIA / ‘Cavalleria y Pagliacci’, glorias veristas

VALENCIA / ‘Cavalleria y Pagliacci’, glorias veristas

Valencia. Palau de les Arts. 23-IV-2021. Jorge de León, Sonia Ganassi, Ruth Iniesta, Misha Kiria, María Luisa Corbacho, Mattia Olivieri. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Director musical: Jordi Bernácer. Director de escena: Giancarlo del Monaco. Mascagni: Cavalleria rusticana / Leoncavallo: Pagliacci.

Culminó el Palau de les Arts su temporada lírica —en absoluto es el Teatro Real el único que ha mantenido abiertas sus puertas en estos largos tiempos de pandemia— con un éxito rotundo y total. El agudo y plástico trabajo escénico que vuelca Giancarlo del Monaco en el binomio abrazado de Cavalleria rusticana y Pagliacci se alió con la calidad sobresaliente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana; la no menos excepcional del Cor de la Generalitat, y un calibrado reparto vocal encabezado por un Jorge de León que en día de gloria vocal y actoral hizo por primera vez doblete con los protagonistas de ambas óperas, Turiddu y Canio. En el foso, el muy crecido maestro Jordi Bernácer concertó con vivacidad, pulso y personalidad estos formidables elementos para cuajar tan redonda noche de ópera. Como escribiría un crítico de la vieja usanza, el éxito fue, además de rotundo y total, clamoroso.

Si en 2010 la gran ópera de Mascagni llegó acompañada de La vida breve de Falla y la batuta de Lorin Maazel, ahora lo ha hecho hermanada con Pagliacci de Leoncavallo, en el acabadísimo trabajo escénico firmado igualmente por Giancarlo del Monaco, quien ha fusionado los dos grandes títulos del movimiento verista bajo el famoso prólogo de Pagliacci, que él plantea como lo que es: el gran manifiesto del movimiento verista. Así tras el prólogo, cantado esta vez, por causa de las distancias de seguridad, desde el escenario y no desde la platea, como se hizo en el estreno en Madrid, llega el gélido y ardiente montaje de Cavalleria rusticana. La marmórea blancura de los grandes bloques que configuran la escenografía contrasta con el negro intenso de un vestuario que es Sicilia, sí, pero que bien podría ser la negra España de la posguerra, quizá de cualquier posguerra. Luego, como contraste y sin romper el concepto unitario que inspira la doble función, Del Monaco introduce la genialidad de superponer a ese paisaje en blanco y negro el colorido del teatro, con el rojo intenso de un telón que al descubrirse deja ver la escena del carromato de los payasos y ese pequeño escenario desde el que tanta ilusión han regalado a las plazas de pueblos y aldeas de cualquier sitio. Como fondo neorrealista, fotos gigantes en blanco y negro de la Anita Ekberg de La dolce vita. Genial.

En el compacto equipo vocal reinó poderosamente el tenor tinerfeño Jorge de León, que evidenció una vez su condición de gran figura mundial en su ámbito de verdadero lírico-spinto. Hizo la heroicidad de protagonizar ambas óperas ¿quién lo hace hoy día?, y, sobre todo, de hacerlo en ambos personajes —Canio y Turiddu— con una entrega, generosidad vocal y solvencia estilísticas que marcan hitos en estos papeles de tantas y tantísimas exigencias. Su Vesti la giubba, Pagliaccio non son o Mama, quel vino è generoso o la siciliana que ya al inicio de Cavalleria canta fuera de escena fueron cimas de una noche de ópera que supuso, además, su regreso a Les Arts después de casi diez años, y haber sido el tenor que más papeles —diez— ha cantado en la ópera valenciana.

La interminable y braveada ovación que disfrutó en los saludos finales atestiguaba el entusiasmo del público, pero también el afecto de tantos años de cercanía, desde que Helga Schmidt tan decididamente apostó por él ya en sus primeras programaciones. Visiblemente emocionado ante tanto calor y reconocimiento, el tenor tinerfeño se agachó en los saludos para besar el suelo del escenario al que tantos momentos de gloria ha dado. Jesús Iglesias, el director artístico, ha acertado plenamente al rehabilitar su nombre tras el boicot impuesto durante el oscuro periodo Livermore.

La zaragozana Ruth Iniesta ha lucido su categoría artística y sabiduría vocal en su debut en el complejo, exigente y cargado de peso dramático de Nedda, esposa del payaso Canio y amante del paisano Silvio. Bien guiada por la mano experta de Del Monaco, ha otorgado verosimilitud dramática y vocal a un papel que ella afronta desde su propia y aguda naturaleza vocal, que no es la ideal para este rol. Pese a ello, se mostró superlativa en todas sus intervenciones, hasta convertirse en la otra gran protagonista de la noche. El modo en que cantó y expresó el aria Stridono lassù supuso otro de los puntos culminantes de la representación, como también sus intervenciones junto con Tonio, Silvio y Canio.

Sonia Ganassi, mezzosoprano de larga, brillante y belcantista carrera, tiene las tablas y la sabiduría vocal para sacar a flote un rol tan alejado como el de Santuzza. Tuvo, además, la inteligencia vocal de llevar armoniosamente su escuela belcantista a este rol tan puramente verista. Expresó y dijo la famosa Voi lo sapete, o mamma con la maestría y buen hacer que se supone a quien ha sido una de las grandes mezzos italianas de las últimas tres décadas, con una presencia escénica exenta de cualquier vulgaridad. Sus dúos o duetos con Mamma Lucia, Turiddu o Alfio estuvieron cargados de intensidad dramática. Estupenda una vez más la Mamma Lucia de la mezzosoprano mallorquina María Luisa Corbacho. Bien resuelta la Lola ligera y de vocalidad aún algo escolástica de la soprano Amber Fasquelle, del Centre de Perfeccionament.

Aunque sin el peso vocal preciso para insuflar de fuerza e impacto el prólogo de Pagliacci (que cantó tal como figura en la partitura, exento de los dos agudos incorporados por la convención, alla Muti), el barítono georgiano Misha Kiria cargó de dignidad, empaque y veracidad los personajes de Alfio y Tonio, tanto en un brillante Il cavallo scalpita como en los dúos con Turiddu, Canio y Nedda. Por su parte, el barítono Mattia Olivieri defendió con inteligencia vocal y escénica al aldeano Silvio, mientras que Joel Williams, con la vocalidad al límite de sus posibilidades, no desaprovechó la ocasión de lucirse en la casi belcantista serenata O Colombina, il tenero.

El Cor de la Generalitat protagonizó una de sus más espléndidas actuaciones. Realzada por la particular ubicación, en los balcones de primer y segundo piso más cercanos al proscenio. Estuvo impresionante en verdad en la procesión de Pascua de Resurrección, donde, implicado en la excepcional imagen de los penitentes y la cruz, entonó con caudaloso sonido el himno de Pascua Regina Coeli Laetare generando uno de los grandes clímax vocales de la noche, coronado con una espontánea explosión de aplausos del público. También los efectos acústicos estereofónicos derivados del singular emplazamiento a ambos lados de la platea engrandecieron tan afinada presencia acústica.

La Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a tener una de sus grandes noches, en esta ocasión bajo el gobierno vivo y energético del alcoyano Jordi Bernácer, cuya carrera internacional es reflejo de su competencia y profesionalidad sin reservas. Ello no evitó que en determinadas ocasiones el balance se inclinara excesivamente hacia el muy brillante foso, posiblemente seducido por la brillante orquestación de ambas óperas. Detalles que no lograron empañar su buen trabajo concertador. En el célebre intermezzo de Cavalleria, en la memoria de todos revoleteaba el milagro que obró Lorin Maazel en 2010, en su lenta lentísima visión del gran título de Mascagni. No fue lo mismo, claro. Pero Jordi Bernácer, por quien Lorin Maazel en su día tan decididamente apostó, logró con sus tiempos ya convencionales calidades y emociones de verdadero maestro, apoyado en una orquesta que, pese a tantos avatares y mermas, sigue sonando a gloria.

(Foto: Tato Baeza)