VALENCIA / Buen gusto

VALENCIA / Buen gusto

Valencia. Palau de Les Arts. 27-IX-2019 y 2-X-2019. Mozart, Las bodas de Fígaro. María José Moreno, Cecilia Molinari, Susana Cordón, Valeriano Lanchas, Joel Williams, Vittoriana De Amicis. Coro de la Generalitat Valenciana. Orquesta de la Comunidad Valenciana. Dirección musical: Christopher Moulds. Director de escena: Emilio Sagi.

Tuvo el Palau de les Arts el buen gusto de dedicar la segunda función de Las bodas de Fígaro (2 de octubre) a la memoria de Helga Schmidt, fallecida pocos días antes y artífice y primera directora artística e intendente del espacio lírico que ella, con su arte, tenacidad y medios, supo situar entre las mejores casas de ópera. El propio Jesús Iglesias, actual director artístico, salió a escena para pronunciar unas palabras de reconocimiento y afecto en nombre de todos los trabajadores de la casa. La ovación, cálida, larga y cerrada del público que llenaba la sala atestiguaba el afecto que, después de tantos dimes y diretes, y pese a tanta calumnia, traidores dedos acusadores y maledicencia, los valencianos guardan a la gran promotora de la eclosión lírica que la ciudad de Lucrecia Bori disfruta en le actualidad.

Las bodas de Fígaro ha recalado en el Palau de les Arts tras su estreno en la Sala Principal en 2008, con Tomás Netopil en el podio, y más tarde, en el 2011, en el Teatre Martín i Soler, con Andrea Battistoni y dirección escénica de Ruggero Raimondi. En  esta ocasión ha llegado de la mano de Emilio Sagi, de su bien conocida producción del Teatro Real. Una propuesta realista y literal, que se limita a contar muy bien la historia, pero sin meterse en camisa de once varas ni tratar de interpretar o elucubrar. La corrección escénica se alió con la batuta del inglés Christopher Moulds, quien tampoco aportó la más mínima novedad o sello propio a la genial partitura. Fue una correcta, incluso buena noche de ópera, pero nada más.

El heterogéneo reparto vocal estaba a tono con la burocrática corrección general, y en él únicamente destacó la soprano María José Moreno, que compuso una estilizada Condesa, cargada de elegancia, complicidad con la acción y poderosa presencia escénica. Solo cuando ella entonó muy efusivamente el aria Dove sono i bei momenti se alcanzó la temperatura emocional que tanto estaba faltando. Ni siquiera en la otra gran aria que Mozart regala al personaje, el Porgi amor que abre el segundo acto, la Moreno había logró conmover con la intensidad expresiva que una artista como ella puede hacerlo ante el prodigio vocal que regala Mozart a sus labios.

No deja de ser significativo que hasta el tercer y penúltimo acto nada relevante ocurriera en una ópera de tanta riqueza musical y dramática como Las bodas de Fígaro. Desde la primera escena, con la típica cama, el aireado colchón de lana y el más que famoso Cinque… dieci… venti… trenta de Fígaro, Sagi establece un marco escénico intensamente realista. Una reivindicación del pictórico costumbrismo decimonónico sevillano de Valeriano Domínguez Bécquer o Antonio Cabral Bejarano, que igual sirve para unas Bodas de Fígaro que para Carmen, El Gato Montés —no falta en estas Bodas la referencia taurina— o una representación de los Quintero. Geranio, abanico, jazmín, y alegría. ¡Viva Sevilla!

El trabajo, cargado de lugares comunes, y tan realista y fiel a la letra dapontiana como las aproximaciones de Ponelle, José Luis Castro y algunos otros directores de escena, se crece por la calidad que rezuma, el dominio escénico que vierte Sagi y el habilidoso uso que éste hace de la escenografía costumbrista de Daniel Bianco y el cuidado y vistoso vestuario goyesco de Renata Schussheim. Todo queda potenciado y realzado por la pertinente y calibrada iluminación de Eduardo Bravo.

En el capítulo vocal, además de a María José Moreno, solo cabe resaltar el trabajo de la soprano Sabina Puértolas, una Susanna pizpireta y ágil, más brillante escénica que musicalmente. Su ininteligible dicción recordaba más a la inolvidable Caballé que a Mirella Freni. El poco ardiente Cherubino de Cecilia Molinari pasó sin pena ni gracia, lo cual ya lo dice todo. Sus dos prodigiosas arias —Non so più cosa son; Voi che sapete— apenas lograron obtener algún mínimo aplauso del público. Tampoco el discreto y difuminado Fígaro del barítono-bajo canadiense Robert Gleadow ni menos aún el joven Conde del barítono polaco Andrzej Filonczyk (1994) pasarán a la historia por sus intranscendentes encarnaciones valencianas. Las poco estilizadas líneas de canto y la falta de intención y empaque en los mil y un detalles de la partitura y del preciso libreto en absoluto aportaron interés a sus llanas encarnaciones. El parodiado y muy subrayado personaje de Bartolo del bajo colombiano Valeriano Lanchas quedó como una anécdota y poco más. Mientras que la sirvienta Barbarina se creció en su gran momento, al inicio del cuarto acto, cuando canta el prodigio de “L’ho perduta, me meschina”, muy bien entonada por la soprano Vittoriana De Amicis, que durante su fulgente interpretación llegó a convertirse en señora única del Palacio de los Almaviva. El bajo Felipe Bou aportó lustre al reparto con su sorprendente presencia en el pequeño papel del borrachuzo jardinero Antonio.

La Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a sonar tan estupendamente como casi siempre, a pesar de la tibia y convencional dirección de Christopher Moulds, a cuya concertación le faltó énfasis, vivacidad, efusión melódica y pulso mozartiano. Como de costumbre, el Cor de la Generalitat no perdió la ocasión de exhibir sus reconocidas calidades, particularmente en el conocido coro Giovani Liete fiori spargete y en Ecco la marcia, andiamo que cierra el tercer acto.

 (foto: Miguel Lorenzo & Mikel Ponce – Palau de Les Arts)